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Pliegos sueltos
Safo, la Décima Musa
Pilar Fernández Rodríguez   
03 ene 2006 actualizado 12:08 CET :: Leído 798 veces
Así la denominó Platón, quién cuentan que, tras leer sus versos, exclamó: “dicen que hay nueve musas ¡Los desmemoriados!. Han olvidado a la décima: Safo de Lesbos”. A partir de entonces este apelativo para referirse a nuestra autora se convirtió casi en un tópico literario. Pero ¿Quién fue esta mujer griega que revolucionó la historia de la Literatura y a partir de cuyos versos intimistas se gestó toda la poesía amorosa?

Safo, la mítica poetisa griega, nació en Lesbos, probablemente en su capital, Mitilene, allá por el año 600 ante de Cristo. Lesbos es una isla que se halla en el mar Egeo muy cerca de la costa de la antigua Asia Menor (hoy Turquía) y que, por su estratégica situación geográfica, jugó un papel decisivo en el nacimiento de la lírica occidental. De la fusión de los mitos griegos con la delicadeza y voluptuosidad de la civilización oriental, surge el milagro de la primera gran poeta moderna. 

De la vida de nuestra poetisa, apenas sabemos algunos datos aislados. Esta oscuridad en torno a su persona hizo que, ya desde la antigüedad fuera considerada como una figura mítica y le inventaron todo tipo de leyendas como la que asegura que, en su madurez, se enamoró de un marino y no fue correspondida, por lo que decidió terminar sus días arrojándose por un acantilado al cercano mar.  

Lo que sabemos realmente de ella es que nació en el seno de una familia griega acomodada, es más, parece que pertenecía a la aristocracia, aunque su familia no tardó en arruinarse. Conocemos que contrajo matrimonio con un rico comerciante del que tuvo una única hija llamada Cleis a la que se refiere en sus poemas. También menciona en sus versos a sus tres hermanos Larico, Eurygio y Caraxo, aunque de éste último es del que hallamos más referencias.

A pesar del lujo que rodeó su vida, Safo debió pasar en algún momento apuros económicos, lo cual, con toda probabilidad, está relacionado con su destierro en Siracusa. Tras la pérdida económica, Safo tuvo que ponerse a trabajar y gran parte de sus ingresos provenían de la redacción de poesía por encargo: los famosos epitalamios, o poemas para bodas que cantaban los jóvenes que formaban el cortejo nupcial.

Sin embargo, su ocupación principal fue la docencia, con la creación de una especie de Escuela de señoritas de la época para las jóvenes de buena posición en las que se les enseñaban las artes de la poesía y de la música, el arreglo personal y los refinamientos que debían conocer antes de tomar esposo. Lo que se denominó “La Casa de las servidoras de las Musas” puesta bajo la advocación de la diosa del amor, Afrodita.

Éste es el capítulo que despierta más controversias en torno a su figura. La escuela es el escenario, cargado de sensualidad y refinamiento, donde aparece el amor entre mujeres, el amor lésbico, que tomará su nombre del de la isla citada, Lesbos. La experimentada profesora se siente atraída por la juventud de sus alumnas. Es un sentimiento en el que la sensualidad, el deseo y la religión se confunden en un afán de búsqueda del verdadero valor: la belleza.

Además, a través de sus relaciones con sus alumnas o amigas, Safo descubre por primera vez en occidente la poesía amorosa e intimista de los sentimientos. Es la suya una lírica llena de evocaciones e imágenes que se han ganado el mérito de ser la verdadera revelación de amor en Occidente.

Con una profunda psicología del hecho amoroso y desde la sensibilidad femenina, el deseo, en los versos de la poetisa de Mitilene, es, a la vez, inasible, sagrado y rebosante de insólita frescura. Es, además, la creadora del denominado “Versos Sáfico”, una estrofa que ha pasado a formar parte de la métrica universal.


Las obras de Safo han despertado la admiración de autores antiguos y contemporáneos entre los cuales están: Estrabón, Catulo, Petrarca, Ronsard, Leopardi, Hölderlin, Byron y Rilke, entre otros muchos.

La figura Safo fue muy conocida en la antigüedad. Sabemos que se le hicieron innumerables retratos y se acuñaron monedas con su efigie. En canto a su obra, fue reeditada en la época de Alejandro Magno y guardada en la biblioteca de Alejandría.

Se calcula que compuso a lo largo de toda su existencia unos 12 mil versos. Sin embargo, por incendios, pérdidas y otras catástrofes, han llegado hasta nosotros apenas 200 fragmentos, la mayor parte ilegibles y de composiciones poéticas que están incompletas. Pero bastan para hacernos una idea de la grandeza de sus versos.

Les incitamos a adentrarse en la poesía de Safo con estos poemas y fragmentos.
 
Poemas y fragmentos de Safo de Lesbos
 

Una corte de jinetes, o de infantes, o de naves,
dicen unos y otros que es lo más hermoso
sobre esta negra tierra.
Yo digo: “ lo más bello es aquello que uno ama”.
Y es sencillo hacer que cualquiera lo entienda,
pues Helena, la que por su belleza más brillara
entre los hombres, al mejor de os maridos
abandonó, y se fue por el mar a Troya,
y ni de su hija ni de sus propios padres
quiso ya acordarse, pues la trastornó Cipris...
Y esto me recuerda que mi  amada Anactoria
no está presente,
de ella ver quisiera su andar amable
y la clara luz de su rostro
antes que los carros lidios
o mil guerreros llenos de armas.

Desde Creta, Ven, Afrodita,
Aquí, a este sacro templo,
que un bello bosque de manzanas hay
y el incienso humea ya en los altares. 

Suena fresca el agua por los manzanos,
y las rosas dan al lugar su sombra,
y un profundo sueño de aquellas hojas
trémulas baja. 

Pasto de caballos, el prado,
allí está lleno de flores de primavera
y las brisas soplan oliendo a miel... 

Ven aquí, Cipris, y tras tomar guirnaldas,
en doradas copas, alegremente,
mezclarás el néctar para escanciarlo
con la alegría.

No miento cuando digo
que quisiera morir, pues ella
me abandonó, entre sollozos se fue de mi.

Y, entre otras cosas, me dijo:
“que terrible dolor, Safo, Créeme,
te dejo contra mi deseo”.

Y yo le respondí: “No me olvides,
pero vete alegre porque sabes que te queremos;
Y si tu no, yo sí quiero recordarte,
por si acaso algún día a olvidarlos llegas,
los buenos momentos que disfrutamos. 

Pues muchas coronas de violetas,
de rosas y hasta de azafranes
junto a mi te ceñiste;
y con muchas guirnaldas de olor
que tú trenzabas, hechas de mil flores,
rodeaste tu cuello delicado;
y de abundante aceite de nardo y jazmín
perfumabas a placer tu cabello;
y sobre blandos lechos, junto a suaves sedas,
disipabas tu deseo... 

Y ni fiesta ni templo había donde no fuéramos,
ni tampoco bosque sagrado... 

Semejante a los dioses me parece
ese hombre que ahora se sienta frente a ti
y tu dulce voz a su lado escucha
mientras tu le hablas 

Y siente tu amable risa. Todo esto, te lo juro,
en mi pecho hace saltar el alma a pedazos;
pues te miro, apenas, y las palabras
ya no salen de mi boca
tengo rota la lengua, y, suave, por la piel
un fuego me corre al punto,
con mis ojos ya nada veo y oigo
sólo un zumbido

Destilo un sudor frío y un temblor
me recorre entera, cual la paja amarilla soy
y mi muerte siento cercana
Pero todo habrá que sufrirlo, incluso...

 

 
 
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