Rafael Angulo |
| ''Da vini, da vidi y Da Vinci''. El bodrio mas grande jamás leído |
| Rafaél Angulo Sanchís |
| 15 ene 2005 actualizado 08:35 CET :: Leído 632 veces |
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El
pasado año el libro mas leído en el mundo occidental fue “El Código Da
Vinci” que, en mi emeritense opinión, es un bodrio insoportable, una
bazofia pseudoliteraria, una sopa hecha de carroña y de restos. De
verdad, no supone ninguna pérdida para el lector pasar de leerlo, por
lo que no acierto a entender cómo el tío se ha hecho millonario a base
de vender ejemplares. Evidentemente, algo tendrá, pero desde luego no
es algo bueno. (también las pelis x se ven...).
“El
Código Da Vinci” adopta, en libro, el formato de una novela de ficción
en la que se pone en duda la verdad del catolicismo. No sé porque se ha
encaramado –o encamado, eso sí que lo sé- a la lista de libros mas
vendidos y, aunque se trate de una obra de ficción, resulta ofensiva
para el honor de la Iglesia porque juega con sus fundamentos. Yo, con
estos tíos, creo que hay que tener tolerancia cero. Porque la
ignorancia no exime de responsabilidad y el libro está lleno de errores
geográficos e históricos, a este hombre –y a sus editores- alguien
debería darles unas clases básicas sobre la historia del cristianismo
y, sobretodo, un mapa. El argumento de la novela se basa en el asesinato de un conservador del Museo del Louvre que, antes de morir, consigue dejar unas pistas y colocarse de forma singularmente significativa. Su nieta Sophie y un investigador americano descubren que el abuelo trataba de dejar un mensaje no sobre su asesino, sino acerca de un gran secreto. El abuelo formaba parte de una antigua sociedad secreta llamada El Priorato de Sión, que, durante muchos años, se encargó de custodiar ese gran secreto, cuya revelación supondría una amenaza para la concepción presente de la humanidad. Lógicamente, la Iglesia Católica se habría esforzado durante estos últimos dos mil años en proteger ese secreto. ¿En qué consiste el gran secreto?. En que Jesús estuvo casado con María Magdalena, quien estaba embarazada cuando Cristo fue crucificado. Los descendientes de aquel niño aún sobreviven y se mantienen de forma anónima protegidos por El Priorato de Sión, que es también el guardián de la verdadera fe en Jesús y María Magdalena, basada en la teoría del sagrado femenino. La novela-gazpacho por tanto consiste en una carrera por encontrar el Santo Grial. Pero, en vez de buscar el cáliz de la Ultima Cena lo que se busca principalmente son los restos de María Magdalena. Sophie y el americano comenzarán una competición en la que la Iglesia es su rival, representada en la figura de un albino, miembro del Opus Dei, que recibe indicaciones de un obispo y de un misterioso Teacher. Correrán detrás de las pistas codificadas que el abuelo de Sophie fue dejando. Es un gran rompecabezas que les llevará desde los bancos suizos ala iglesia del Santo Sepulcro y, de la Abadía de Westminster a las pinturas de Leonardo Da Vinci. La historia de Da Vinci consiste en que parece que plasmó su devoción al Santo Grial Femenino en la representación de la Ultima Cena en la cual el personaje de la derecha de Jesús no es San Juan sino María Magdalena, su compañera. Vaya, vaya, muy pocas cosas de este entramado son propiamente originales, la mayoría procede de fantasiosos trabajos y el resto son remiendos de ridículas y gastadas teorías esotéricas y gnósticas que, incluso, en Logrosán escribió Rosso de Luna. Yo me apuesto lo que sea que ustedes, amables lectores, ignoraban que la divinidad de Jesucristo fue un invento del emperador Constantino para apuntalar su poder, pues “hasta aquel momento de la historia –escribe el autor- Jesús era visto por sus discípulos como un profeta mortal, un poderoso y un gran hombre, pero un hombre nada más. Un mortal”. Como ésta, el libro está lleno de primicias... delirantes. Las excéntricas conjeturas del autor se mezclan con hechos e investigaciones chapuceras; los Juegos Olímpicos de la antigüedad se celebraron en honor de Zeus, y no de Afrodita; los Templarios, que supuestamente son los guardianes del “secreto” de la Magdalena, no construyeron las catedrales de su tiempo, sino que lo hicieron los obispos europeos; las catedrales góticas no tienen ningún simbolismo femenino, ¿qué parte de la anatomía femenina representan el crucero o las gárgolas de una catedral gótica?. En fin, en fin, que el odio al catolicismo impregna todo el libro, pero las peores invectivas las recibe el Opus Dei, prelatura personal aprobada por Juan Pablo II. Un “monje” del Opus Dei - ¡asombroso!, porque en el Opus Dei no hay monjes-es un asesino, que mata para impedir que el secreto de la Magdalena salga a la luz pública. ¿Ante esto, que podemos hacer los que somos del Opus Dei, y los que sin serlo nos estiman?. ¿Enfadarnos?, ¿Arrepentirnos? ¿Tomarlo a risa?. Pues no, de momento lo escribo porque no es una broma esta burda fantasia en contexto literario. Lo escribo porque quedarse cruzadito de brazos tampoco creo que sea la solución, y porque cuento con algo que desmonta todo este engendro: la verdad. Y la verdad, no lo olvidemos, nos hará libres Y no estoy sólo en el análisis: el crítico español F. Casavella (“El País”, 17-I-2004) dice que “El Código Da Vinci” es “el bodrio mas grande que este lector ha tenido entre manos desde las novelas de quiosco de los años setenta”. “No es que tienda al grado cero de escritura –explica- ni que sea aburrido, prolijo donde no debiera, torpe en las descripciones y en la introducción de datos sobre ese interesantísimo y orginalísimo misterio en torno al Santo Grial, Leonardo y el Opus. Tampoco es un problema que repita esos datos en páginas contiguas para que hasta un hipotético –lector muy tonto- llegue a asimilarlos. Ni que escamotee ciertos fundamentos de la trama del modo mas grosero hasta que resulten útiles y entonces se les haga aparecer del modo mas burdo. Ni importa que las frases sean bobas, y bobas sean también las deducciones de unos protagonistas de quienes se nos comunica, pero no se nos describe, su inmensa inteligencia...también se piuede pasar por alto que el autor no sea, al fin y al cabo, instruído.” En fin, concluye Casavella, “Se puede perdonar todo, lo que no se puede perdonar es que esta novela se promocione, y no sólo por los grandes canales publicitarios convencionales, como un producto de cierto valor. No puedo dejar de felicitar a las editoriales de todo el mundo que, en su día, rechazaron la publicación de esta infamia y ahora no se arrepienten. Es la demostración de un resto de dignidad, no sólo en el mundo editorial sino en el sistema mercantil”. |

