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Catulo, el poeta del desamor Pliegos sueltos |
| Catulo, el poeta del desamor |
| Pilar Fernández Rodriguez |
| 26 ene 2006 actualizado 16:25 CET :: Leído 899 veces |
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Es considerado uno de los mejores poetas latinos, tanto por su poesía amorosa, como por sus epigramas satíricos. Algunos lo definen, junto con Lucrecio, como el mejor poeta de los tiempos de Cicerón. Hasta Virgilio recibió en la primera época de su vida, la influencia literaria de Catulo y fue uno de los modelos de Marcial y Ausonio.
Catulo nació en Verona hacia el año 82 antes de Cristo y moriría treinta años después, aproximadamente en el 52. Parece que su región se sentía orgullosa de haber sido la cuna de tan gran poeta y, de ahí en adelante Catulo es conocido como el veronés, al igual que Virgilio es el poeta de Mantua. De familia aristocrática, se trasladó, siendo aún muy joven, a Roma donde llevó una vida regalada dentro de la brillante sociedad de entonces, pero volvía de cuando a cuando a la casa paterna para que la naturaleza le librara de las fatigas y los sinsabores de la gran urbe. Su linaje y su refinado gusto por la literatura le abrió todas las puertas. Pero la vida, la poesía y el destino de Catulo están indisolublemente ligados a la figura de su musa, a la él denominó Lesbia, cuyo verdadero nombre era Clodia. Con ella vivió una historia de amor y desamor que se convertiría en el acontecimiento más importante de su vida. Provablemente se conocieron ya en Verona, pero su pasión se desató bajo la influencia del maravilloso y corrompido ambiente de la capital. Clodia era una dama romana, mayor que él y casada con el gobernador de la Galia Cisalpina Metelo Céler. Era célebre por su belleza, los fastos de su casa, su cultura y su promiscuidad. Catulo la llamaba Lesbia en sus poemas como un homenaje a la gran poeta Safo de Lesbos, de cuya obra ambos eran grandes admiradores. Pero también alude, según los estudiosos, a la célebre belleza y refinamiento de las mujeres de la isla. Apuleyo es quién nos da la clave al afirmar en uno de sus textos que Lesbia era, en realidad, Clodia. Al lado de esta mujer el poeta vive todos los matices del sentimiento amoroso. Durante unos años retoza feliz en su pasión correspondida, pero pronto, tan voluble mujer, se cansa de él y comienza el calvario del poeta. Catulo soportó, al principio, las infidelidades de su amante, pero reservó sus más duros epigramas para sus rivales en el lecho de Clodia. Los versos van de la ternura y la admiración hacia Lesbia, hasta el odio, en el célebre poema “odio y amo”, hasta la queja, la desesperación, la debilidad o la aceptación de la indignidad y el envilecimiento. Por fin, llega la ruptura definitiva que destroza el corazón del poeta. El resto de los temas, las historias en las que sus amigos y enemigos tienen un cierto protagonismo, los retratos de la sociedad romana de su época, con sus lujos y también con sus miserias o los temas narrativos y elegíacos, sólo ocuparon una mínima parte del tiempo de nuestro autor que ha pasado a la historia de la literatura por la belleza y autenticidad de sus composiciones a Lesbia. Heredero de Safo, Arquíloco y Anacreonte, los versos de Catulo funden la inspiración de tan ilustres maestros con la sinceridad de sus sentimientos para reunir la fuerza inmediata de la verdadera poesía. Todo lo que toca, hombres, mujeres, paisajes, animales, los dioses, las cosas cotidianas, se funden, en el alma impetuosa del autor, y se convierten en versos inmortales. El lirismo de Catulo nos ofrece un sabor único, tanto por ser un estallido de irrefrenable juventud como por su rara mezcla romántica de violencia y alegría creadora, de suavidad y rudeza. Es en todo extremado, así en el elogio como en el agravio