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Pilar Fernández
Orfeo, una nube de verano
Pilar Fernández Rodriguez   
13 abr 2005 actualizado 16:16 CET :: Leído 284 veces
ImageAlguna de las ocasiones en que he viajado en avión, tuve la oportunidad de ver mejor las nubes, cómo pasaban ante mis ojos como tules de transparencia blanca y rosada, en un firmamento más azul y más cercano que nunca. Esa consistencia algodonosa y sutil, ese tacto delicado que deben tener sus formas caprichosas, a modo de cuerpo de mujer o de un rostro que nos parece familiar, siempre me ha intrigado.

Uno de mis más secretos anhelos, desde que era muy chiquita, ha sido poder tocar las nubes algún día, quizá por eso soñaba con ser astronauta.

Pues bien, en este mundo terreno o "Valle de Lágrimas" al que, al parecer, estamos condenados a vivir los pobres pecadores, lo más parecido a "tocar las nubes", que yo haya conocido, ha sido acariciar a un muchacho o a un gato. De los primeros no voy a hablar; en cuanto a los segundos, el más sedoso y dócil, con diferencia, ha sido Orfeo.

Es blanco, con manchitas marrones Debió ser fruto del cruce entre siamés y angora, de ahí la suavidad de su pelaje y sus pupilas azules. Semeja uno de esos nimbos, un poco cargados de tormenta de verano, que vemos sobre nuestras cabezas, justo antes de que descargue un chaparrón pasajero.

Todavía rememoro aquella tarde en que lo trajeron a casa. Era por el mes de junio y hacía un calor mesetario y sofocante, que yo mitigaba con una buena siesta, mientras una amiga mía, llamada Isabel, había preferido pasarlo en la piscina. Por lo visto, según me contó luego, al bajarse del coche para entrar en el Camping junto a "El Vivero", a donde se dirigía para darse un chapuzón, escuchó unos leves maullidos lastimeros, buscó un poco con la vista, y vio, en la cuneta, al lado de un árbol ralo, que apenas daba sombra, a un pequeño gatito blanco muy flaco y medio atontado con la solanera.

Lo cogió y se lo llevó en su bolsa de baño. Le dio un poco de agua y lo dejó en el césped, a la
sombra, mientras nadaba un poco. Después, dado que tenía ya en casa un perro y tres niñas, decidió presentarse en mi casa con el animalito envuelto en una toalla.

Yo le adopté y comencé por darle leche desnatada en una jeringuilla gorda, iniciando su "toilette" espolvoreándole un antiparasitario de consistencia semejante al talco que no daña los ojitos, ni al medio ambiente. Pasado un rato, le cepillé bien con una manopla de plástico blando y le preparé su comedero-bebedero y su arena. Una infusión de manzanilla puesta a enfriar y un algodón para limpiarle las legañas y una camita en lugar fresco. Muy pronto se quedó dormido y tranquilo. Había sido una larga jornada.

Como fue rescatado del infierno de la hora de la siesta extremeña, un Hades adónde bajó el gran poeta Orfeo en busca de su amada Eurídice, se me ocurrió ponerle ese nombre. Además, ya cumplidos los tres meses, y después de haber recibido atenciones especiales y haberse convertido en una bolita suave y cálida, de gran cabeza redonda y ojos celestes encantadores, este ángel gatuno, me acompañó a "Emeritalia", una recreación del mercado de la Mérida romana, en el que yo hacía el papel de Pitonisa y leía el futuro, vestida con túnica y con el gatito en una cesta de mimbre, lo que hacía las delicias de pequeños y mayores. Así que llamarle Orfeo nos vino muy bien.

Orfeo siempre me ha dado suerte, o al menos esa es una de mis supersticiones privadas. Si tengo que hacer algo importante, de amor, dinero, trabajo o viajes, acaricio su lomo, antes de salir de casa, y, sea lo que sea de lo que se trate, siempre me sale bien. Además, he notado que las buenas vibraciones de Orfeo también las captan mis amigos y familiares, porque no conozco a nadie a quién este animalito mágico le haya caído mal. Seduce a todos con su bondad y con su belleza. Es tan tranquilo que, en ocasiones, parece un gato de peluche, nunca saca las uñas, se acerca para que le toques, aunque sea la primera vez que te ve. Es tan simpático y cariñoso que se gana el corazón de la gente.

Recuerdo una historia conmovedora que me pasó una vez con Orfeo. Era por Semana Santa, y yo me iba con unos amigos los cuatro días de vacaciones a Lisboa. Quedó al cuidado de mis gatos una chica jovencita, Chelo, que me los atiende en ocasiones así. Yo la llamo, en broma, mi "niñera de gatis". Ella les da de comer, juega con ellos y les viene a ver a casa todos los días para que estén tranquilos mientras yo no estoy. A los gatos es mejor, siempre que se pueda, no sacarles de su entorno. Chelo es una amante de los animales, se ve que con ellos está a gusto. Como es muy calmada, los gatis lo notan y ellos también se relajan. A mi vuelta de Portugal, todo estaba bien y volví a encargarme de las atenciones de mis compañeros de piso. Chelo vino a devolver las llaves y a cobrar, despidiéndose hasta la próxima.

