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Pliegos sueltos
Paracas... desiertos de vida: "El bello canto del mar a la rosa grande"
Textos: Giancarlo Andaluz Queirolo. Fotografía: J. Armestar/Christian Quispe   
20 feb 2007 actualizado 23:30 CET :: Leído 1276 veces
Jorge Armestar Marroquin
Jorge Armestar Marroquin
Amanece. El día entra con su filoso cuerpo intangible rompiendo en dos el universo de arena que se levanta al este del mar de Paracas, el silencio crece a medida que el sol despunta su aguijón ampuloso por las largas dunas de sal. Resurrección antes de la vida, una expedición del pasado recae en el presente redundante de vicio y tiniebla, un callejón a otra era escondido en algún lugar del congestionado país que lo contiene con sus amplias manos de miedo y de bacteria.

La materia pegajosa llamada alba amenaza el libre océano de luz que vive y crece en la antigua bahía, es el amanecer de los seres que la habitan y dominan, habitantes que escapan del diario sentirse esclavos de algo que no conocen pero igual temen. Vibra el mar destellante de azul y algas, vuelven a nacer los seres que día a día confirman al iniciarse el día, que aún pertenecen a este mundo insondable, mundo de médula y aparente calma, mundo que nosotros, hombres ajenos a él, añoramos cada minuto de nuestra efímera existencia.


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¿Qué clase de luz inunda este lugar?, veo el reflejo del cielo dibujando inmensas figuras indescifrables sobre la húmeda arena oscura, aparenta la piel de un ser de otro mundo, enorme e inexpugnable, lleno de cicatrices de tiempo y tempestad, alejado del todo, bañado únicamente por el profundo sonido de una brisa desconocida, pero tan cercana a la vez, que su simple soplo calado de fulgor, estremece las fibras más insensibles de mi piel citadina.

En este momento de observación y sana envidia por un deseo contenido y profundo, vienen a mi memoria figuras oníricas de mis años infantiles; recuerdos de cuando el mundo lo era todo para mí, mi casa, mi cuarto, mi cuadra, mi barrio, el parque de junto, las horas de pelota y trompo, los días de verano plantando mis donceles huellas en las arenas de la costa que baña mi ciudad, ¡oh!, maravillosa ciudad gris y triste, tienes la inmensa suerte de poder tocar el mar a pocos centímetros de tus dedos trémulos, y pensar ahora que tan lejos y tan cerca se encuentra este paraíso en tierra, esta prisión sin rejas ni fronteras, bendita suerte la de mi pueblo, el poder tocar la perfección sin salir de nuestro enfrascado submundo que refleja, mala sangre la que empaña nuestros aún puros ojos, vencidas memorias de pueblos ajenos al nuestro, de pueblos antagónicos al que habitamos.

Veo la primera señal de vida paralela, una sensación de sopor me embarga en esta mañana de luz pura y sin rencores, a veces quisiera no regresar a la realidad, ahora que conozco una salida distinta y latente, pero eso es imposible, no podemos pretender entorpecer campos que no nos pertenecen, dejemos eso para las dictaduras insipientes, y para nosotros, seres que lloramos por el uso afanado de la razón y la sensación creciente de tranquilidad, sólo nos queda absorber cada centímetro de este nuevo mundo antiguo, vivirlo al máximo, como si mañana mismo, una vez alejados de todo y vueltos nuevamente a los avatares del cemento y la niebla estancada entre los edificios que nos rodean, sea nuestro último día en la tierra, una tierra distinta pero añorada, un lugar en donde nos está prohibido vivir, pero cada tanto se nos permite, gracia divina, gozarlo como sólo puede gozar un preso de su ansiada libertad.

