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Pliegos sueltos
La maldición de Van der Decken Pliegos sueltos |
| La maldición de Van der Decken |
| Alejandro Alcáfir. Madrid |
| 21 nov 2005 actualizado 17:31 CET :: Leído 673 veces |
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Son muchos los testigos que la refieren, unos más ilustres que otros, y en las más diversas formas. La versión, siempre incierta, depende en gran medida de si el relator es francés, alemán, holandés o inglés, y el nombre de nuestro insigne capitán, el nombre del holandés errante, varía también de una costa a otra.
El origen más remoto de esta leyenda se encuentra, sin duda, en el supersticioso bestiario de corsarios y piratas, cargado de mitos, fantasías y monstruos, de octópodos colosales, espíritus del mar y cantos de sirena. Y es en la violencia de las tormentas más furiosas, aquellas que arrastran a los más seguros navíos a las profundidades del océano, donde más de uno ha creído ver un merecido castigo divino a la arrogancia marinera. En mi narración, yo buscaré huir de las anuencias más románticas de Heinrich Heine – Die Memoiren der Herrn Von Schnabelewopski- y de las óperas de Richard Wagner; versiones que se adornan con jóvenes hechizadas por un retrato y de obstinada voluntad por redimir, aún con sus propias muertes, el destino del maldito capitán. Sin embargo, este tinte wagneriano puede acaso alejarse, de manera irreverente, del origen más profundo de esta historia. Es por eso que yo remitiré la leyenda así, tal y cómo la recibí, quizá en su expresión más popular, puede que la más antigua. Cuentan en las costas holandesas que allá por el siglo XVII existió un marino de infame reputación que se atrevió a desafiar a la Divina Providencia. Nadie duda hoy de su existencia. Su nombre, Hendrik Van der Decken, es menos fiable, quizá más literario. Tal vez fuera la envidia a tan hábil marinero, pero contaban de él que era un hombre alto, fuerte y tosco, de rostro fiero y sombrío, curtido por los años y las inclemencias del mar. Gozaba, eso sí es cierto, de muy pocos escrúpulos, y entre sus apetencias más recordadas, se encontraba la de infundir temor entre las tabernas y puertos que gustaba frecuentar, donde solía fanfarronear que era el mejor marino del lugar. Su nave, la más veloz de su tiempo, era también famosa en los puertos donde anclaba. Siempre enhiestas, sus velas parecían aclamar, con insolente soberbia, que no existía embate en el mar lo suficientemente bravo para poderlas quebrar. A Van der Decken le gustaba acometer las empresas más temerarias de cuantas le ofrecían por la siempre peligrosa ruta de las Indias Orientales. Y así, en 1680, aquél temido y admirado navío holandés, comandado por el más odiado de los capitanes, partió de Ámsterdam con dirección a Batavia, quebrando la festividad de Viernes Santo, en otro alegato más de su impía voluntad. Pero aquella travesía no resultó ser una más de cuantas presumiera Van der Decken. Tras las primeras noches en calma, a la altura del cabo de Buena Esperanza, una terrible tormenta sorprendió al bergantín en lo más recóndito del océano. Durante tres días con sus noches, los vientos, las olas y la furia del mar lucharon contra aquél diestro marinero en una aterradora pelea. Pero ninguna de las argucias del capitán consiguieron doblegar a los vientos del sudeste, que en una descontrolada zozobra empujaban a su barco como a una vulgar almadía hacia las enfiladas rocas de la costa. Incapaz de dominar aquél abrupto zarandeo, ciego de ira, Van der Decken se dirigió hacia la proa del navío desde donde empezó a proferir sacrílegos reniegos. Su tripulación, aterrada por la tormenta y la provocación de su capitán, le rogó que se detuviera en su empeño en desafiar al Todopoderoso. Él, más soberbio que nunca, rió entonces con descaro de la temerosa superstición de sus hombres. Dióse ávido la vuelta y, mirando de frente a la tormenta, lanzó una espantosa blasfemia que sonó rotunda por todos los mares y continuó, desafiante, al frente de su timón. Dicen que Dios le concedió una oportunidad para retractarse. Así, se abrió el negro cielo y bajó entonces una figura resplandeciente que se posó sobre la cubierta del barco, justo enfrente del capitán. De inmediato, la tripulación reconoció al ángel enviado por Dios y se arrodillaron, todos a la vez, agachando humildemente sus cabezas. Pero Van der Decken permaneció firme y con mirada fiera, sin respeto, sin miedo. Fue entonces que la figura le habló, y le recriminó su herejía, y le instó a arrodillarse, a pedir perdón y dar media vuelta. Pero, furioso, el capitán apuntó con su pistola a la figura y disparó con saña. Trepó después corriendo a lo alto del mástil más firme y, sobre el estruendo de la tempestad, profirió su potente juramento: ''¡Desafío al poder de Dios a detener el curso de mi destino, y ha de saber que ni el mismo diablo despertará mi temor, aunque tenga que surcar los mares hasta el fin de mis días ! '' El cielo tembló, y las olas cobraron más fuerza. Los rayos cayeron cercando el mástil desde dónde el infame holandés profirió su juramento. Y fue así que la figura habló por segunda vez, solemne, con arcanas palabras, y dirigiendo su dedo a Van der Decken le dijo: ''¡Vagarás sin cesar por todas las latitudes, y nunca hallarás reposo ni buen tiempo. Se te considerará un diablo del mar, y la sola visión de tu barco traerá la desgracia a quien lo vea. Será así hasta que las trompetas de Dios rasguen los cielos!'' Es desde entonces que el holandés navega sin rumbo ni consuelo por los mares. Dicen que su tripulación se salvó por su piedad, pero aquí se confunden las versiones. Acaso sea por la imaginación -o por el miedo- popular, pero no faltan los que juran, aún hoy, haberlo visto. Refieren que es en las más perdidas aguas del océano, en muy diversas latitudes, cuando una niebla intensa sorprende al más sabio marinero. Aparece entonces un navío antiguo con las velas henchidas, veloz, aún cuando no sopla el viento. Su quilla no roza el mar, y sobre la proa un capitán vestido con un antiguo uniforme mira fijamente al horizonte. Tras él, tres sombrías figuras de largas barbas le acompañan, vestidas con grises túnicas que se confunden con la niebla. Sus miradas, infunden pavor entre los marineros. Y es entonces cuando hasta el más valiente de los hombres retira su vista para no verse arrastrado por la maldición del holandés errante. |

