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Pliegos sueltos
Cesare Pavese o el oficio de poeta
Pilar Fernández Rodríguez   
06 mar 2006 actualizado 17:33 CET :: Leído 920 veces
Cesare Pavese
Cesare Pavese
Aunque también fue un notable narrador, la poesía es una obsesión contante en la vida del autor de “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Una de las voces líricas más representativas de la literatura italiana del siglo XX y de toda la Poesía Europea. Su diario, “El Oficio de vivir”, dedica muchas de sus páginas a “el oficio de poeta”, así como algunos de sus ensayos.

Nacido bajo el signo de Virgo, el 9 de septiembre de 1908 en la localidad de Santo Stefano Belbo en la región del Piamonte, estudia en la Universidad de Turín y se doctora en Letras en 1930 con una tesis sobre Walt Witman, la gran voz de la nueva poesía Norteamericana. Fue notable su labor como traductor al italiano de autores en lengua inglesa como Melville o Joyce.
 
En 1933 participa en la fundación de la Editorial Einaudi. Al año siguiente fue confinado en una cárcel de Calabria, acusado de actividades contra el gobierno fascista de Benito Mussolini. Quienes le denunciaron no presentaban pruebas, por lo que salió ante de cumplir un año de reclusión. Publica en 1936, en la misma editorial que ayudo a crear, su primera obra poética “Laborare stanca” (Trabajar cansa). Este libro supuso una reacción contra el hermetismo imperante entonces en Italia: el propósito de Pavese fue el de crear una poesía narrativa, profundamente humana y exaltadora de la realidad.

Nuestro autor fue un incomprendido en su época. Más adelante la poesía italiana revalorizó a Cesare Pavese y valoró como merece su intento. Así los integrantes del vanguardista “Grupo 63” tuvieron en cuenta y retomaron sus postulados. Se puede definir su obra como “secuencias narrativas versificadas” en las que el autor adaptó su estilo al proceso discursivo natural de los personajes de la calle. El vocablo y el razonamiento se acercan al de los personajes humildes que protagonizan sus poesía-relatos. Empleó para ello, sin perder la belleza poética, un lenguaje cotidiano, a veces, dialectal, lo que supuso una pequeña revolución en la poesía de entonces.

Una vida sentimental desdichada, de aventuras fugaces y amores no correspondidos, le inclinó a una existencia llena de desolación y pesimismo, pero volcó todo eso en su literatura. Surgió así una rica obra tanto lírica, como narrativa y el reconocimiento literario le llegó con el premio Strega en 1950. Entre sus libros destacan “Vendrá la Muerte y tendrá tus ojos”, “Feria de Agosto” “El Camarada”, “Diálogos con Leuco”, “Antes que el gallo cante” o “el diablo en la colina”. De todas ellas la más conocida y traducida son sus diarios “El Oficio de Vivir” que aparecieron después de su muerte.

Pavese llevó una vida solitaria. Siempre vivió con su hermana María: primero en Turín, y luego en Roma y Milán. El 26 de agosto de 1950, tras un nuevo desengaño amoroso que motivó su vuelta a la poesía, puso fin a su vida en un hotel turinés. Ocho días antes había finalizado su famoso diario con la frase: ”Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más.”

Ahora les ofrecemos una selección de los poemas de Cesare Pavese, en versión al castellano de Horacio Armani, extraídos de “Poesía Italiana contemporánea” de Litoral / Ediciones Unesco.
 

Poemas de Cesare Pavese

 
Paisaje VI

Éste es el día en que suben las nieblas desde el río
en la hermosa ciudad, entre prados y colinas
y la borran como un recuerdo. Los vapores confunden
cada verde, pero aún las mujeres de encendidos colores
caminan por allí. Andan en la blanca penumbra
sonrientes: en la calle puede ocurrir de todo.
Puede ocurrir que el aire embriague.
 
La mañana

se habrá abierto ampliamente en un ancho silencio
atenuando las voces. Incluso el pordiosero,
que no tiene ni casa ni ciudad, lo habrá aspirado
como aspira en ayunas su vasito de grapa.

Vale la pena tener hambre o haber sido engañado
por la boca más dulces, si se sale a ese cielo
y el aliento reencuentra los recuerdos más leves.

Cada calle, cada arista sencilla de las casas,
en la niebla conserva un antiguo temblor:
quien lo siente no puede abandonarse. No puede abandonar
su tranquila ebriedad integrada por cosas
de la grávida vida, descubiertas al paso
de una casa o de un árbol, de un pensamiento súbito.

Aun los grandes caballos que pudieran cruzar,
en la niebla del alba hablarán de ese tiempo.

O tal vez un muchacho que escapó de su casa
regresa hoy justamente, hoy que sube la niebla
sobre el río, y olvida su existencia,
el hambre, las miserias y la fe traicionada,
para quedarse en una esquina, bebiendo la mañana.
Volver vale la pena, aunque se haya cambiado.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana hasta la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito callado, un silencio.

Así los ves cada mañana
cuando te inclinas solitaria sobre ti
ante el espejo. Oh querida esperanza,
ese día sabremos también nosotros
que eres la vida y eres la nada.

Para todos la muerte tiene una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como contemplar en el espejo
resurgir un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Bajaremos al remolino silenciosos.

La Noche

También la noche se te parece,
la noche remota que llora
muda, dentro del corazón profundo,
y para las estrellas cansadas.

Una mejilla toca una mejilla
-es un estremecimiento frío, alguien
se debate y te implora, solo,
extraviado en ti misma, en tu fiebre.

La noche sufre y anhela el alba,
pobre corazón sobresaltado.
Oh rostro cerrado, oscura angustia,
fiebre que entristeces las estrellas,
hay quién aguarda el alba como tú
escrutando en silencio tu rostro.

Estás extendida bajo la noche
como un cerrado horizonte muerto.
Pobre corazón sobresaltado,
Un día lejano eras el alba.


La Casa

El hombre solo escucha la voz calma
con entornados párpados, como si un hálito
le soplara en el rostro, un respirar amigo
que remonta, increíble, desde el tiempo ya ido.

El hombre solitario oye la voz antigua
que sus padres escucharon antaño, clara
y absurda, una voz que, como el verde
de estanques y colinas, se oscurece al crepúsculo.

El hombre solo conoce una voz de sombra,
acariciante, que brota en tonos calmos
de un manantial oculto: la bebe absorto
con los párpados bajos, como si no estuviera al lado.
 
Es esa voz que un día ha detenido al padre
de su padre, a cada ser de la sangre muerta.
Una voz de mujer que resuena secreta
sobre el umbral de casa, cuando cae la sombra.
 
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