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Proserpina en La Charca
Tomás Acosta   
18 jun 2008 actualizado 00:18 CET :: Leído 342 veces
e puede, en teoría, cambiar de identidad por voluntad propia o vituperio, pero lo que no posible en esta tierra de mortales es cambiar de esencia. Por mucho que lo desee y aunque pida un cambio en el registro civil, Ervigio seguirá siendo Ervigio, aunque ahora pague el agua y la contribución como Manolo, un suponer.

Por eso, cada vez que uno vuelve a Proserpina, La Charca, renueva aquellas sensaciones rozagantes de aventuras adolescentes a la orilla del pantano emeritense, por más que la playa alfombrada de polen y bellotitas de eucalipto haya dado paso a un civilizado y soso paseo perimetral, que nada tiene que ver con los rocosos y los llanos que daban acceso a la dulce promesa del baño.

A primeros de los años 90 vino la primera embestida contra un lugar privilegiado que había sobrevivido en casi dos mil años a batallas, abandonos y urbanización masiva, pero que sucumbió a las buenas intenciones de ingenieros y burócratas.

Tras una eutrofización del agua, algunos genios de la obra pública decidieron vaciar el vaso y lo que hicieron fue colmarlo. Se retiró el milenario limo que tanto había aportado a la fama terapeútica del agua allí embalsada, remedio popular de eccemas y escoriaciones, y la charca perdió parte de su calidad en beneficio de la técnica y de la novedad presupuestada. Esa misma retirada de lodo, por razones de peso y masa, hicieron necesario el refuerzo de la presa de granito - más agua para menos resistencia, un problema que se resolvería en un parvulario - e hizo a la presa más vulnerable y dependiente de la inyección del moderno amparo del mortero.

Después vino el paseo, gozo de andarines y uno de los mejores itinerarios para el ejercicio suave y pedestre, pero que resta espacio para la playa e incluso a la roca del tigre, aquella piedra pandillera y pija, a la que deja sus letras esculpidas a la altura de los cascos de las caballerizas del footing.

Pero la charca, sigue siendo la misma en esencia y por muchos cambios que haya sufrido seguirá suponiendo ese lugar plagado de rumores y leyendas urbanas sobre hundimientos de vehículos y embarcaciones que nadie ha visto nunca, de tesoros ideados por mentes de niños como fábulas de patio de colegio, en las que la inmersión y la paciencia podrían ser recompensadas por el hallazgo romano y dorado de diamantes y medallas que reposan en el cofre pueril de nuestra imaginación pasada y que resiste en el fondo del embalse de los recuerdos.

Veredas y caminos surcados por vacas y bicicletas, paseos acompañados por el olor del hinojo y el cantueso y los cambios de temperatura, a más fría, merced a los regatos subterranos que, entre juncos, emanan su frescor y nos hacen gozar de instantes de misterio y descongestión.

Otra vez en el lago, impetuosas presas de pesca, de especies que han ido variando en razón de las repoblaciones y los traslados furtivos, hacen mella en la población de insectos para caer después, en medio de la enorme gota y la endulzada espuma acuática, zambullidos de nuevo en su hábitat hasta la próxima incursión aérea en busca de mosquitos. Algo parecido a nosotros en los chiringuitos de fritura y bocata de calamar; aunque a mi siempre me gustó más el merendero, intrincado en medio de los chalés, ahora cerrado pero con un pretérito salpicado de partidas de cuatrola y timbas marujiles de bingo, donde la presencia de algún niño o participante consorte y senescal moviendo ficha, eran la única excepción a un público mayoritariamente femenil y abaniquero.

Y esa es su esencia, la de Proserpina, urbanización y campo lacustre, todo en uno, con los momentos vividos y los presentes a flote en una Charca, la de siempre, en la que bajo el paseo perimetral, al igual que bajo los adoquines parisinos, está la playa, la de la arena gorda: cuarzo, feldespato y mica de los pasitos fósiles de nuestra infancia perpetua, profundidad de nuestros recuerdos de bici sin barra entre plastas de vaca y del baño confite y travieso en el reino de la memoria y del consuelo.

 
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