Pilar Fernández |
| Una historia de gatos en Grecia. La casa de los gatos de la calle Athinas |
| Pilar Fernández Rodriguez |
| 04 feb 2005 actualizado 16:10 CET :: Leído 358 veces |
Quienes
hayan viajado alguna vez a Grecia sabrán de la gran devoción que los
helenos profesan por los gatos. Quizá haya tenido algo que ver en ello
la influencia inglesa o la larga tradición de pescadores de los
habitantes de sus hermosas islas. Sea por la razón que fuere, el caso
es que la veneración de los griegos hacia los gatos les lleva a
convertirlos en objetos de culto y atención. Si
nos paramos frente a cualquier kiosko o tienda de souvenirs, en Atenas,
Delfos, o en alguno de los rincones de sus archipiélagos, veremos una
amplia gama de postales, fuelles, agendas o calendarios que tiene a
nuestros pequeños amigos como protagonistas. Un gran minino gris se pasea por los tejados del barrio de Plaka, en Atenas, otro atigrado se enrosca en el portal de una casa encalada típica de Mikonos, aquel otro blanquinegro nos muestra, al fondo, las extrañas formas de las montañas altas y rectangulares, casi de otro planeta, de Las Meteoras, o este otro, completamente blanco, posa indiferente eclipsando una vista lejana del teatro de Epidauro. Los gatos de Grecia están a la altura de sus monumentos más emblemáticos, son tan preciados por sus habitantes como El Partenón y la diosa Atenea o el Templo de Sounion, consagrado a Poseidón. Una vez sentada esta premisa inicial, os será más fácil comprender el relato que os referiré a continuación. Nos hallábamos un amigo y yo de viaje por Grecia y llevábamos casi una semana residiendo en un pequeño hotel de dos estrellas situado en una estrecha callejuela muy cercana a la Plaza Omonia, verdadero centro neurálgico de Atenas. Todos los días, al atardecer, cuando regresábamos de visitar El teatro de Herodes Ático, el Museo Arqueológico o el pintoresco Barrio de Plaka, nos dábamos una ducha y volvíamos a salir, está vez a pasear plácidamente hasta la plaza cercana y comer algo en un Self Service donde había fruta abundante y ensaladas a precios asequibles para una cena frugal. Llamaban mucho nuestra atención los cambios que experimentaba Omonia del día a la noche. Durante las horas de sol era sólo un lugar de tránsito para los atenienses y visitantes, un espacio donde comprar el Athens News, coger el metro hasta la Acrópolis, contemplar las novedades del mundo del porno en un kiosko especializado exclusivamente en revista y vídeos del género o la tomar un digestivo Ouzo antes de la comida en la cafetería del lujoso hotel Athens Acropol con su peculiar y moderna estructura, obra del arquitecto Vourekas. Por la noche, sin embargo, el aspecto de la céntrica plaza es muy diferente, se llena, en uno de sus ángulos, de albaneses buscándose la vida e intentado venderte todo lo imaginable y, en otro más oscuro, de muchachas y efebos acompañados de algún alcahuete que ponía en venta sus encantos ante un público de clientes maduros que quieren tocar el género antes de decidir. A esas horas Omonia no es el lugar más recomendable de la capital de la Hélade. Ni que decir tiene que nosotros atravesábamos la plaza por la zona de los albaneses, y no por la de los alcahuetes, para evitar problemas. Pues bien, una de esas tardes en que habíamos regresado un poco más temprano, tomamos un camino diferente para llegar a la plaza y atravesamos, sin saberlo, una calle ateniense que tiene muy mala fama, la calle Athinas, en ella curiosamente se dan cita el edificio del Ayuntamiento con las casas de las fulanas. No es que haya ningún problema en pasear por esos lares como sucede en algunos barrios de mala nota de las ciudades españolas. Los que conozcan algo de la idiosincrasia del pueblo griego, sabrán que allí no existe la misma moral puritana