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El sol empieza a despuntarse con más rabia, abraza las islas desiertas de humanidad con sus remotos brazos invisibles, colma cada roca con su generosa mano tibia, besa cada poro que baña el frío mar en su natural movimiento de balanceo permanente, puedo ver una orilla inmensa y primitiva, a merced de sus pequeños habitantes que aprovechan su libertad para andar con placentera agonía, sentir el agudo viento que sopla sus años en sus cuerpos bañados por la resaca de la vida, es un momento tan ansiado, tan divinamente envidiado por mí, ahora que admiro el paisaje sentado sobre esta roca que dibuja antiguas culturas en sus cavernas minúsculas, en sus heridas de tiempo y calor, puedo sentir esa paz que es más real que la que tratan de vender en la ciudad, paz eterna que no puede ser comparada con nada que antes haya visto en mis años de insipiente aprendizaje.
Líneas coloridas despuntan en lo alto, donde las nubes arman reinos a los que ningún hombre podrá llegar en esta vida o en otra, la vista es vida para mis ojos, podría quedarme sentado en este pedazo de tiempo que me permite vislumbrar el milagro de la real vida, de esa vida que tanto añoro y deseo, qué no daría por darle un minuto a cada ser humano para que se pierda por estos laberintos sin canales ni trampas, qué no haría por ser un eterno viajante en estas tierras sin caminos ni cemento. Qué daría sopor sentirme vivo como en este amanecer tan imponente.

He comenzado mi periplo por estas vastas tierras, quiero aprovechar cada distancia entre mi cuerpo y este inimaginable edén, bordeo un profundo acantilado que oculta a sus pies lugares paralelos e impensados, momentos nada más de sueños perdidos en el cuerpo de este inmenso mar que vaga libre por la tierra, miles de figuras pétreas que el tiempo ha formado con sus leve mano de soplo que viaja libre por el mundo, decoran las rolas de la amplia bahía, esculturas de tiempos inmemoriales, hechas por los dioses que dominaron antiguamente estos parajes donde el sol y la naturaleza cabalgan sobre nubes meridionales con toda libertad. ¿Qué otros tesoros me aguardan en el camino? ¿Cuánto llanto a de brotar de mis maravillados ojos que aún no creen tanta belleza perdida entre dos corrientes? ¿Cuánto más podré soportar tanta bruma sobre mis hombros cansados?

A lo lejos puedo ver a los primeros lugareños acercarse a este reino primitivo, cada uno carga en hombros la responsabilidad de no entorpecer la naturalidad con que viven sus días los seres que gobiernan esta bahía desde tiempos remotos, mientras cumplen con su plan de vida diseñado para acceder a los recursos que afloran libres en esta agua sin horizonte ni límites conocidos.
Desde mi roca puedo verlos andar sin miedo por esta arena que reclama sus pisadas como pago a la intromisión del cuerpo en el alma, con temor avanzan por el reino de arena y mar sin dejar de pensar cada día en lo afortunados que son al poder pisar con sus impuros pies estas tierras inundadas de gloria y bendiciones. La puerta de piedra se abre para cederles el paso a este paraíso que no les pertenece, lo saben bien, no reclaman nada a la tierra, ellos llevan la cuenta de las bendiciones que derraman los antiguos dioses sobre sus cabezas, bendiciones que les da esperanza de vida en un mundo difícil, en un mundo que no les da tregua aun oyendo sus constantes suplicas nocturnas, y sólo les queda aprovechar ese tiempo prudente que esta bahía les brinda de buena fe, para la satisfacción de sus necesidades más urgentes de satisfacer.

Bahía sagrada, mar profundo y ominoso, la dureza de la vida reflejada en esa mancha azul oscuro que baña estas costas bendecidas con eterno alimento y majestuosidad, la simpleza hecha monumento, lo precario convertido en un impredecible universo de ambiguas formas celestiales, cadena que no ata la memoria de tus fauces, marca de razón y verdad, estigma de tus antiguos reyes vencidos, derrotados por tu fuerza impredecible y fatal.
Tus rocas son coronas de reyes derrotados a lo largo de tu arena, decorando el camino alado que describe tu difícil geografía. Bahía impredecible y celosa, que no permites que cualquiera perturbe tus dominios, déjame remontarme en tu historia aunque sea por este colosal día añorado por tanto tiempo, después de esto, ya nada volverá a ser lo mismo, ya nada será como antes, ni lo antes vivido podrá compararse a lo que describo con sólo verte con miedo y respeto. Bahía sagrada, cementerio de antiguas culturas, reino de la naturaleza que logró conquistarte a fuerza de temperamento y paciencia, déjame absorber cada momento para recordarlo en mis mejores sueños de aquí a la eternidad.

