Julio Manuel Martínez Pacheco. Badajoz
06 abr 2008
actualizado 22:25 CET :: Leído 541 veces
En uno de los discursos pronunciados por Raymon Aron ante el auditorio de la Universidad de California, analiza la figura de Alexis de Tocqueville y el impacto que ha tenido en la sociedad americana a la par que el olvido que ha sufrido en su país natal, Francia, y en Europa. Las ideas esenciales del análisis de Aron son referidas a la reconocida faceta de sociólogo y filósofo del pensador francés, más que de aquellas que pudieran referirse a las del político o el ideólogo liberal. Aron reconoce que el análisis del pensador francés extrae, en su estudio y obra cumbre La Democracia en América, la esencia de la democracia como la contraposición al sistema Aristocrático de privilegios y de castas sociales, sintetizado en la imprescindible unión entre libertad e igualdad.
Sin libertad es imposible una igualdad plena, y sin igualdad la libertad está restringida al grupo dominante. Así podríamos sintetizar la base de la democracia, una institución asentada en dos pilares sólidos como el sistema de libertades y los derechos civiles, base de la sociedad civil (de ciudadanos).
Por ello Tocqueville no hablará como ideólogo al concebir la democracia como un sistema político, una especie de selva destinada a una casta social nueva ocupada por la burguesía, "los políticos". Muy por el contrario, la definirá como un estado social, un concepto de sociedad desde la que emana la representación ciudadana y el propio ordenamiento. A diferencia de los constructivistas marxistas, socialistas, comunistas o hegelianos, Tocqueville como liberal no hace pedagogía para construir una sociedad a partir de una idea y de una casta política, sino que concibe que sea la sociedad democrática la que decida el rumbo con total libertad en cada momento.
El concepto de sociedad democrática, de sociedad civil, es el de una sociedad comprometida en comunidad, comprometida desde sus libertades y derechos con la política, la justicia, la economía, los problemas sociales, la solidaridad, así como a las grandes empresas comunes o nacionales que se emprendan. Así el sistema democrático como estamento político se diluye entre todos los demás elementos sociales, desde colectivos y asociaciones, a empresarios y trabajadores, fundaciones y universidades, así como por una prensa libre y comprometida con la política de modo crítico y no sirviendo al sistema político como altavoces mediáticos.
Si tomamos como válida esta reflexión, es evidente que está más lejos de alcanzarse esa sociedad democrática defendida por Tocqueville y cualquier liberal que la misma sociedad estamental y aristocrática. Eso fue así en una España que rompió formalmente la última con el sistema aristocrático, donde Fernando VII reinstauró la Inquisición para encarcelar, matar y torturar liberales a la vez que se redactaba La Democracia en América. Aquella donde muerto el Rey Felón y abierta la guerra por el trono, los liberales antes perseguidos son los que defienden la corona de los carlistas que pretendían volver al fuero, a la Inquisición y si se les deja a las pelucas empolvadas del siglo de las luces. Fue así, y sigue siendo así hoy, pues si bien se rompió de modo formal la sociedad de la aristocracia, fue sustituida por la más terrible sociedad de clases "políticas", de diferente gradación pero de igual indecoro.
Antes el aristócrata era el único con libertad para enfrentarse a la actividad empresarial sin sufrir la gravosa presión y tortura impositiva del Estado, tenía libertad para defender sus ideas y planteamientos en la Corte o en los Estado Generales, gozaba la libertad de expresión negada al pueblo llano que sufría cárcel, torturas o expulsiones por escribir versos o novelas alejadas del gusto del monarca.
Por el contrario, en la Extremadura del sistema democrático de hoy, no se percibe una sociedad democrática comprometida con la vida pública, por el contrario se deposita no solo la representación en el legislativo, sino la propia voluntad política, en una casta dominante de políticos que se revalidad simplemente cada cuatro años.
El monarca es sustituido por un Presidente hegemónico y autoritario que se rodea de su particular Corte de Consejeros y Directores Generales, reparten después cargos de confianza a la baja nobleza que ocupa las jefaturas de servicio y controla el resto de la administración. Y el resto de la nueva aristocracia la compone la nobleza empresarial adscrita al aristocrático Partido Socialista, que emprende proyectos, por encima de la leyes aplicadas a los campesinos y villanos, que con la fealdad de una Refinería recuerdan salvo en la belleza a Versalles o al Escorial. Así como las estructuras sindicales, hidalgos con privilegios en administraciones y empresas que no tiene el populacho y el vulgo.
Quizá Tocqueville no fue consciente de cómo su análisis sería aun hoy necesario para contraponer a una nueva Aristocracia. La salvedad, como siempre terrible, hay que ponerla en que no solo se tornaron las pelucas empolvadas en Audis A8, sino que por desgracia lo que fueron plazas, palacios o bellas puerta con Carlos III, son hoy las tuberías al aire del Palacio de Congresos de Badajoz, o la chapa de la cementera de Alconera, y más grave si cabe es cambiar Las Lanzas de Velazquez de la Corte de Felipe IV, por las fotos de JAM Montoya, fotógrafo de la Corte de Juan Carlos Rodríguez Ibarra.