Pilar Fernández |
| Ron-Ron, el gato bohemio de Montmartre |
| Pilar Fernández |
| 10 feb 2005 actualizado 10:25 CET :: Leído 446 veces |
Era
verano y los visitantes abarrotaban las escalinatas de ese jardín en
pendiente que acaba junto a las cúpulas blancas del Sacre Coeur. Entre
artistas de lo más diverso, desde imitadores hasta malabaristas, un
espectáculo insólito se ofrecía ante los ojos asombrados del viajero.Se
trataba de un hombre con la cara pintada de blanco y ataviado con
túnica y turbante, quien, apostado junto al mirador, estaba petrificado
cual estatua de sal y sostenía entre sus rodillas a un gato inmóvil. El
minino era de color miel y su pelo ofrecía dibujos atrigrados. Tenía
los ojillos entornados, casi como si durmiese o fuera víctima de alguna
extraña forma de hipnosis portando un cascabel en su cuello. El pequeño
felino amaestrado, cosa inusual y sorprendente como pocas, solamente se
dignaba mover la cabeza y hacer sonar la pequeña campanilla, cuando
alguien depositaba una moneda en el cesto. Yo, que acababa de llegar a París hacía unas horas, estaba dando un paseo por aquella zona, muy próxima a mi hotel, cuando me dejé sorprender por semejante portento. Un poco fatigada como estaba después de subir la cuesta del parque, me senté en un banco y estuve un rato observando al misterioso gato y a su amo. Ambos estuvieron todavía algún tiempo inmóviles. Cuándo los actores se disponían a recoger su estalache, me acerqué a ellos y les eché una moneda. El mimo se estaba quitando la pintura, y, debajo de la careta blanca, afloraba un rostro de rasgos árabes. Le saludé y comenzamos a charlar. Me dijo que se llamaba Abdel Kader y que era de origen argelino. Llevaba varios años viviendo en diversos lugares de Francia y ahora se habían instalado en Montmartre desde hacía unos meses. Congeniamos bien, así que decidimos compartir unas latas de cerveza y otra de atún para Ron-ron. A. K. me contó muchas cosas de su vida, que yo escuchaba como si se tratara de una novela, sentados en un banco frente al mirador desde el que se domina todo el barrio bohemio. La tarde iba cayendo, hasta que, apenas sin darnos cuenta, se hizo de noche. Quedamos en vernos al día siguiente y en el mismo lugar al atardecer. Esa jornada pase una mañana muy intensa visitando el Museo D´Orsay y el de August Rodin, dónde me maravillé con la sala en la que se recogen las bellas y apasionadas esculturas de Camille Claudel, que dicen fue amante del gran artista francés y, murió casi abandonada por él y su familia en un manicomio de los de entonces, desconocida e ignorada. Su obra se recuperó más tarde y es de una sorprendente perfección y modernidad. Por cierto, dicen que a Camille Claudel también le gustaban los gatos. Tras una comida frugal que consistió en unos paninis de un puesto callejero, regresé a mi hotel donde descansé hasta las ocho de la tarde. A esa hora, más o menos, me dirigí al funicular para subir porque el parque estaba ya cerrado y llegué hasta la basílica del Sacre Coeur puntualmente a las nueve de la noche. Allí me estaba esperando mi amigo Abdel Kader muy acicalado con una camisa hawayana de flores y Ron-ron en brazos. Abdel me dijo que me acercara con él un momento hasta su casa para dejar al gato y que estaba dispuesto a invitarme a cenar en un pequeño restaurante cercano de un amigo suyo donde preparaban un buen cus-cus. En el transcurso de la velada, que fue exquisita, traté de averiguar, infructuosamente, cómo se las arreglaba para lograr que Ron-ron se estuviera tan quieto entre sus rodillas, sin inmutarse, durante el tiempo que duraba la actuación mímica. Me dijo que ese era un secreto que había heredado de su abuelo paterno, que había sido un gran aficionado a los mininos, allá en su Argel Natal. Aunque no pude sacar mucho en claro, cuando le hablé de hipnotismo, no dijo ni que sí, ni que no, por lo que deduje que no era descartable esa hipótesis. Como, a esas alturas, mi atracción por A.K. (y la suya por mí) no parecía limitarse a nuestra común afición gatófila, acabamos durmiendo juntos aquella segunda noche en su minúsculo apartamento de la Rue Labat, a sólo una parada de metro de mi hotel, en pleno corazón de Montmartre. A lo largo de toda la semana que estuve en París, quedamos los tres todas las noches, compartimos apartamento, pizzas de queso, plátanos, té y latas de atún. Por la mañana, me levantaba sigilosamente, y, antes de ir a mi hotel para desayunar y cambiarme de ropa, le daba de comer a Ron-ron, ya que su dueño, como buen actor bohemio, no se levantaba hasta cerca del mediodía. Yo aprovechaba la jornada para conocer París, perdiéndome por sus calles, plazas, avenidas y museos. Aunque insistí mucho, no logré averiguar el secreto tan bien guardado de Abdel: cómo había logrado domesticar así a Ron-ron, que por lo demás era un gato normal y no estaba ni siquiera castrado. No, es verdad, no conseguí saber el secreto. Pero no importó, porque pasé unos días mágicos con ellos en "la ciudad de la luz". Llegó la hora de la partida y me despedí, no sin lástima. Luego supe que Abdel no permaneció mucho tiempo más en París. Con la llegada del frío, buscó climas más cálidos para su espectáculo callejero. Lo último que supe es que estaban en Marsella donde obsequiaban con su número al público de provincias. Supuse que la dieta de Ron-ron se habría enriquecido con pescado fresco del puerto, así que me alegré por él. En cuanto a su dueño, le eché de menos una larga temporada. Aunque me costaba trabajo reconocerlo, sus encantos me tuvieron enganchada durante cierto tiempo. Supongo que eso será el amor. |