Pero, a los pocos días, me llama y me dice que si puede volver alguna vez de visita para ver a Orfeo porque le echa mucho de menos. Naturalmente, yo le dije que sí y ella viene de vez en cuando. Cuando se encuentran Chelo y Orfeo, todo son zalamerías entre uno y la otra, son como dos viejos amigos que se encuentran de nuevo.

Pero, como no existe la felicidad completa, una vez Orfeo estuvo muy enfermo y el veterinario se preocupó bastante. La culpa la tuvo su preferencia por el atún en lata, que más que afición es una devoción. Yo me había ido otra vez de viaje, en esta ocasión un mes a Grecia, y les había dejado al cuidado de su amiga Chelo. A mi vuelta noté a Orfeo menos alegre de lo habitual y con menos empeño por perseguir a las hembras. Se pasaba el día dormitando en la cama, hasta que deduje que estaba malo porque apenas comía y se estaba quedando más delgado.

Llamé a su médico que vino a verle y le diagnosticó un grave problema de páncreas. La verdad es que orinaba mucho. Le mandó agua mineral y un pienso especial, además de unas pastillas. Me dijo que menos mal que no estaba castrado, en ese caso hubiera sido mucho peor la recuperación. Me costó mucho sacarle del trance, pero esta vez no sucedió como con Sapho, esta vez lo conseguí. Estando enfermo hubo que ponerle tres inyecciones y se dejaba hacer sin oponer resistencia.

Vinieron a verle mis amigas y amigos: Luis, el periodista de Europa Press, que estaba muy preocupado por su salud, Rebo, el profe de Latín, le trajo una pelota de cascabeles nueva, Chelo, por supuesto, que prometió no volver a darle latas de atún, la vecina del primero, Emilia, que había tenido una gatita, mis sobrinos, Juan Fran y Javi, Nieves, mi amiga de la Zarza, que le quiere mucho, en fin, un montón de gente. Yo creo que fue por todo ese cariño que recibió por lo que Orfeo se puso bien y fue recuperando el vigor. Desde entonces no ha vuelto a probar el atún en lata, ni el agua del grifo. Lo que no he conseguido que deje del todo es su droga dura: la manía que tiene de lamer la fregona o el suelo cuando lo friego con lejía diluida en agua. La lejía debe ser para él como el alcohol o la coca, un vicio inconfesable.

Otra de las facetas de su vida en la que ha triunfado es como amante. Su esposa, Dafne, ya lo conté, le adora, aunque no haya podido darle descendencia. Su amante, Sapho Dos, le otorgó tres camadas de 6, 8 y otros 6 hijos e hijas, respectivamente, que fueron todos igualitos que el orgulloso padre. Los regalé por doquier sin ningún problema, ya que salieron tan bonitos y cariñosos como él. Orfeo prodigaba sus atenciones entre la mujer y la querida. Se sintió muy triste y maullaba desolado recorriendo cada una de las habitaciones de la casa, buscándola, cuando Sapho Dos se escapó un buen día y nunca más se supo. Era demasiado amante de la libertad y estaba ya cansada de parir y criar gatitos. Era explicable. Ese capítulo lo narraré más adelante.

Orfeo se quedó sólo con Dafne, su legítima. Ambos son un matrimonio gatuno envidiable. Ya les gustaría a más de una pareja humana llevarse tan bien como ellos, con sus cosas, claro. Están siempre juntos: a la hora de comer, dormir, jugar, tomar el sol en la ventana en invierno o el fresco en la terraza durante el verano. Se pelean, hacen las paces, se aman. Son una imagen gatuna de la felicidad conyugal.

Yo, a Orfeo, siempre le he asociado con mis amores y desamores, con mis aventuras e idilios más largos, porque él siempre ha estado ahí en esos momentos felices, por esa razón, le dediqué a él y a un muchacho al que quise mucho, este poema compartido.

Tu acaricias a Orfeo,
bolita suave y cálida,
como una nube blanca
en cielo de verano.

Yo te acaricio a ti,
superviviente, naufrago
de oscuras tempestades,
y me parece difícil
distinguir
cuál de los dos es más suave.

Él con su pelo largo,
su porte aristocrático
casi de gato persa,
salvado del infierno
un mediodía de junio,
sedoso, zalamero,
su mirada de un azul transparente.

Tú con los ojos tristes,
ese aire de abandono,
con tus eternas dudas
 y tu miedo.
 
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