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Una señal de tus antiguos gobernantes brota de tu sangre noble y eterna, un paradero que está fuera de tu real figura, el cansancio me llevó a este tiempo nuevo, a este lugar común e inimaginable a la vez. Cómo no admirarte cada vez mas, a cada centímetro más todavía, mis pasos se graban en tu cuerpo conforme, la soledad me acompaña en este nomadismo, qué mejor compañía que el silencio a mi lado, que la brisa bañándome con sus seca saliva, que el mar soplándome su salado cuerpo al rostro, no imagino nada mejor que este momento, sé que falta mucho por recorrer, pero con lo visto basta para desear tu imperturbable descanso, tu tiempo estancado en esta albufera que atrae con su miel a los viajantes que logran deambular por tus incógnitos parajes de tiempo y ceniza. Ahora me pregunto si realmente existe más de un mundo, y al verte tan omnipresente, ¡oh bahía lapidaria y placentera!, sé que falta mucho más por recorrer, mucha más tierra por pisar, mucho más tiempo que...

El sol golpea más cada minuto, siento su poderosa luz contra mi piel, tan cercana a la tierra que da la sensación de poder ser tocado con los dedos. Amenaza esta paz incorpórea, derrapa sus rayos por los acantilados que pueblan las imperturbables gaviotas. Qué espectáculo tan estremecedor el día a día de estas aves, como si nada existiera a su alrededor, como si el mundo entero les perteneciera, quién podría entorpecer su libre paso por estas tierras libres del hombre y sus miserias.

Cada instante que observo siento que me aúno a este espléndido paisaje, que ya formo parte de su rutina habitual, a pesar de mi ignorancia y mi miedo latente, puedo sentir a viva voz que he sido al fin aceptado, que puedo ser parte de un todo general, una parte insignificante y hasta perecedera, pero parte al fin, de un todo que deseo con vehemencia.

A menudo me golpea esa horrible sensación de no pertenecer a ningún lugar de una manera u otra, sobre todo cuando me encuentro rodeado de cemento y prisa, y ahora que por primera vez abandono ese estado de aparente letargo, me siento por primera vez vivo y feliz, abrazado por esta prudente falta de responsabilidades, y me siento bien, me siento parte de algo que deseé por tanto tiempo; ahora puedo seguir en paz por este mundo del que tanto reniego.

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Podría quedarme aquí por el resto que me queda de vida, sí, podría, pero sé que no puedo desear imposibles, aun cuando la naturaleza me reclame, con su voz y su albedrío, sé que no puedo quedarme. Sin embargo, nada me impide aprovechar cada instante de esto, de libertad soñada, como esos guanays gozan al filo de la vida, de una mucho mejor.

Veo al mundo desde mi trono de tierra, lo rodea el mar y me resguardan los vientos que peinan mis dominios, parece decirme el piquero cuando lo veo de cerca protegiendo a sus crías. En esta bahía ellos luchan naturalmente, la mano humana no arremete con su venal furia ciega, todo se da de acuerdo a lo ya establecido, hay un tiempo para todo, hasta para morir, pero eso nunca llega de manera intencional, aquí domina la naturaleza, ella es la mano que mueve las fichas del tablero, y siempre ha sido así, por suerte.

Pude al fin divisar al rey de las alturas costeñas, así como el cóndor observa sus apus desde las alturas serranas, el pelícano agita sus grandes alas para atravesar sus dominios en la tierra. Los puedo ver tan cerca de mí, son enormes, ataviados con un pico que asemeja a una espada protectora. Sus tierras son las islas que decoran la bahía, su alimento lo que le ofrece el mar, su legado, la pureza natural que caracteriza la bahía.

Poderosa presencia que estremece los acantilados y al mar, ese mar que rodea tu castillo, que agita su piel de espuma contra tus muros protectores. Ser imperturbable, que lo ves todo en tu breve descanso de estatua, grandioso líder de la comarca, espectáculo de vida, plan del tiempo, para adormecer los arrebatos que de vez en cuando osa tener el impasible mar pacífico.

