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Pilar Fernández
Sapho Dos, La Diosa Madre Gatuna
Pilar Fernández Rodriguez   
21 abr 2005 actualizado 01:30 CET :: Leído 481 veces
ImageEn otra ocasión dije, a lo largo de esta saga de mis gatos, que los nombres son importantes y definen, de algún modo, el destino de quiénlos lleva, sea hombre o felino.

En el caso de la gatita que nos ocupa hoy, Sapho Dos, el apelativo no le vino por sus cualidades intrínsecas o por sus aficiones, sino porque yo quise que en ella se perpetuara la memoria de otra gata anterior que ya había muerto, mi querida Sapho.

Tal vez fuese por mi empeño en que Sapho Dos se convirtiera en el símbolo de la perpetuidad de la vida, por lo que ella misma, en la edad adulta, se convirtió en una auténtica Diosa Madre Gatuna, progenitora de varias camadas abundantes de hermosos y sanos cachorrillos.

Sin embargo, antes de llegar ahí, nos queda todavía un largo recorrido. Fruto de mis paseos vespertinos por los puentes de la ciudad, ya os dije que conocí a esta pequeña siamesa en el escaparate de una tienda de animales, junto a todos sus hermanitos. Cuando estos fueron desapareciendo de día en día, y sólo quedó la pulguita que era entonces, una de esas tardes, no pude resistir más, entré en la pajarería y la compré. Me la traje a casa en una caja de zapatos con agujeritos, de las que se han usado toda la vida.

Cuando pudo salir, un poco asustada, dio varias vueltas alrededor de la camilla del salón, como un automovilista despistados en una rotonda, y comenzó a recorrer el terreno. Se asustó mucho al ver a Dafne, que la miró desde un principio con malos ojos, pero respiró aliviada ante los lametazos en la coronilla del bueno de Orfeo, que la adoptó como hija. Orfeo la defendía de los celos de Dafne y le guardaba parte de su comida.

La chiquitita de grandes ojos turquesa desembarcó en nuestro hogar con una colitis y una descomposición intestinal que había contraído de tanto consumir comida de lata, de esa que fabrican para los gatos con restos de grasas y deshechos de carnes. Se la curé a base de agua con limón y pescado cocido. A los pocos días estaba restablecida y andaba dando saltos por la terraza. Sapho Dos siempre fue muy sociable e intentaba hacerse amiga de Dafne. A veces lo conseguía por una temporada, hasta que sucedía algo y acababan peleándose, por lo que había que poner un poco de orden y separarlas.

Una de las costumbres llamativas que tenía Sapho dos en estos casos era la de marcar su territorio para que Dafne no se acercase a ella, y lo hacía de la manera más contundente, no con el orín, como los machos, sino dejando una buena plasta de caca en mitad del pasillo o en el cuarto de dormir. Y se quedaba tan fresca. Había que ir, en esos casos, detrás de ella con la fregona y el ambientador por todo el piso. Sólo después de que las aguas volvieran a su cauce, Dafne y Sapho Dos firmaban una tregua, que nunca la paz definitiva.

Al tiempo que iba creciendo, su atracción sexual por Orfeo se hacía cada vez más evidente y, a pesar de que sabía que era el marido de Dafne, le buscaba por todas partes. En época de celo, Sapho Dos se colocaba en la ventana con la cola para arriba y profiriendo unos maullidos desgarradores para llamar la atención del macho que dormía en su habitación con Dafne. Hasta que no le volvía loco y tenía que sacarlo yo con cuidado de que no viniera también la otra y se enzarzaran, no paraba.

Las cópulas de Orfeo y Sapho Dos eran auténticas películas porno de sexo gatuno, el Kamasutra de los felinos. Gritos, alaridos, carreras, desplantes, vueltas al carnero por el pasillo. Yo nunca había visto nada igual en cuanto a amores entre gatos. Una pasión desbordante y una atracción fatal. Con Dafne nunca sucedió lo mismo, era un amor normal de matrimonio un poco aburrido y que siempre hace la postura del ermitaño.

No es de extrañar que, con tanto alarde, de aquellos polvos vinieran estos cachorros. Sapho Dos se quedó embarazada de su loco amante tres veces. La primera, trajo al mundo seis criaturas. La Segunda vez, otras seis. Todas fueron distribuidas entre amigos de los gatos que me las quitaban de las manos, porque eran, tanto las hembras como los machos, idénticas a Orfeo. De esos gatitos se quedó una mi hermana y le puso Cloe. Ya se había muerto su gato Dionisio, el primer novio de mi gata Sapho, y echaba de menos presencia felina en su apartamento de Sevilla.