o la hipocresía social a la hora de ocultar los propios vicios ante los ojos de los demás que en otras partes del mundo. El griego, no sólo es vicioso por naturaleza, sino que se muestra orgulloso de serlo y no lo oculta. Así, en la calle Athinas, a las seis de la tarde de un día de verano, se podía ver a las prostitutas ante las puertas de sus casas ofreciendo la mercancía. Nos dimos cuenta que nos habíamos metido en la boca del lobo demasiado tarde como para poder dar la vuelta porque ya estábamos a punto de llegar a nuestro destino: la Plaza Monastiraki. Me resigné a tener que pasar por delante de ellas, y, aunque apresuramos un poco el paso, inevitablemente abordaron a mi compañero. No eran precisamente esos placeres los que le quitaban el sueño, así que las mujeres, dada su experiencia, se dieron cuenta enseguida y le dejaron en paz. Yo no había abierto la boca en todo el rato, pero me llamó la atención una de las chicas más jóvenes, que llevaba unas medias negras con las que se estaría asfixiando con el calor reinante, y sostenía entre sus brazos un gran gato blanco de cuyos ojos salían destellos dorados. Era un gatito muy dócil y ella le acariciaba con mucha ternura. Le pregunté, en mi mal inglés, si era suyo, y me dijo algo que no entendí, pero mi amigo me tradujo: era de la "Casa de los Gatos". Pensé que se trataría de una institución de beneficencia gatuna o algo así, una especie de Protectora, pero no. Estaba Equivocada. La muchacha nos llevó hacia una vivienda cercana que tenía todo el aspecto de estar abandonada. Nos contó que los dueños del inmueble eran una pareja de ancianos que habían muerto hace algún tiempo, sin hijos ni parientes. Tal como nos relató la chica de las medias, habían dejado en herencia, y así figuraba en su testamento, la casa y todos sus ahorros a los gatos. Allí se estipulaba que los fondos quedaran en depósito para que los guardaran las mujeres del burdel con el fin de que se mantuvieran limpios y bien alimentados los felinos de la calle. Unos dineros administrados religiosamente por la Madame, una mujer rubia oxigenada, entrada en kilos y en años, que todos los días acudía al mercado para comprar algo de pescado para sus vecinos, los minimos. Los cuidaban por turnos en sus descansos del trabajo y había que ver a aquellas mujeres tratar con tanto cariño, mimos y dedicación a los animalitos. Como mi compañero de viaje y yo somos gatófilos empedernidos, en vistas de que esa tarde las chicas no tenían mucho trabajo porque no había apenas clientela, fueron a por la gran llave de hierro, un poco oxidada, y nos llevaron a ver tan curioso lugar. En la "Casa de los Gatos" de la calle Athinas los inquilinos eran ahora legítimos propietarios y se habían enseñoreado del sofá, los sillones las camas, las mantas... Estaban hasta en los rincones más insospechados de la cocina o el baño. No sabría decir cuantos habitantes gatunos albergaba aquel lugar, pero eran muchos y muy variados. Los había grandes y soñolientos, pequeñitos y juguetones, blancos, negros, grises, de color miel, atigrados, blanquinegros, hasta un siamés, probablemente perdido o abandonado por su dueño. Todos esos gatos ilustres de Atenas, herederos de Sócrates, Aristófanes, Fidias o Platón, el viejo y entrañable matrimonio al que no llegamos a conocer y las "mujeres de la calle", nos habían enseñado, sin saberlo, mucho más de la esencia de Grecia, del espíritu de su cultura mediterránea y vitalista, que todas las estatuas y templos que habíamos tenido la paciencia de visitar. Esta vez los Bancos se habían quedado sin el dinero. Había sido, sin duda, una herencia muy bien dilapidada. Por la noche, en un velador de Plaka, con la Acrópolis iluminada al fondo y ante dos copas de buen vino de Samos, brindamos, con entusiasmo, por todos ellos. |

