Aquel 13 de marzo de 2004, cuando una buena parte de quienes habíamos estado reclamando la verdad frente a la sede del PP en Cáceres por los bestiales atentados terroristas en Madrid, cansados ya y hartos de pasar frío, iniciábamos la retirada, se sumó entonces Víctor Casco, quien llegaba como una exhalación por Antonio Hurtado. Alguien le había avisado de que se estaba produciendo una manifestación de gente de izquierdas y él no estaba. Ni él, ni (como usted mismo reconoce) ningún dirigente socialista.
Por la sencilla razón de que quienes nos habíamos reunido allí lo habíamos hecho de manera absolutamente espontánea, sin ser convocados por ningún partido ni organización, ni buscábamos -por consiguiente- ningún rédito político. Ignoro las razones por las cuales no apareció por allí ningún político representativo del PSOE, pero me inclino por pensar que la prudencia es una virtud muy estimable siempre, más aún en determinadas ocasiones en las que la búsqueda del protagonismo es lo más contraproducente.
He sabido después que los periodistas y redactores gráficos, que ya habían cumplido su cometido, se vieron obligados a volver para cubrir la importantísima noticia de que el entonces concejal Víctor Casco también había acudido a la protesta. Hasta entonces el cuerpo de la noticia se basaba en que anónimos ciudadanos se manifestaban frente a la sede del PP; a partir de aquella circunstancia el hecho noticiable trocó en que el señor Víctor Casco, representante de Izquierda Unida, polarizaba las protestas ciudadanas contra el aún gobierno, lo cual, además de no ajustarse a la realidad, dudo que procurara algún beneficio para la causa.
Por esta razón y no por ninguna otra, fue usted imputado por la fiscalía, auspiciada la querella por el señor D. Carlos Floriano (con quien, por cierto, ha mantenido usted un sonado romance político hasta hace bien pocos días, con el tema de la refinería como común objeto de deseo). Hacía falta una cabeza visible para que el PP pudiera ejercer su victimismo, puesto que como ya he dicho quienes estuvimos allí desde el principio éramos anónimos e insignificantes ciudadanos, no había entre nosotros ningún político ni persona especialmente reconocible a quien pudiera el PP achacar un supuesto protagonismo.
Eso fue lo que consiguió usted con su presencia a destiempo; que se presentara una denuncia que de otro modo hubiera resultado impensable o que, en cualquier caso, no hubiera prosperado, como no prosperaron en prácticamente ninguna localidad. Usted a esto lo llama coherencia. En mi pueblo lo llaman metepatas.
Pero aún hay más, querido Víctor. Presume usted (se atreve a pensar, dice textualmente) que yo no "sufrí" por mi asistencia a esa pequeña movilización ciudadana. Y tiene razón. Mi "sufrimiento" fue justamente por todo lo contrario, al comprobar que ni yo ni las otras personas que habíamos iniciado espontáneamente esa reacción popular estábamos imputados, mientras que sí lo estaban usted y otros que se habían sumado tan sólo al final.
La razón ya la he explicado en el párrafo anterior. ¿Qué ventaja política puede obtenerse por denunciar a Miguel Bolz, a Pepe Pérez o a Menganita Fernández? Ninguna. Pero al concejal de IU, eso sí que da notoriedad. Por esta razón, por la injusticia que se estaba cometiendo, no dudé ni por un instante en dar mi respuesta afirmativa cuando un amigo común me llamó días después para pedirme que me autoinculpara (no había ninguna duda, puesto que yo aparecía en primer plano en todas las fotografías que la prensa había tomado antes de que usted llegara), para "apoyar al compañero Víctor".
No sólo asumí voluntariamente cualquier consecuencia que esta autoinculpación pudiera conllevar para mí (usted la asumió forzosamente), sino que incluso me supuso un cierto quebranto económico. Me explicaré muy brevemente. En aquella época y durante casi tres años me vi obligado a emigrar a Madrid (si, sí, yo también, no sólo sus abuelos), puesto que en Cáceres no encontraba ningún empleo, ni bueno ni malo. Puestos a contar historietas personales le diré que mi sueldo allí no llegaba ni a los miserables 1.075 euros mensuales que usted declara como coordinador general de IU y, habiendo dejado en Cáceres a mi mujer y a mis tres hijos, ni siquiera podía permitirme regresar cada fin de semana para estar con ellos, sino que me limitaba a hacerlo dos veces por mes.
Aquella semana en que me reclamaron para apoyarle a usted no me tocaba volver a Cáceres, pero como era absolutamente imprescindible mi presencia para hacer entrega de mi DNI y firmar ciertos documentos, hice el viaje bien a gusto, por lo que yo entendía cuestión de justicia. Así que ya ve usted, Víctor, solidarizarme con usted me supuso al menos los cincuenta euros del viaje de ida y vuelta desde Madrid.
¿Que es mísero sacar a relucir estos detalles? Probablemente. Pero no más que atacar injustificadamente a "los Arellanos de turno". En cualquier caso, el relato de esta insignificante anécdota no es ni muchísimo menos el meollo del asunto en el que pretendo desembocar.
Pero por no cansar a los posibles lectores ni abusar del espacio generosamente concedido por "Extremadura al Día", opto por cortar en este punto y continuar otro día.