Sapho Dos fue muy buena madre. Sacaba adelante a todos los gatitos con la ayuda del veterinario y grandes cantidades de yogur sin azúcar, que se bebía como agua cuando se lo daba con una cuchara. De vez en cuando se agobiaba, y aprovechando que los niños estaban dormidos, se iba a dar unas vueltas alrededor de la camilla. Entonces no le importaba que Dafne hiciese un rato de niñera y acurrucase a los gatitos, siempre bajo la mirada atenta del padre, enroscado en una esquina de la cama.

Ante tanta fertilidad, decidí separarlos un tiempo: por un lado Dafne y Orfeo, por otro la pobre Sapho Dos con las crías que le iban quedando, ya que las fui dando poco a poco para que no lo notara demasiado. Parece que funcionó al principio. Sin embargo, llegó el mes de febrero y le entró a Sapho Dos un celo terrible. No te dejaba pegar ojo por las noches, sus alaridos los escuchaban hasta los vecinos y la puerta de su cuarto corría peligro de desplomarse. Una noche de insomnio, en la que no podía aguantar más, claudiqué y le abrí. Se vino como una flecha para la ventana y comenzó su danza del vientre para gatos. Al poco, ya estaban de nuevo enganchados.

Fue todavía más explosivo que las veces anteriores. A los quince días noté los primeros síntomas de un nuevo embarazo: algunos vómitos al lado de su cama. Efectivamente, nos preparábamos para un desembarco en toda regla. Los últimos días que estuvo en cinta Sapho Dos no se podía ni mover, le entró tal pánico que no se le ocurrió nada mejor que dar un salto, no sé ni cómo, y subirse al aparato de aire acondicionado que está en lo más alto del salón. No sé si se había vuelto loca, quería abortar o pensaba en dejar este mundo. La cuestión es que cogí una silla, de la silla a la mesa y con la ayunta de una toalla de baño para que no le diese vértigo la altura (ya que los gatos suben, pero, a menudo, les da miedo luego bajar) la envolví entera y la rescaté.

Estuve muy preocupada por si había perdido la camada. Ni por esas. A los pocos días la tenía despatarrada en la cama pariendo ocho flamantes retoños. La cosa era, desde luego, para un intento de suicidio. Nacieron todos bien, como siempre, y hubo que criarles y buscar luego una casa para cada uno de ellos. Después de esta última experiencia de maternidad, creo que Sapho Dos empezaba a estar un poco harta de ser la matrona perfecta. Nadie podía sospechar lo que se estaba fraguando en su cabecita de diosa egipcia.

Ya criada toda la camada y entregado cada uno de los gatos a su nueva familia humana, un domingo Sapho Dos desapareció. Había estado fregando toda la casa por la mañana y, como es costumbre, los gatos debían estar en sus respectivas habitaciones. Sin embargo, tras el café y la siesta frente al televisor, fui a ver a los gatos y no la encontré. Miré y remiré por toda la casa. Salí al portal por si se había escapado, a la puerta de la calle, a la calle entera. Ni rastro de ella. Un vecino que me vio me dijo que había visto un gato siamés al mediodía rondando por la zona, pero, claro, no sabía si era el mío. Hay gente que tiene la costumbre de dejar salir a sus gatos por la noche, por el día es más raro.

Sapho Dos llevaba un collar azul de terciopelo, porque siempre fue muy coqueta, con su nombre escrito por detrás. Era la Audrey Herpburg de las gatas. Pasaron algunos meses y desistí de saber de ella. Pero, algo me decía que no estaba abandonada, que alguien se hacía cargo de mi gata siamesa. No me equivocaba. Por cosas del destino, a través del novio de una amiga, que es jordano, contacté con unos chicos palestinos que viven no muy lejos de mi casa. Uno de ellos, llamado Sharif, es carpintero y muy amigo de los gatos.

Hablando de nuestra común afición gatuna, me explicó que había tenido mucha suerte al encontrar, no hacía mucho tiempo, una gata de raza, en plena calle, muy dócil y perdida. Era muy guapa, tenía un collar azul como sus ojos, y se la había llevado a su casa, donde estaba como una reina. Le dije que quería verla. Y, efectivamente, era Sapho Dos. Le conté a Sharif toda la historia, pero le dije que no se preocupara, que podía quedarse con ella. Así estaría a salvo de los embarazos y los amores desesperados. Él tiene un trabajo estable, de momento. Me prometió que, si tenía que volver a su país algún día, me la traería de vuelta.

Y ésta es la curiosa historia de la fuga de Sapho Dos, una gata que quiso liberarse del yugo de la maternidad para buscar un dueño que la quisiera sólo a ella. Creo que Sapho Dos ha elegido bien porque Sharif está soltero y tiene todo su cariño para darle. Sapho Dos ha encontrado su propio destino en forma de un nuevo nombre: ahora se llama Soraya. Espero que la magia de las palabras surta su efecto y ya no vuelva a tener más hijos.
 
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