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Pliegos sueltos
Fragmentos del paraíso roto. (“Historias Naturales” de Jules Renard)
Pilar Fernández Rodríguez   
13 dic 2005 actualizado 23:20 CET :: Leído 822 veces
julesrenard
El escritor francés Jules Renard vivió entre finales del siglo XIX y principios del XX. Su existencia estuvo desde pequeño muy ligada a la vida rural, ya que su padre procedía de la comarca de Nièvre, concretamente de los dos pequeños pueblos gemelos Chitry y Chaumont a ambos lados del río Yonne. Su vida transcurrió entre largas temporadas en la campiña francesa, en pleno contacto con los animales y la naturaleza, y otros períodos de tiempo en París, alternando con la bohemia que reunía a talentos literarios como Verlaine, André Gide o Pierre Loti. Y conociendo a otros ilustres personajes del arte y la escena como Auguste Rodin, Henri de Toulouse-Lautrec, Sarah Bernhardt o Maurice Ravel.

Renard se dedicó profesionalmente al periodismo y fue el fundador del prestigioso diario “El Mercurio de Francia”. Aunque lo más significativo de su obra es la prosa narrativa que escribió, no exenta de poesía, en la que transcribe sus experiencias de infancia y adolescencia, así como la observación de los ambientes de la vida rural y humana que conocía bien, recreada con un estilo naturalista a la vez que simbolista, ambos considerados vanguardia en su tiempo. Entre sus libros más conocidos destacan  “Crimen de Pueblo”, “Pelirrojo” y el texto que comentaremos hoy sus famosas ”Historias Naturales”.

“El paraíso no está en la tierra”-afirmaba Renard- “pero hay fragmentos. En la tierra hay un paraíso roto”. Las “Historias Naturales” son fragmentos de ese paraíso roto. Pero no hay ningún tipo de nostalgia del Edén perdido, tampoco se trata de fábulas en las que se utiliza a los animales con un fin moralizante, ni de cuentos de animales en un sentido tradicional. Renard es muy moderno en sus planteamientos. “Historias Naturales” es un libro formado por breves capítulos en los que se nos cuentan relatos protagonizados por animales que son a modo de estampas realistas, pero impregnadas de un hondo lirismo. Su mirada está exenta de juicio sobre los hechos que nos refiere, ofrece una visión panteísta del mundo con un lenguaje sencillo y claro, transparente, aunque también poblado de enigmas y silencios de donde surgen brumas secretas.

“El Cazador de Imágenes”, publicado por separado el 1895, antes de la aparición del libro, da sentido al resto de las historias. Aquí está la clave, su actitud paciente ante la naturaleza, a la espera del instante en que la vida se deje ver, “como una liebre color tierra entre los surcos”. Es una modalidad diferente de caza, más ecológica y moderna: la caza de las imágenes, en su doble sentido de visión y metáfora. Una caza en la que debemos saber esperar a ver, en una repentina iluminación, el gran escenario del mundo.

El libro tuvo un gran éxito en Francia. Fue editado por primera vez en 1899 con 22 ilustraciones de Toulouse- Lautrec y el gran músico Maurice Ravel, entusiasmado con el tema e inspirándose en algunos de sus capítulos, no pudo evitar componer varias piezas para canto que escucharemos como fondo de los relatos. En 1909 fue reeditada la obra en vida del autor para añadirle varios capítulos más.

El tiempo le ha sentado bien al libro  de Jules Renard y nos da la sensación de que no ha pasado sobre sus páginas y que éstas han sido escritas ayer mismo. Más de un siglo no ha empañado un ápice de su frescura. Sus relatos son como los haikus del genial Basho o algunos epitafios latinos que nos invitan a brindar por las palabras eternas.

 
Algunas “Historias Naturales”
 

El Cazador de Imágenes

Salta de su cama de buena mañana y sólo parte de su mente está clara, su corazón puro y su cuerpo ligero cual prenda estival. No lleva consigo provisión alguna. Beberá aire fresco por el camino y aspirará los olores saludables. Los ojos le sirven de red en la que caen presas las imágenes.
La primera que cautiva es la del camino que muestra sus huesos, guijarros pulidos, y sus rodadas, venas hendidas, entre dos setos ricos en moras y endrinas.
Apresa seguidamente la imagen del río. Blanquea en los recodos y duerme acariciado por los sauces. Espejea cuando un pez se da la vuelta sobre su vientre, como si alguien hubiera lanzado una moneda, y en cuanto llovizna se le pone carne de gallina.

Atrapa la imagen de los trigales móviles, de la apetitosa alfalfa y de los prados bordeados de riachuelos. Y al vuelo caza el aleteo de una golondrina o de un jilguero.

