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Reportajes
La Encamisá de Torrejoncillo: memoria histórica de un sentimiento
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Maricarmen Seguin
06 dic 2007 actualizado 14:29 CET
Encamisá en Torrejoncillo
Encamisá en Torrejoncillo
Torrejoncillo, uno de los lugares de mayor tipismo y riqueza etnográfica de la provincia de Cáceres, se levanta apacible al norte del río Tajo. Situado en el centro de una rica zona de regadíos, la "Vega de Alagón", hace gala de su mejor patrimonio paisajístico, el agua.

La niebla que baja entre las encinas al amanecer, da paso a un sol que resplandece en el cielo, dibujando el perfil de las antiguas casas de esta localidad profunda. Honda como sus gentes e intensa como sus costumbres.


Un pueblo de raíces milenarias y famoso por su artesanado. Orfebrería, Tinajería, Zapatería... son algunos de los oficios de antaño que perviven inmutables gracias al poder de la tradición.

No obstante, si hay una manufactura cuyo nombre significa en sí mismo Torrejoncillo, esa es, sin duda, la hojalatería. Un laborioso trabajo que se ha convertido casi en un oficio por encargo que satisface más el buen gusto decorativo de los lugareños que sus antiguas necesidades. En algún que otro taller, las manos de los artistas recortan con premura, pero no sin primor, las piezas para elaborar los tradicionales faroles que portarán orgullosos los jinetes encamisados la noche de la fiesta grande.

Pero no sólo los hojalateros trabajan a destajo cuando se acerca diciembre. La localidad no parece la misma a medida que se agota el calendario: la tranquilidad que suele enmudecer las retorcidas callejuelas a medida que cae la noche se ensordece de murmullos, de disparos de escopetas y del sonido alegre de los cohetes, cuando se acerca el momento de darle la bienvenida a La Encamisá.

Nueve días antes de la noche señalada, el pueblo entero se prepara para el crucial momento. Una novena en honor a la Virgen Inmaculada sirve de calentamiento. La magnífica Iglesia Parroquial de San Andrés, del siglo XVI, se llena hasta volverse pequeña cada noche.

Origen

Algunos estudiosos que defienden la teoría más extendida, remontan la conmemoración a la Batalla de Pavía, en la que un capitán torrejoncillano, Ávalos de apellido, volvió sano y salvo a su pueblo por especial intersección de María Inmaculada e introdujo la costumbre de celebrar la fecha cubierto con las sábanas blancas que las tropas imperiales ponían sobre sus armaduras para camuflarse en los parajes nevados.

Se cuenta que el capitán, tras ser testigo de la aparición de la Virgen, que bajó del cielo tras escuchar sus súplicas, ordenó a sus gentes que aquella noche se despojasen de sus vestiduras externas, quedándose sólo con las camisas, para que su blancura se confundiese con la nieve. En efecto, apenas anocheció, los soldados españoles ejecutaron este mandato, saliendo en camisa de sus trincheras, con sus armas ocultas y con sus caballos cubiertos con níveas sábanas, sorprendiendo en medio de la oscuridad a los enemigos franceses. Como tal hecho, se cree, tuvo lugar el día de la Purísima Concepción y como el capitán era oriundo de Torrejoncillo, zona en la que se profesaba devoción por este dogma de fe incluso antes de la hazaña, los lugareños decidieron instaurar la fecha como su fiesta más importante.

Sin embargo, como suele suceder cuando se intenta descifrar la fecha de nacimiento de una costumbre arraigada, es imposible hablar de datos históricos incontestables.

Lo que en todo caso sí está claro es que fuese cual fuere el punto de partida de esta fiesta, es siempre difícil recorrer con la razón los caminos del sentimiento. Un árbol, a simple vista, es eso, sólo un árbol; más allá de los ojos queda la savia viva que bebe en las raíces de los antepasados, corre por todo el tronco y se extiende a las ramas de los hijos. La Encamisá es acto de fe y, al mismo tiempo, toda una celebración que cada año gana más adeptos; no en vano ha sido reconocida ya como Fiesta de Interés Turístico Regional.

La Encamisá hoy

¿Qué es hoy La Encamisá? Situémonos en la noche del 7 de diciembre, la noche de los torrejoncillanos. Desde que luz empieza a dar paso a la lúgubre oscuridad, se percibe en el vecindario la tensión y el ansia porque llegue el instante tan deseado. Las gentes se apresuran. Se preparan las escopetas y los cartuchos de salva. Una multitudinaria comitiva de jinetes cubiertos con una sábana blanca se dirige a la casa del mayordomo para recoger el farol que les guiará entre las tinieblas. Las campanas de la iglesia repican incesantes anunciando los minutos que faltan.

Los jinetes ensabanados, unos 300, irrumpen espectacularmente en la Plaza Mayor, ya abarrotada de fieles y curiosos. Y los escopeteros hacen tronar sus armas anunciando la salida del estandarte azul cielo, el blasón de la capitana más victoriosa de la cristiandad: el de la Inmaculada Concepción. La cohetería hace enmudecer los vítores y la canción de esta fiesta entonada por varios grupos.

El viejo reloj de la Iglesia marca por fin las diez. Se abre la puerta y mientras los espectadores contienen la emoción como pueden, el estandarte celeste de la Virgen Inmaculada desfila bajo el arco de San Andrés, escoltado por un grupo de hombres, los "Paladines de la Encamisá".