Ahora he bajado al mundo y respiro más tranquilo. Estoy a los pies del orbe, he sido aceptado por los espíritus flotantes de los antiguos reyes de la bahía, he recibido el llamado con nerviosismo, cada tanto me siento más cerca de ellos y a la vez tan lejano, tan extraño en estas tierras prohibidas, pero hoy he sido bendecido por la naturaleza, por un día me siento parte de algo real, sólido, y dejo atrás todo lo que me decepciona de la vida para disfrutar cada paso en esta arena cálida que me alborota los pasos y los sueños.

Vaya fiesta. Algo que nunca he visto ni pensé observar. Como si todo el mundo alado estuviera reunido frente a estas costas sagradas y benditas, disfrutando del festín llamado vida que es tan suyo como de nadie más. Lo veo y es increíble, tanta ala alborotada, tanto pico orgulloso, tanto que admirar y gozar al verlo. Lloro de felicidad por lo que no es mío, ni de nadie, pero lo disfruto a cambio de silencio y soledad.

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Parece ser un mundo perdido, un universo paralelo y alucinado en mis más espaciosos sueños en tiniebla. Doy un paso y me detengo una vida para admirar tanta armonía, tanta belleza animal. Me aturde el cuadro de plumas y picos, de agua dominando todo la bahía, de extensos territorios de roca húmeda, y pienso con toda certeza que en este lugar el tiempo nunca pasa, que el tiempo aquí es tan ajeno como lo soy yo y lo son todos los hombres que se aventuran a ingresar por un corto tiempo en él.

Mientras vago por ahí sin nada más que hacer que admirar y callar, un pequeño amiguito me sorprende con su andar bobo y ceremonioso, es sin duda el ser más simpático que he visto hasta hoy, siempre húmedo, como una roca gelatinosa, sus plumas blancas y negras pegadas al cuerpo por una capa de pegamento brillante, su cara de miedo y de bondad, se acerca a mí sin el menor reparo, nada teme y nada tiene que perder.

Es tarde. Siento que es hora de regresar y me alejo para no molestar a estos maravillosos seres. Un vuelo fugaz me despide dibujando indescifrables trazos entre el mar y el viento, me siento parte de todo esto, siento que al fin puedo considerarme privilegiado por el simple hecho de haber sido aceptado en un mundo tan diferente y hostil. Ahora podré agitar mis alas y diferenciarme del resto que me acompaña cada día en esa selva de cemento que me absorbe hasta hastiarme. Hasta dejarme agonizante.

Estaba un poco deprimido porque no había podido ver a los dioses negros que protegen a todos los habitantes de la bahía. Los leones que con sus rugidos alejan toda amenaza posible, los guardianes de las rocas y reyes del agua, hermosos seres marinos que se divierten a sus anchas en ese manto acuoso que es su reino, ya tranquilos, protegidos por voces invisibles que les devolvieron su hegemonía sobre este mundo delirante.

La muerte llega como la vida, de forma natural. Acá no hay forzamientos ni manos provocantes de miedo y dolor. Pero igual duele, aunque nadie la pueda ver actuar sobre la vida que abunda en la bahía, existe y su soplo adormece en el momento menos pensado, tal como ocurre en la ciudad, pero nada aquí es premeditado, ni siquiera la muerte. Pero igual duele, lo mismo duele.

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Los pobladores retornan hacia sus casas, siempre agradecidos con las bondades externas del mar y sus sagrados frutos escamosos. Una buena jornada la de hoy, para ellos que celebran con la tierra en una fiesta interior y silenciosa, y para mí que he sido participe por lo menos por un día, de algo que jamás creí ver en vida, ni en los sueños más extraños que haya tenido la suerte de soñar.

Viven en ciudades precarias, pero su tranquilidad la envidio en lo profundo. Pueden carecer de todo, pero tienen calor abundante, mar para siempre, comida, brazos después de la faena, ojos que los miran orgullosos y satisfechos, palabras primitivas pero directas. He pasado un día aquí y cambiaría todo por esta vida retirada de la vida que me apuñala, y a la que estoy totalmente acostumbrado, aunque estoy seguro que no sería difícil dejar atrás las vanas comodidades para cambiarlas por la paz bañada de silencio, la tranquilidad y un rumor lejano de quietud y arrogancia que hacen de este pueblo un verdadero palacio calado con falsa miseria.