Se adentra en el bosque. Él mismo ignoraba que poseyera tan delicados sentidos. Al cabo de poco, impregnado de perfumes, no se le escapa ningún rumor, por sordo que éste sea, y para comunicarse con los árboles sus nervios se enzarzan con las nervaduras de las hojas.

Pronto se siente tan vibrante que le parece que perderá el sentido, percibe demasiado, fermenta, tiene miedo, abandona el bosque y sigue a distancia a los leñadores que regresan al pueblo.

Fuera contempla durante un instante, hasta que le estalla el ojo, el sol que al ponerse se desprende de sus luminosos ropajes sobre el horizonte y esparce nubes aquí y allá.

Finalmente, de nuevo en su casa, con la cabeza repleta, apaga la luz y antes de dormirse se recrea contando sus imágenes durante un buen rato.

Renace dóciles a merced del recuerdo. Cada una de ellas despierta a otra y las recién llegadas hacen que aumente sin cesar ese tropel fosforescente, al igual que las perdices perseguidas y divididas durante todo el día cantan al atardecer, al abrigo del peligro, y se llaman las unas a las otras desde los surcos.

El Cisne
 
cisne1
Se desliza sobre el estanque cual trineo blanco, de nube en nube. Sólo esas nubes algodonosas que ve nacer, moverse y perderse en el agua le despiertan el apetito. Desea una de ellas. Apunta con el pico y sumerge repentinamente su cuello vestido de nieve.

Luego, cual brazo femenino que saliera de una manga, se retira. No tiene nada.

Observa: las asustadas nubes han desaparecido.

Sólo permanece desconcertado durante un instante, pues poco tardan las nubes en regresar, y allá, donde mueren las oscilaciones del agua, ya puede verse cómo se forma una.

Sosegadamente, sobre su ligero cojín de plumas, el cisne rema y se aproxima...

Se extenúa pescando vanos reflejos y seguramente morirá, víctima de tal ilusión, antes de que pueda atrapar un retazo de nube.

¿Qué estoy diciendo?

Cada vez que se sumerge, rebusca con el pico en el lodo nutritivo y consigue un gusano.

Se está cebando como una oca.
 

La Cabra

cabra
Nadie lee la hoja del diario oficial expuesta en el muro del ayuntamiento.
Sí, la cabra.
Se alza sobre sus patas traseras, apoya las delanteras en la parte inferior del cartel, remueve los cuernos y la barbilla, y agita la cabeza de derecha a izquierda, como si fuera una vieja que leyera.

Una vez acabada la lectura, y puesto que el papel desprende el agradable olor de la cola fresca, la cabra se lo come.
Nada se desperdicia en el pueblo.


El Grillo

grillo
Es la hora en la que, cansado de vagabundear, el insecto negro vuelve de paseo y arregla con cuidado el desorden de su terreno.

En primer lugar rastrilla sus caminillos de arena.

Fabrica serrín y lo esparce en el umbral de su morada.

Lima la raíz de esa hierba grande que le molesta.

Descansa.

Luego da cuerda a su minúsculo reloj.

¿Ya se ha agotado? ¿Está estropeado? Descansa un poco más.

Entra en su casa y cierra la puerta.

Durante un buen rato hace girar la llave en la delicada cerradura.

Y escucha:

Fuera todo está en calma.

Pero no se siente seguro.

Y por una cadenilla cuya polea chirría desciende hasta el fondo de la tierra.

Ya no se oye nada.

En el campo enmudecido, los álamos se alzan como dedos en el aire y señalan a la luna.

El Ciervo

ciervo
Yo entraba en el bosque por el camino al mismo tiempo que él llegaba por el otro extremo.
Al principio creí que se trataba de un extraño que avanzaba con una planta sobre su cabeza.
Luego distinguí el arbolillo enano, de ramas separadas y sin hojas.
Al fin apareció nítidamente el ciervo y ambos nos detuvimos.

Le dije:

-Acércate. No temas nada. Si llevo escopeta es por compostura, para imitar a esos hombres que se toman en serio a ellos mismos. No la utilizo jamás e incluso dejo los cartuchos en un cajón. El ciervo escuchaba y olisqueaba mis palabras. En cuanto me hube callado, ya no dudó más: sus patas se removieron como los tallos que un soplo de aire cruza y entrecruza. Huyó.

- ¡Qué lástima! -le grité-. Ya estaba soñando que  continuaríamos nuestro camino juntos. Yo te ofrecería con mi mano las hierbas que más te gustan y tú, a paso de marcha, llevarías mi escopeta recostada en tu ramaje.

 
 
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