Para ello, si queremos que el consumo cultural rompa techo y se internacionalice como nos merecemos por nuestras garantías creativas y de lenguaje, pienso que hace falta desde una mayor inversión en cultura hasta una remuneración digna a los propios creadores. En consecuencia, es imprescindible que los autores y sus editores se manifiesten públicamente e informen de su derecho a recibir una compensación adecuada por el uso de sus obras, instando a que se deje de cuestionar reiteradamente el sistema de derechos de autor. Tenemos noticias de que la compensación por copia privada, puesta absurdamente en entredicho en los últimos tiempos, dependen más del 90 % de las cantidades que CEDRO, por ejemplo, distribuye cada año en los repartos individuales a los titulares de derechos, así como las actividades de promoción del libro y las ayudas y prestaciones a los autores para gastos sanitarios no cubiertos por la seguridad social, como gafas o tratamientos dentales, y que redundan en beneficio de todo el sector del libro.
Asimismo, estimo, que si es fundamental garantizar y proteger las condiciones para que se produzca la creación cultural, también debemos favorecer la ayuda necesaria para adaptarse a las nuevas necesidades de la globalización y, por ello, echar un capote al fomento de la exportación de nuestra industria cultural es tan justo como necesario. Dicho lo anterior, creo que también hay que concienciar a la ciudadanía del valor de los creadores, de la necesidad de respetar sus obras. Acceso global a la cultura sí, siempre, pero no a cualquier precio ni de cualquier manera.