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Pliegos sueltos
Emily Dickinson, la mística de lo cotidiano
Pilar Fernádez   
07 feb 2006 actualizado 21:11 CET :: Leído 687 veces
Emily Dickinson
Emily Dickinson

Nació y vivió en el siglo XIX, pero su poesía es considerada por muchos como precursora de la lírica contemporánea. Sus poemas apenas tienen referencias ambientales y se acercan a lo que en el siglo XX se ha dado en llamar “Poesía Pura”. Emily Dickinson es catalogada hoy en día como una de las mejores poetisas de todos los tiempos y una cumbre de la literatura norteamericana.

Contemporánea de Walt Witman, Edgar Allan Poe o Marx Twain, nuestra autora nació en la pequeña localidad de Amherst, Massachusset, EEUU, el 10 de diciembre de 1830. Tuvo dos hermanos. Austin, el varón de la familia un año mayor que ella y Lavinia, a la que llamaban cariñosamente Vinnie, tres años menor. Su padre era muy autoritario y severo y ejerció una gran influencia en la educación puritana de nuestra autora. La personalidad de su madre no fue, sin embargo, tan decisiva en su formación.

Nos la pintan como una adolescente normal a la que le gustaban las grandes caminatas y los paseos a caballo, que participaba en las fiestas y en los bailes de sociedad. Gran lectora y enamorada de las hermanas Bronte, Emily Dickinson han pasado a la historia de la poesía como un auténtico mito literario. Se la conoce con apelativos como “la dama de blanco”, debido a que, en la última etapa de su vida, se recluyó en casa e iba siempre vestida de ese color, “la monja”, “la poeta reclusa” o “la loca de Amherst”.

Algunos de sus biógrafos la describen como un ser solitario, ya que nunca llegó a casarse y vivió siempre con su familia. La ven como una niña-mujer extremadamente tímida, frágil y etérea, encerrada en su cuarto y escribiendo febrilmente día y noche, ajena al mundo y a todo lo que no fueran sus extraños y, a la vez, deslumbrantes versos. Otros, en cambio, nos la descubren como una mujer rebelde y excéntrica, con una imaginación extraordinaria y gran capacidad de observación de la naturaleza, cuya obra ha pasado a la historia de la literatura como uno de los misterios más difíciles de descifrar.

Hay quienes aseguran que todo, su poesía y su reclusión, fueron fruto de un amor no correspondido e imposible hacia un hombre casado, en concreto el reverendo Chahles Wadsworth. Otros aseguran que, en realidad, sostuvo toda su vida una relación lésbica con Sue Gilbert, posteriormente Sue Dickinson, la esposa de su propio hermano Austin. Se sabe que tuvo, al menor ,un amor compartido, el que vivió, ya en su edad madura, con el juez Otis Lord, compañero y amigo de su padre, que se quedó viudo y con quien planificaba casarse, pero los planes de matrimonio se truncaron con la muerte repentina del pretendiente.

Nuestra autora viajó poco y residió casi toda su vida en su localidad natal y en la casa paterna, falleciendo en 1886 de una enfermedad renal crónica, pero mortal. Yace en la tumba familiar del cementerio de Amherst, en un lugar sencillo donde, a veces, la gente se acerca a depositar flores, pero, nadie podría suponer que allí se hallan los restos de una de las mejores poetas de América.

Dickinson no publicó nada en vida, porque sus versos magnéticos y desconcertantes, fueron incomprendidos por sus contemporáneos. Se adelantó a su tiempo. Un par de meses después de su muerte, su hermana menor, Lavinia, encontró en un cajón de su mesa de despacho, 2000 poemas firmados poe Emily y cuidadosamente atados en fascículos, a modo de libros. Vinnie se marcó, como el objetivo primordial de los años que le quedaban de vida, la publicación de estas obras. Y, después de muchas vicisitudes, lo logró. Así han llegado a nosotros, los lectores de la auténtica poesía.

Los poemas de Emily Dickinson tienen la cualidad de sonar a oídos del lector como recién creados. Nos sitúa en el umbral del canto y nos invita, a través de sus textos fragmentarios y como inacabados, a completar nosotros la ruta que nos marca con su pluma. En su lírica no hay elementos superfluos o retóricos, el poema se asienta sobre una o dos palabras que le dan todo su contenido. Además, los espacios en blanco y las sugerencias tienen tanto valor en sus escritos como los elementos explícitos.

El conocimiento de la naturaleza es para la escritora un ente abstracto tan importante como Dios o como el amor. Pero, lo interesante de sus obras es que no necesita recurrir a las grandes palabras abstractas para crear su metafísica particular: una brizna de hierba, un grillo, una flor, un pájaro, puede ser el pretexto cotidiano sobre el que edificar esa especie de mística doméstica que es su poesía.

Veamos, a continuación, algunos ejemplos:

Poemas de Emily Dickinson


Amplio haced este lecho.
Preparad este lecho con espanto
y en él esperaréis hasta que llegue el día de El Juicio,
bueno y claro. 

Recto colchón ponedle,
que redonda la almohada sea
y que el ruido amarillo del sol naciente nunca,
nunca turbe esta tierra.

No te acerques mucho a la casa de la Rosa.
El mero estrago de una brisa
o la inundación del rocío
le estraga las paredes.
 
Ni trates de atrapar la mariposa,
Ni de trepar por los barrotes el Éxtasis,
Yacer en la inseguridad
Es la segura calidad del júbilo.

Mi vida se cerró dos veces antes de su término,
aunque queda por ver
si la Inmortalidad desvela
un tercer acontecimiento para mí
tan enorme, tan imposible de concebir,
como los que dos veces sucedieron.
La Despedida es todo lo que sabemos del cielo
y todo lo que necesitamos del infierno.

 
La mañana es de todos,
de algunos es la noche
y sólo de unos pocos elegidos
es la luz de la Aurora.

 Para que haya pradera se necesita un trébol y una abeja,
Un trébol, una abeja
y el ensueño.
Con el ensueño bastará
si las abejas escasean.
Dios hizo una genciana pequeñita
que trató de ser rosa,
mas no pudo,
y se rió el verano.

Pero, justo antes de las nieves,
floreció una criatura púrpura
y embriagó la colina.
Entonces, el estío sintió vergüenza
Y cesó su burla.
 
Era su condición la escarcha.
Asomó la cabeza
y  preguntó indecisa:
Ahora, Creador ¿Florezco?
 
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