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Pliegos sueltos
Haikus: pequeñas flores, intenso perfume
Pilar Fernández Rodriguez   
13 oct 2005 actualizado 21:42 CET :: Leído 1089 veces
Haiku
Haiku
Dice el poeta Saryu: “Sin pincel / el sauce pinta el viento”. Aquí este autor describe el viento, que, por su propia esencia, no puede ser visto, a través de su acción en los árboles. Vemos, literalmente, el viento en los sauces.


Éste es uno de los muchos ejemplos que podemos poner de un haiku típicamente japonés, el haiku clásico Zen que data del siglo XV y que fue perfeccionado a lo largo de los tiempos, hasta llegar a formar parte de la lírica occidental y contemporánea como una de las estrofas más apreciadas y cultivadas por los más variados poetas en todo el mundo.


Haiku
Haiku
Como el perfume, el haiku se vende en “frascos chicos”, según reza el dicho popular. Se trata de un poema muy breve, el más pequeño del mundo, que casi siempre tiene sólo diecisiete sílabas, distribuidas en tres versos de 5-7-5 o en dos de 7-7, y que sólo admite pequeños y sutiles matices. Lo que caracteriza al haiku, y lo distingue de otras formas poéticas, es su contenido. En él se trata de describir, de forma brevísima, una escena, visto o imaginada.


En el haiku clásico se hace alguna referencia a las estaciones del año. Si bien existen algunos poemas en los que no existen estas referencias. La primavera se identifica con la floración de los ciruelos, cerezos, sauces, con el canto de las aves y la aparición de las flores. El verano traía consigo el canto de los insectos, las lluvias, las tormentas, la siembra. El otoño eran los patos mandarines, las garzas, las noches largas o la cosecha de arroz y, por último, el invierno venía acompañado de la nieve, la niebla, en viento y los campos vacíos.

Haiku
Haiku
“Haiku es, simplemente, lo que está sucediendo en este lugar y en este momento”, así definía esta estrofa el gran poema Matsuo Basho, verdadero maestro del género, quién lo elevó a las más altas cumbres de la expresión literaria, a través de su formato más austero (5-7-5). El autor, que vivió en el siglo XVII, fue hijo de un samurai y, en su madurez, se hizo monje budista, plasmó en sus versos la vivencia espiritual de sus viajes a través de descripciones de la naturaleza y los paisajes que capturaba como estilizadas acuarelas. Invocando la conciencia del presente, el autor alcanza las verdades más elevadas. Así, dentro de su filosofía zen, pretende transmitirnos con sus poemas “lo inmutable en medio del fluir, la eternidad del instante.


Grandes cultivadores del género fueron Buson, Issa, Chiyo-Ni, Shiki, Moritake o Soseki, entre otros.

A continuación les ofrecemos una selección de haikus clásicos zen acompañados al final de unos breves comentarios.

Siete Haikus Zen

Primer Haiku

“Rompo mi ayuno
con la flor de la mañana”

Basho

Segundo Haiku

“Mi jardinero
convertido en sirviente
de crisantemos”

Buson


Tercer Haiku

“Rocío puro la mañana
sin utilidad para este mundo”

Issa

Cuarto Haiku

“Sin mi viaje
 y sin la primavera
 me habría perdido este amanecer”

Shiki


Quinto Haiku

“Mi cazador de libélulas
¿Hasta donde se me habrían extraviado hoy?”

Chiyo-Ni

Sexto Haiku

“Hojas, preguntádle al viento
cual de vosotras será la primera en caer?”

Soseki

Séptimo Haiku

“Una flor caída
regresa volando a su rama.
¡Una mariposa!”

Moritake


Breves comentarios de los siete haikus
Haiku
Haiku
En el primer poema, Basho, el gran maestro del haiku, hace referencia a las flores de la Ipomea, muy populares en Japón, que se abren por la mañana temprano y se cierran al mediodía. El verso tiene un doble significado: la belleza de la mañana y de la flor de la Ipomea. Tan breve composición, sin embargo, encierra un mensaje: hay que desterrar la pereza y la gula, levantarse temprano para apreciar el esplendor de la mañana y comer con frugalidad.

El segundo Haiku es de Buson Este poeta vivió en el Japón del siglo XVIII. En sus versos canta la belleza incluso de las cosas más insignificantes. En este haiku nos habla de que merece la pena entregarse, a tiempo completo, a la tarea de la creación de algo bello, como cultivar crisantemos. Conviene aclarar que en el país nipón estas flores son el símbolo de la felicidad, al contrario de lo que sucede en España, donde se asocian con el Día de los Difuntos.

Issa también vivió en el siglo XVIII y fue hijo de un granjero, por eso destaca por su estilo natural, muy cercano a las labores del campo y a la tierra. Sus haikus tienen la profundidad y la sencillez del alma campesina. En este caso nos plantea la pureza del rocío de la mañana, que durará poco y se derretirá con la luz del sol, recodándonos que no todo es utilitario, ni está para nuestro beneficio material.

Haiku
Haiku
Shiki, nació en el siglo XIX y fue samurai. En sus versos se narran las experiencias de su agitada vida, llena de viajes y aventuras. En estos versos no se nos dice nada que haga suponer que este amanecer sea especialmente maravilloso, sin embargo, nos invade un sentimiento de melancolía. El poeta parece decir ¿Cuántos otros amaneceres me he perdido?

Chiyo-Ni es una mujer japonesa que nace en el siglo XVIII y es considerada la mejor compositora de haikus del sexo femenino. Se casó muy joven, a las diecinueve años, y quedó viuda a los veintisiete. Un año después, perdió a su único hijo Éste es su haiku más conocido, en el que rememora al niño perdido, su cazador de libélulas. La madre todavía siente nostalgia el tiempo en el que el pequeño se perdía y tenía que ir a buscarle. Las libélulas, además, con sus cortos vuelos, de flor en flor, sugieren la corta vida del hijo.

Soseki vivió en el siglo XIX y fue famoso por ser un gran poeta y anglófilo. Este haiku está escrito en su lecho de enfermo, cuando el autor cree que va a morir pronto. En la tradición poética japonesa los ancianos que están a punto de fallecer son asimilados a las hojas del otoño que caen, bella metáfora de la finitud.

Moritake, por último, fue el más antiguo de los autores que hemos seleccionado. Su vida y obra nos retrotraen al siglo XV, cuando aún el haiku no había vivido su época dorada (el siglo XVII y Basho) con lo que se le puede considerar un auténtico precursor. Fue, además de cultivador de la poesía sacerdote en los santuarios del gran Ise. En este poema confunde una flor con una mariposa. El poeta reflexiona acerca de que nada es lo que parece. La flor que cae puede morir, pero la mariposa, símbolo de renacimiento, nos lleva de la primavera al verano.

Como ven, hay mucho más detrás de un haiku de lo que podemos sospechar con una simple y rápida lectura. Todo un mundo de belleza y profunda filosofía budista por descubrir que ha atraído a los más relevantes poetas occidentales. Recordemos, por citar algunos, al uruguayo Mario Benedetti o el portugués Eugenio de Andrade. Un jardín de pequeñas flores de intenso perfume que les invitamos recorrer.



 
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