Es hora de partir. La tarde empieza a declinar sobre el mar, su luz se agota para darle paso a la absoluta noche de estrellas e infinito. He aprendido que hay mundos dentro de este mundo, mundos que sólo se nos está permitido visitar esporádicamente, mas no habitarlos de manera abierta. Son pequeños paraísos que se ocultan detrás de los pensamientos que perdemos, pequeños detalles de buena vida dentro de un grito aciago de libertad.
Es hora de decir adiós, llego el momento de abandonar esta bahía que hoy me ha hecho otra persona, no sé lo que ocurrirá conmigo después de esta experiencia, quizá las cosas sigan igual, es lo más seguro, porque la ciudad tiene esa facultad de borrarte la memoria con su sola presencia gris, pero de algo si estoy seguro; nada de lo que he vivido este día podrá igualar lo que sobrevivo en la ciudad, o en otros viajes, no podré nunca más comparar la brusca naturalidad de esta bahía con la falsa idealización de paisajes construidos por el hombre.

Siembro por última vez mis pasos en esta arena que oscurece con las horas, admiro el cielo reventado de colores, líneas púrpuras que calcan cielos de otros mundos desconocidos, el cielo es un infinito de tonalidades y yo celebro, yo hago mutis para admirar esa noche que no es como ninguna, esta noche que me arremete con su salvaje belleza de colores mezclados y su inmensa falsa armonía.

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Las aguas de tornan de oro y las arenas asemejan hoyos profundos donde es fácil perderse al caminar. Es el espectáculo de la tarde, con su arrebatada sinfonía de viento y mareas agitadas, cierro los ojos y el viento me transporta al pasado, me siento cómodo, rodeado de sus antiguos habitantes, asistiendo a sus ceremonias tribales de agradecimiento a la vida por un día más de vida, y rogando por otro día y otro, aunque eso a mí me resulte imposible; si acaso logro algún día volver, ya no será como un simple viajante en busca de nuevas cosas que vivir, esa nueva etapa será de retorno a una tierra que hoy me aceptó como hijo de ella, como parte de eterna y real de ella.

Silencio fragoso el que me circunda abiertamente, lejana noche que viene a toda marcha por este cielo tan inmenso que precede a las tinieblas, largo camino hasta mi hogar, largas filas de arena y agua que recorrer y olvidar para volver a la realidad de mis días de cuchillo, de simple trabajador de oficina.
Pero esto no se olvida tan rápido, hay más memoria que la que borro diariamente, desde este día habrá un lugar prudente para este lugar, para esta bahía que me dio su mano de viento cálido, y he de volver agradecido.

Al fin me alejo del todo y vuelvo renovado. Admiro por última vez este paraje a tanta distancia del corazón de la ciudad y recuerdo un trozo de poema que el maestro Westphalen tuvo a bien obsequiarme con esa voz tan pura como profunda y noble, he de apuntarlo tal como está escrito en la mancha del destino que tiñe mis pupilas dilatadas, y con esto cierro el capítulo de este día, de este viaje que comparto con ustedes, queridos hombres, con la esperanza que alguna vez puedan pisar esta maravillosa bahía, la que los recibirá con los brazos amplios, con la boca abierta y con el corazón ardiendo.

"Ya nada me queda, para estar más seguro de alcanzarte
porque lleva prisa y tinieblas como la noche
la otra margen acaso no he de alcanzar,
ya que no tengo manos que se cojan
de lo que está acordado para el perecimiento
ni pies que pesen sobre tanto olvido
de huesos muertos y flores muertas
la otra margen acaso no he de alcanzar
si ya hemos leído la última hoja
y la música ha empezado a trenzar la luz en que has de caer
y los ríos te cierran el camino
y las flores te llevan en mi voz
rosa grande ya es hora de detenerte
el estío suena como un deshielo por los corazones
y las alboradas tiemblan como los árboles al despertarse
las salidas están guardadas
rosa grande ¿no has de caer?"


 
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