La cascada de sentimientos es irrefrenable. Hasta los más fuertes de ánimo tienen un nudo en la garganta. Los disparos, las campanadas, los vivas, muchas veces rotos por las lágrimas, dejan atónitos tanto a lugareños como a visitantes.
El estandarte llega casi flotando a manos del mayordomo que lo recoge, sin disimular que, probablemente, está viviendo uno de sus momentos más entrañables. El pueblo entero vibra de emoción, lanzando vivas a María. Grita el alma, no la boca. El estandarte pasa dificultosamente entre los cientos de personas que intentan tocarlo en señal de devoción.

Es justo en ese instante cuando comienza la procesión que recorre las sinuosas calles de Torrejoncillo. A la cabeza de tan especial comitiva, el mayordomo, escoltado por sus dos acompañantes, ataviados como él, con hermosas sábanas en cuya espalda llevan bordada la imagen de la Purísima.

Los cientos de jinetes que siguen de cerca los pasos del mayordomo levantan sus faroles e iluminan las calles. Los vecinos acompañan la procesión o simplemente la esperan en sus balcones. Y siempre el mismo telón de fondo: cánticos, vítores, fuegos de artificio, disparos...

Para el primitivo de Torrejoncillo, como para todos los primitivos, el mundo estaba plagado de espíritus causantes de múltiples desdichas. En Extremadura, desde las épocas más remotas, estos espíritus tormentosos se han alejado mediante tiros y tañidos de campanas. Se cree, incluso, que los sonajeros de los niños servían para ahuyentar a estas ánimas mal intencionadas.

Hoy día, los torrejoncillanos convierten esta primigenia intención en un momento indescriptible. Las lágrimas corretean en las mejillas de quienes cantan a la Virgen en boca de los que nos han dejado. Entre una nube con olor a pólvora, la procesión avanza decidida por las empinadas callejuelas.

La Encamisá es una festividad cercana al solsticio de invierno, fecha plagada de cultos a las fuerzas de la naturaleza que se celebran desde la más remota antigüedad. Una buena parte de sus ritos, que han sido cristianizados, tal cual ha sucedido en España con otras fiestas cuyo origen no era precisamente religioso, siguen celebrándose hoy sin el tinte pagano de otras épocas.

En las plazoletas, la gente enciende las "joritañas", hogueras que le sirven para combatir el frío o, talvez sólo para animar una tertulia junto al fuego. Los niños, en cambio, queman sus "jachas", un haz de gomanita, que con amor y paciencia han confeccionado sus padres y abuelos. Todo el pueblo acompaña y aclama a su Virgen, entregándole un pedacito de su corazón.

Después de dos horas y media, aproximadamente, la procesión regresa a la Plaza y todo el pueblo se despide del estandarte con la misma devoción con la que le dio la bienvenida; pero con la satisfacción de haberlo tenido cerca, de haberle pedido esa gracia que alguien espera alcanzar... La apoteosis se repite cuando el mayordomo devuelve el estandarte a la Parroquia.

La procesión ha terminado, pero los disparos continúan y los paladines encamisados suben a sus caballos rumbo a la casa del mayordomo, atraídos ahora por la invitación a vino y a coquillo, un dulce típico de la zona, infaltable en esta celebración y en cuya preparación se entretienen, durante varios días, las mujeres del pueblo. La Fiesta continúa y aunque el estandarte reposa tras el recorrido en el sagrado lugar reservado para él, la presencia de la Inmaculada Concepción se deja sentir en todo el pueblo. Cada rincón de Torrejoncillo huele a la capitana y cada torrejoncillano ha vivido la confirmación de su fe y su devoción hacia el dogma.

La Encamisá es todo un espectáculo. Un espectáculo de sentimiento que se repite cada año, pero que, sin embargo, parece siempre nuevo; como renovado por la vida misma: la procesión nocturna a caballo, los jinetes ensabanados portando su farol encendido, las sábanas blancas en contraste con la nocturnidad, la infinidad de manos que se extienden en el intento de tocar el estandarte sagrado, el recorrido original y pintoresco, la niebla, el humo, cánticos con una sola tonada, derroche de entusiasmo y algunas lágrimas.

Son muchos los factores que motivan a los torrejoncillanos a mantener y representar año tras año su Encamisá. A esta fiesta está ligada toda suerte de profundas emociones, momentos agradables e incluso duros. Durante la fiesta hay espacio para recordar a los seres queridos cuya ausencia se hace menos profunda.

Precisamente para ellos, para los que ya no están, los torrejoncillanos dedican la siguiente procesión de la noche, la del Silencio o Penitencia, a la que sólo acuden personas enlutadas en señal de respeto a su memoria. Ellos, los muertos, renacen como el sol, en la Encamisá, para vivir, gracias al recuerdo de los suyos, un nuevo encuentro con el estandarte color azul de cielo.

Todos estos elementos, hacen de esta celebración más que digna de su nombramiento de Fiesta de Interés Turístico Regional. Se equivocan quienes quieren referirse a la Encamisá como una festividad solo llena de ritos paganos. Se equivocan también quienes la perciben sólo como una fiesta religiosa. La Encamisá es más que eso, es quizá, ambas cosas a la vez, enriquecidas por la entrega infatigable de un pueblo que, incluso venciendo las dificultades económicas de otras épocas, ha sabido mantener intacto el enorme espacio que ocupan los sentimientos.