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Rafael Angulo
Los sonidos de los Blacks Birds
Rafael Angulo Sánchis   
17 jun 2005 actualizado 22:01 CET :: Leído 547 veces
Angel Briz llevaba tiempo hablándome de los Black Birds, mucho antes de que fueran minimamente conocidos, y como Juan Rodríguez Quirós decía que valían la pena, ya era la opinión de dos amigos y, con ese bagaje, se puede ir a cualquier sitio sin miedo a que te engañen.

Aunque como sitio, el DT ( lo que queda del cine Alcazaba de toda la vida o de la otra vida o del siglo pasado) no es ni acústica ni escenográficamente el mejor de los lugares para 40 músicos, por lo menos, que atiborraban el escueto escenario, mas un coro de chicas de negro en un rinconcito (hay que lucirlas mas, caramba), mas el Chino ¡magnífico a la guitarra!, mas las dos almas de los Black Birds, mas unos cientos de emeritenses enfrente.

En fin, que el lugar no era el propicio pero es que Mérida es así de peculiar, no tiene término medio: o te vas al Teatro Romano o al Palacio de Exposiciones –que son dos pasadas, cada una a su manera- o te quedas en la calle, porque la iniciativa privada no ha ocupado su espacio cultural, el antiguo María Luisa está que se cae –y no es ninguna metáfora- y todos esperamos que la Junta deje de putear a los emeritenses y se digne instalar algún teatrillo, lo suficiente como para que gentes como estos tipos estupendos de los Black Birds puedan actuar dignamente y con decoro, porque música, saber hacer y estilo ya tienen un rato.

Les falta escenario adecuado. Otra cosa que tiene mi tierra es esa: en cualquier lugar de España una banda musical como esta, dicho con todos los respetos, óiganme, lo de banda, sería un icono cultural de la ciudad o de la región, un grupo de culto que dicen ahora y, sin embargo, los Black Birds no tiene la cobertura que merecen entre los papanatas del dirigismo cultural extremeño. Pero vale, vayamos al concierto: Me gusto desde “Qué noche la de aquel día” hasta “Hotel California”, o sea desde el principio hasta el final, pasando por la magnífica versión del “nananaina, ¡chin! nanaina nainana ¡chin!” de Simon&Garfunkel (los dos únicos temas no Beatles que les obligamos a tocar, de purito agotado el repertorio que les estrujamos) y sólo eché de menos Hey Jude y alguna frivolidad tipo submarino amarillo o obladi obladá.

En realidad, el principio fue una espera de tres cuartos de hora respecto al horario de inicio previsto (que eso tampoco está bien, la verdad) pero esa queja se olvidó con la primera canción. Los Black Birds se sobrepusieron a las dificultades del espacio y del retraso y conformaron un espectáculo vistoso y entretenido, sazonado de buen humor y de un clima cálido, casi entre amigos (aunque alguno no lo fuera) y en un ambiente de complicidad entre un público casi de la misma generación, que no es la de los Beatles sino la posterior.

Los ingredientes necesitaban otro puchero (otra vez será), la puesta en escena algo mas de movimiento y el sonido algo mas de libertad (aunque las atinadas intervenciones de los tres guitarras acompañantes me parecieron estupendas), pero el cómputo general es aceptable, se degusta con parsimonia y se concentra en dos horas de Beatles que dejan exhaustos a cualquiera (sobre todo a los Blaks...)
 
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