Opinión
Tribuna abierta
Sin salida a la vista. Notas sobre la crisis económica Temas |
| Sin salida a la vista. Notas sobre la crisis económica |
| Jónatham F. Moriche |
| 25 ago 2008 actualizado 15:23 CET :: Leído 272 veces |
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El principal dogma de fe sobre el que se asienta la ideología neoliberal dominante es una ilimitada confianza en la capacidad del mercado capitalista para integrar y racionalizar las decisiones, no necesariamente racionales, de la dispar multitud de los actores económicos individuales y colectivos: sectores, empresas, poblaciones, productores, intermediarios, consumidores... Sus respectivos "vicios privados", como reza un viejo aforismo, se convertirán en "virtudes públicas" una vez que pasen por el tamiz de los mecanismos de la oferta y la demanda. Siempre según el dogma, cuanto más desregularizado y libre de controles esté el mercado, con mayor acierto operará su infalible racionalidad a la hora de equilibrar y satisfacer los intereses de todos esos actores económicos y producir un crecimiento y un bienestar en perpétuo incremento. Basta observar con un mínimo detenimiento la génesis y las expectativas que nos depara la actual crisis económica para que el caracter supersticioso y majadero de esta columna vertebral de la ideología neoliberal, y las espeluznantes catástrofes que provoca, queden luminosamente a la vista. Dado que la globalización de la economía capitalista se ha producido, en lo esencial, bajo el imperio del dogma neoliberal, esas catástrofes se extienden por la superficie del planeta como una mancha de aceite sin encontrar barrera alguna. Durante siglos, las fronteras entre Estados han sido también fronteras entre mercados, abiertas en unos casos, estrechas o infranqueables en otros, aunque la tendencia histórica siempre ha sido la de la convergencia (por ejemplo, mediante la apertura de nuevas rutas comerciales y la expansión colonialista de las grandes potencias). Esa tendencia hacia la convergencia culminó su objetivo máximo en la década de los 90, tras la debacle y extinción de la Unión Soviética y con el concurso imprescindible de los prodigiosos avances de las tecnologías de la información: en palabras del sociólogo Manuel Castells, se produjo la transformación del conjunto de la economía mundial en "una unidad en tiempo real a escala planetaria". En este mercado global, la economía productiva aún permanece (cada vez menos) atrapada en los límites de las economias nacionales. Pero la economía financiera global, los astronómicos flujos y transacciones cuya red pone en interconexión el conjunto de la economía mundial, están casi por completo libres de regulación. Y, contra el dogma neoliberal, lo único que hacen es incubar la irracionalidad e infectar con ella a las economías nacionales, cada vez más desprotegidas ante sus embates. Hace más de una década que Vivianne Forrester ofreció, en su estremecedor ensayo "El horror económico", una descripción de ese capital financiero, que siempre existió (en su forma moderna, al menos desde el siglo XVII) pero que encontró en la globalización su oportunidad para convertirse en el actor protagonista de la vida económica: "las riquezas", escribe Forrester, "ya no se crean a partir de la de bienes materiales sino a partir de especulaciones abstractas, con escaso o ningún vínculo con las inversiones productivas [...]. Esta nueva forma de economía no produce: apuesta [...] sobre negocios que aún no existen y tal vez nunca existirán [...]. Son negocios imaginarios [...], transacciones de compra y venta de lo que no existe, en las que no se intercambian activos reales sino los riesgos asumidos por contratos que aún no han sido firmados [...] o deudas que a su vez serán negociadas, revendidas y recompradas sin límite". Con una década de adelanto, Forrester describe el monstruoso mercado de las "hipotecas basura" (con un margen de beneficios mayor, pero con un alto riesgo de impago), cuyo colapso ha desestabilizado el mercado financiero norteamericano y detonado la actual crisis global. Describe el increíble mercado de futuros (compras a medio y largo plazo realizadas en base a inciertas predicciones de precios) del petróleo, en el que apenas un 3% de las operaciones resultan en la compra del producto físico y el resto es un interminable intercambio de derechos de compra que repercuten en el consumidor final, que paga un 350% más que hace cinco años, sin que los costes de producción se hayan incrementado de forma significativa en ese periodo. Describe los manejos de la inmobiliaria Martinsa-Fadesa, que en 2006 infló sus ingresos y en 2007 ocultó sus pérdidas gracias a las acrobacias de sus contables, mientras se endeudaba hasta los 6.200 millones de euros que hoy debe a los bancos. Cada una de estas operaciones y las sucesivas decenas y decenas que se les asemejan dejan una dolorosa resaca de fábricas cerradas, trabajadores desempleados, pequeños inversores arruinados... Pero para los trileros y estraperlistas del gran capitalismo financiero, para las directivas sin rostro de los fondos de inversión o los paraísos fiscales, son buenos tiempos: para ellos, crisis es sinónimo de apetitosa recogida de beneficios. En realidad, la crisis actual, la de 2003, la de 2000, la de 1997 y las mini-crisis menores que las entrelazan responden a un patrón similar: enormes capitales especulativos desembarcando como plagas de langosta sobre naciones, monedas o sectores económicos, extrayendo de ellas pingües beneficios en cortos plazos de tiempo y luego abandonándolas exhaustas y desangradas para saltar inmediatamente en busca de su próxima víctima, dejando a su paso un inconfundible hedor a inmoralidad e ilegalidad: casos Enron (EEUU), Parmalat (Italia), Clearstream (Francia)... Eventualmente, algunos especuladores individuales que han ido demasiado lejos (o, simplemente, no han sabido borrar sus huellas del lugar del crimen) son encarcelados o se pegan un tiro en la sien, pero el sistema que les sustenta permanece básicamente intacto. Los beneficios especulativos siguen creciendo, la economía productiva sigue desmantelándose, los Estados permanecen mudos y maniatados, las sociedades siguen empobreciéndose... Ni la devolución de 400 euros del IRPF, ni las bombillas de bajo consumo, ni el resto de mal improvisadas sandeces del gobierno socialista español, que en esta crisis se ha revelado tan tristemente preso del dogma neoliberal como cualquier otro gobierno europeo, van a marcar desde la orilla del Estado una inflexión ante esta imparable tendencia global a la catástrofe convertida en negocio. Tampoco la respuesta de la sociedad civil, hasta ahora invariablemente débil, puntual y fragmentaria, mientras una porción ampliamente mayoritaria de la ciudadanía sigue con la cabeza gacha persiguiendo la improbable zanahoria del éxito y buscando consuelo mientras tanto en las grandes superficies y los espectáculos deportivos. Sólo mediante una vigorosa combinación de movilización cívica y regulación estatal se puede plantar cara a esta crisis, y a las que la sobrevengan. Así, no hay salida a la vista.
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