Pilar Fernández |
| Los gatos de Morerias y las grietas del poder |
| Pilar Fernández Rodriguez |
| 24 ene 2005 actualizado 23:04 CET :: Leído 356 veces |
|
Tras
la ardua labor de investigación llevada a cabo por este periódico, y,
en concreto, por nuestro compañero José Luis Fernández, hemos podido
desvelar el misterio de lo que ha sucedido con los aproximadamente 40
mininos que vivían en las ruinas bajo el edificio de las consejerías de
Morerías.
Ya
lo había denunciado la presidenta de la asociación protectora de
animales, Paqui Gallardo, y todos los amantes de los gatos nos temíamos
lo peor porque ese espíritu del Torquemada más puro y duro se pone de
manifiesto, en ocasiones, alcanzando las más altas cotas de
indiferencia y crueldad cuando se trata de unos indefensos gatos, esos
bichos molestos y ariscos para muchos. ¿Qué importa que sacrifiquemos
unos cuantos felinos y quién se va a enterar si lo hacemos en aras de
la salubridad pública? Pues bien, la negligencia para mantener dignamente limpio el entorno de las ruinas, los defectos de un edificio que es conocido popularmente como "la consejería de los calambres", que ha sido denunciado por el sindicato CCOO por carecer de las mínimas condiciones de habitabilidad, los huecos o grietas que al parecer presenta, por los que se han podido colar no sólo los gatos, sino cualquier animal mucho más dañino para la salud, así como la aparición de una plaga de pulgas que peligrosamente podría alcanzar el palacete próximo propiedad de un consejero que no se caracteriza por tener un talante a lo ZP, todos estos atenuantes no han podido ser tenidos en cuenta por los poderes públicos responsables del desaguisado y ¿a quien se les ha echado la culpa y obligado a pagar el pato? A los pobres okupas de los bajos del edificio, los gatos de las ruinas de Morerías. Unos gatos que, para muchos emeritenses y visitantes, deberían ser respetados, cuando no venerados, sólo por la inteligencia que han tenido de elegir como residencia un entorno monumental en una ciudad romana Patrimonio de la Humanidad como Mérida. Aunque, perdónenme la ironía del juego de palabras, con historias como éstas nos vamos a convertir en lo contrario, patrimonio de la inhumanidad, además de en el hazmerreír de toda España. Lo más sorprendente de todo es que se empezó bien y se acabó fatal. La primera empresa que fue contratada por la Consejería de Economía para llevar a cabo la retirada de los animales y la fumigación de la zona, Protexplaga de Badajoz, lo hizo bien, según nuestra información. Recogió unos 15 gatos que fue recolocando en explotaciones rurales de La Roca de la Sierra donde siempre hacen falta para comerse a los ratones, pero el proceso era un poco lento y a alguien muy influyente debieron entrarle las primas. Ahí fue donde se fastidió el tema. El resto de los mininos, unos 25, fueron retirados por una empresa de Mérida, a la que mejor no menciono porque no merece ni que se le haga esa publicidad negativa. El resto, ya lo saben, los animalitos fueron sacrificados. Ni siquiera se informó a la asociación Protectora de Animales de Mérida, ni se dio a conocer a los vecinos de la calle que habitualmente les daban de comer o a los ciudadanos en general por si alguien los quería tomar en acogida en sus hogares o casas de campo. Todo se hizo con el mismo sigilo con el que los generales de Pinochet o de Videla arrojaron a los disidentes de sus respectivas dictaduras al mar o con la misma sangre fría con la que los nazis mataron a los judíos en las cámaras de gas. El poder no tiene piedad con los disidentes, y si algún animal ha tenido siempre fama de disidente y rebelde, ese ha sido el pobre gato. Ya tuvieron que pagar la intolerancia en la Edad Media por ser compañeros de las brujas, época en la que se les quemaba vivos como a ellas y no digamos si el gatuno tenía la mala suerte de ser negro, entonces era, para la Santa Madre Iglesia, una de las muchas encarnaciones del mismísimo diablo, nada más y nada menos. Ahora que estos animales gozan de un cierto prestigio, tras demostrarse que pueden adaptarse, a su manera claro, a convivir con el ser humano y pueden aportarle grandes dosis de belleza y serenidad a sus oscuras vidas (hasta los médicos dicen que quien tiene gatos y les oye ronronear se asegura un remedio contra las enfermedades cardiovasculares, porque se relaja incluso más que durante el sueño); ahora que cada día los gatos son cuidados y considerados bienes de interés cultural a respetar como los felinos de Roma, que aparecen en todas las postales y dan una nota de vida al pie de la estatua colosal de Constantino o a una de las pocas columnas que haya quedado vivas en el Foro Romano; ahora que nos enteramos que los gatos han sido a lo largo de la historia amigos fieles de los grandes poetas e intelectuales que en el mundo han sido: Baudelaire, Ezra Pound, María Zambrano etc...; ahora que tienen páginas web, carcasas de móviles, salvapantallas, hasta han aprendido a dormir sobre el scaner calentito y algunos no conocen más ratón que el del ordenador, en este mundo feliz y civilizado donde les podemos comprar una pelota con cascabeles y un pienso de salmón en el hipermercado, ahora, sigilosamente y sin enterarnos, nos invade de golpe la barbarie y nos quedamos estupefactos con el "Caso de Morerías". Dice un buen amigo mío que por la cosa más insignificante puede caer un dictador o todo un imperio, dice este hombre admirable que un día fue político honrado y valiente y hoy, desengañado, es ciudadano de a pie, que hay que moverse en las grietas que nos va dejando el poder para intentar cambiar este mundo salvaje en el que nos ha tocado vivir. Quizá los gatos de Morerías, como buenos revolucionarios, se acercaron demasiado, a través de los agujeros de ese poroso edificio, a través de sus grietas, al centro neurálgico donde se cuecen las cosas, a los palacios de invierno del poder y han tenido que pagar con su vida tal atrevimiento. Que sus pequeñas almas se revelen en sueños contra quienes no merecieron su nobleza de bellas esfinges libres. Y si hay un cielo para ellos, que sean los Campos Elíseos de los gatos de las ruinas de Mérida, ojalá encuentren allí una tierra más benigna, rica en ambrosía y abundante en caricias. |

