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Rafael Angulo
Fernando Delgado
Rafaél Angulo Sanchís   
18 abr 2005 actualizado 11:04 CET :: Leído 367 veces
Si Fernando Delgado escribiera bien sería premio Nóbel. Y esto, para que conste y por sí no se entiende, es un elogio.

El pasado sábado, 9 de abril me fui con mis tres hijos pequeños a misa a Cantarranas (vulgo San Andrés) donde oficia Joaquín, ese franciscano que parece franciscano, en un ambiente luminoso que no perturba ni la pésima acústica del templo. Los feligreses asistían atentos a la liturgia del lugar y en la fila de la comunión coincidí con Fernando que, mentalmente, me citó para después.

Con Fernando siempre he tenido un después. Al finalizar la eucaristía, el hijo de Jesús Delgado Valhondo me sacó del maletero del coche el libro de “Viejos Escenarios emeritenses” que ya me tenía dedicado desde tiempos inmemoriales. La dedicatoria refleja hechos obvíos: que somos amigos y compañeros y me ejecuta un consejo sexual “para, hijo, para”. Dice mas cosas, pero estas quedan entre él y yo. Tampoco reflejaré la opinión que me causó el “cachino” de carretera y la “rotondina” que han hecho al lado de la Iglesia, que ignoró a dónde va –aunque supongo que a alguna parte-, no por nada sino porque mi compadre es el concejal de esa barriada y no está la cosa como para perturbarlo.

Al llegar casa me faltó tiempo para hojear (y ojear) el libro de Fernando que, de entrada, tiene en su pestaña una definición memorable, la que Delgado da de si mismo “Mérida es mi vida y será mi muerte” algo que muy pocos, con fundamento, pueden decir en esta bimilenaria ciudad. Pero en el caso de Fernando es cierta. Sólo por esto el libro ya merecería estar en la balda de mis favoritos (junto, pero no revuelto, a “Camino” y la vida de Tristan Shandy).

Pasado el prólogo de Nacho Sánchez Amor (Fernando correr no correrá, pero tiene vista de lince) que se define como “nuevo emeritense” y cuyo contenido firmaría gustoso yo mismo, pasamos a la enjundia del texto que es un compendio de pequeños retazos de la historia de esta ciudad. Las minúsculas cuentas de este libro componen un collar hermoso, un alegato, sin proponérselo o premeditadamente, en pro de la Mérida de ayer que conforma la de hoy y que perdurará siempre.

Comparto los análisis sociológicos de Fernando (Mérida sólo tiene clase media) y en muchas de sus historias he sido espectador involuntario, sencillamente porque he estado al lado de Fernando. Es más, se queda corto y peca de modesto porque noto ausencias relevantes (la Cruz Roja de la que Fernando fue responsable y que por poco yo elimino) que supongo tiene reservadas para futuras escenas. En realidad este retazo de historias es el trabajo de un hortelano literario que ha hecho de su afición, ¡gran afición! historia y de sus cuidados, literatura.

Es el devenir de Mérida labrado como un huerto y el cultivo de ese huerto hace a Fernando Delgado feliz. Hay un refrán chino que la contemporaneidad quiere caducar, pero que a mí, para terminar esta historia me vale: Si quieres ser feliz un día, emborráchate. Si quieres ser feliz una semana, haz un viaje. Si quieres ser feliz un mes, mata un cerdo. Si quieres ser feliz un año, cásate. Si quieres ser feliz toda una vida, cultiva un huerto. Fernando, a ti te lo digo, y te lo digo con cariño: no dejes de cultivar este huerto. Además de ser feliz tú, nos ayudarás a ser felices a los demás en nuestra parcela emeritense. Mira, quizás no sea premio Nóbel pero el día que se escriba nuestra historia, te citarán.
 
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