Tomás Acosta |
| Las Siete Sillas |
| Tomás Acosta |
| 09 jul 2008 actualizado 11:46 CET :: Leído 436 veces |
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Como en Yuste, el retiro del emperador Carlos, monarca de las españas y de medio mundo, lugar dedicado por el archiduque a fruir productos del mar y del monte, en una combinación entre austeridad monacal y hedonismo gatronómico palaciego, en este lugar, corte imperial más austera de la historia, mandó Carlos de Austria y Habsburgo construir una fábrica de cerveza, según algunos la más antigua de la península, y trajo a unos maestros cerveceros de los Países Bajos para que acometieran la empresa palatina. Como él, digo, me gustaría vivir una larga temporada, dedicarme en mi caso a la lectura y la escritura, y no estaría más tiempo porque temería que me diesen la brasa entre académicos, políticos y premiados, que Yuste se ha convertido de un tiempo a esta parte en un lobby internacional que, de vez en cuando, nos juntiñea un poco en un ensayo de tipismo solemne. Habrá que buscar otro lugar y, puestos a hacerlo, lo haremos sin salir de casa, puesto que Mérida tiene sitios para el reposo y la creatividad; emplazamientos donde la observación comedida y el lápiz afilado pueden dar lugar a ensoñaciones fantásticas y no sólo las romanas, que éstas pueden convivir con otras de otras épocas y de signo diferente y traernos esas experiencias mediante las cuales, a través de una realidad física de nuestro convulso y desmedido tiempo podamos llegar a un lugar nuevo, escondido en el pasado y plasmarlo en el papel, este barbecho palpitante y dispuesto para el arte y la reflexión. Para meditar y pensar hay buenos lugares en Mérida, como todos los que engalanan toda la zona del cerro de San Albín, empezando por Las Siete Sillas, donde mi amigo Bernardo Juárez nos recomendaba a los atletas de instituto y alpargatas pasear para oxigenarnos tras los entrenamientos, lugar despejado y ventoso en invierno, calmado y luminoso en verano, donde los sultanes moros nos observan desde sus siete tronos, que así se llama también la explanada y, aunque respetando la memoria y el trabajo de Doña Margarita, la mayoría por apegarnos a la tradición popular, seguiremos llamándola como siempre. Meditar pensando en la época de Maximiliano Macías, ahora que en las inmediaciones alborozadas de un aniversario el excepcional cronista Pepe Caballero, mi analista de cabecera, publica un libro sabio, casi detectivesco, sobre las andanzas y el abnegado trabajo de este emeritense de primeros del XX, emprendedor y ordenado, cosa difícil pues ya se sabe que el carácter promotor resta recursos y ganas en la mayoría de los casos al espíritu ponderado y administrativo. Y, a mi me gusta imaginar, en la época de las primeras excavaciones o incluso antes de ellas, a aquella Mérida, intrincada de pesares y abulia pero también de esperanza en el porvenir y gozo; y me gusta verla en su vida cotidiana aquí, en Las Siete Sillas, las de antes de la llegada de la ciencia arqueológica y la prospección. Fantaseo con los toriles abandonados bajo los siete sillares, testigos de un intento paisano de recaudar fondos para aliviar al personal vecino del atosigamiento y del gorroneo de las tropas. Disfruto al descubrir la era donde a principios del pasado siglo XX, centuria de holocaustos y grandes descubrimientos, aún se aventaba el trigo tras la trilla emanando su característico aroma a aliento y hierba seca donde, según me contó mi fallecido amigo Manolo el ferroviario, que un verano -siempre que remonto mi fantasía completando o construyendo imágenes y olores de una Mérida pasada me sorprenden escenas veraniegas, incómodas y sudorosas pero vitales, como si el invierno hosco y perezoso no alumbrara estampas memorables- el amo del trigo que se estaba procesando artesanalmente se apostó, carabina en mano, en una silla de enea a dar boleto a las pegas, gorriatos, verderones, mirlas y todo bicho con alas que osara picar en su numerario en cereal. La trilla sigue dando vueltas sobre la paja seca y tres muchachos chicos posan sobre ella para hacer peso divertidos, juguetones como corresponde a su edad, contrastando con la seriedad y la mansedumbre sumisa del gañán que guía a las dos mulitas con oficio y resignación. Más allá sobre un montón segado un grupo de hombres y mujeres, horca en mano, levantan el grano y la paja juntos para que el viento y la fuerza de la gravedad hagan el resto del trabajo, separándolos para siempre, mientras la mas espabilada se lleva un puñado ( para las gallinas, al menos que ellas coman ) a la faltriquera que cuelga junto a la falda, bajo el mandil; y al fondo, justo despues del pozo, donde el empiece de la naumaquia, dos hombres de traje oscuro, sombrero de ala corta y corbata, de habla pausada y ademanes lentos hablan con un maestro de obras, que arremangado escucha sus instrucciones, seguro que buscan algo...algo romano. |