y, lo mejor de todo, no deja de ser nunca sincero. Les invitamos a adentrarse en el universo de la poesía de Catulo. Poemas de Catulo Poema dos Pájaro, delicias de mi amada, con quién ella se complace en jugar, a quién tiene en su regazo, a quién ofrece, al pedírselo, la punta del dedo, provocando sus agudos mordiscos, cuando mi radiante amor gusta de entregarse a no sé que agradables solaces que alivien un tanto su tortura, a fin de calmar, sin duda, mi rigurosa pasión. Ojalá pudiera, como ella, jugar contigo Y disipar las tristes cuitas de mi corazón. Poema Tres Llorad, oh Venus y Amores y todos vosotros, hombres sensibles a la belleza. Ha muerto el pájaro de mi amada, el pájaro, delicias de mi amada, a quién ella quería más que a sus pupilas. Pues era dulce como la miel y conocía a su dueña como una muchacha a su misma madre; no se alejaba de su regazo, sino que, retozando de acá para allá, sólo a su dueña sin cesar piaba. Y ahora va por el sendero tenebroso hacia allá de donde dicen que no vuelve nadie. Mas vosotras, malditas seáis, crueles tinieblas del Orco, que devoráis todas las cosas bellas. ¡ Era tan bonito el pájaro que me arrebatasteis! ¡Qué desdicha, oh pobre pajarillo! Por ti, ahora, los ojos de mi amada están hinchados y llenos de lágrimas. Poema Cinco Vivamos, Lesbia mía, amémonos y no nos importen un as todas las habladurías de los severos ancianos. Los soles pueden declinar y reaparecer. Nosotros, apenas haya declinado nuestra breve llama, tendremos que dormir una sola noche perdurable. Dame mil besos, luego ciento, luego otros mil, luego cien más, luego otros mil todavía, luego ciento. Después, cuando hayamos sumado muchos miles, embrollaremos la cuenta para no saberla o para que ningún envidioso pueda aojarnos cuando sepa que fueron tantos nuestros besos. Poema Ocho Mísero Catulo, deja de hacer locuras, y lo que ves que se perdió, dalo por perdido. Brillaron en otro tiempo para ti luminosos días, cuando corrías allí donde te llamaba una muchacha querida por nosotros como ninguna otra jamás querida. En aquel tiempo no había sino alegres solaces; todo lo que tú querías, no lo rehusaba tu amada. Brillaron, sí, para ti luminosos días. Desde hoy ella ya no quiere; también tú, débil corazón, deja de querer. No persigas a la que huye, no te amargues la vida, antes, con obstinado ánimo, resiste, tente firme. Adiós, amiga: desde hoy Catulo no cede, no irá a buscarte, no te dirigirá ruegos que tú rechazarías. Pero tu llorarás cuando no te veas requerida.¡ Ay de ti, miserable! ¡Qué vida esperas! ¿Quién te encontrará bella? ¿A quién dirán que perteneces? ¿A quién besarás? ¿A quién morderás los labios? Pero Tú, Catulo, tente firme. Poema Once Furio y Aurelio, que seríais compañeros de Catulo, tanto si iba a penetrar en el confín de la India, donde la costa es batida a lo lejos por las resonantes olas del mar de Oriente, como entre los Hircanos y los árabes afeminados, o entre los Sagas y los Partos armados con flechas, o en las aguas que colora el Nilo de siete fuentes, Vosotros que seríais compañeros de Catulo aunque fuera a franquear los enriscados Alpes para visitar los trofeos del Gran César, el gélido Rhin y los horribles britanos, los más alejados de los hombres: Vosotros que en todas estas comarcas estáis dispuestos a afrontar conmigo los peligros a que me exponga la voluntad de los dioses, anunciad a mi amiga estas pocas y amargas palabras. Que viva y sea feliz con sus amantes, esos trescientos que estrecha a un tiempo en sus brazos sin querer verdaderamente a ninguno, pero quebrándoles a todos sin cesar las ijadas; que ya no piense, como antes, en mi amor: por su culpa ha muerto, como, al borde de un prado, muere la flor cuando el arado la arranca al pasar. Poema Ochenta y Cinco Odio y amo. ¿Cómo es posible esto? No lo sé, pero siento que me sucede y le torturo. |

