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Pilar Fernández
Koshka, el gato pescador de Ítaca
Pilar Fernández   
10 mar 2005 actualizado 10:20 CET :: Leído 267 veces
ImageNo hay un mar tan hermoso como el Jónico. Sus aguas tranquilas, esas islas tan frondosas de un verde profundo como sus resonantes nombres: Zazinthos, Cefalonia, Ítaca, Corfú.
Las playas planetarias de acantilados y abundante arena finísima o de rocas pulidas como diamantes. Esos matices del agua en sus orillas que van desde el azul turquesa hasta el verde esmeralda, y del gris perla al índigo, con toda una sutil variedad de matices que rivalizarían con los colores de la paleta del mejor pintor.

Habíamos arribado a la isla de Ulises, Ítaca, en un transbordador que partió del puerto de Patras después de dejar atrás la espléndida Cefalonia, rica en salvajes caballos. Las suaves colinas pobladas de coníferas y arbustos nos dieron la bienvenida, al igual que la luz, aún violenta, de una tarde recién estrenada del cielo diáfano y celeste del mes de agosto.

En el puerto de Vathy nos esperaba, sin nosotros saberlo, una extraña mujer de mediana edad, muy delgada y con un sombrero pasado de moda.

Llamaba la atención el vestido de gasa muy gastado por los frecuentes avados y un bigotillo ralo, chocante en una persona con pretensiones de ir bien arreglada. Luego supe que las mujeres de Ítaca son famosas por su costumbre de no depilarse el bigote. Esta señora nos ofreció, en buen inglés, una habitación para dormir en una casa de la isla, lo que, dijo, costaría más barato que el hotel.

Nos pareció que podía ser una experiencia enriquecedora, así que, el amigo con el que viajaba y yo, decidimos seguirla por la angosta y empinada callejuela hacia la que nos conducía. Después supimos que no era una vivienda de su propiedad, sino que se trataba sólo de una intermediaria.

Los propietarios de la casita eran un anciano pescador y su hijo que vivían con un gato, un corral de gallinas y una vieja cabra. El cuarto que nos asignaron era el mejor con diferencia y sus paredes estaban pintadas de un llamativo color rosa. Allí nos instalamos con intención de permanecer unos días para buscar las huellas del legendario palacio de Odiseo.

Muy pronto nos dimos cuenta que no éramos los únicos foráneos en ese modesto hogar. En la estancia de al lado se alojaba una pareja de ciclistas italianos que habían escogido la isla porque sus suaves colinas eran ideales para practicar el deporte del pedal. Como ven, por razones muy distintas a las nuestras. Ni que decir tiene que eran dos chicos de diseño, muy guapos, que sólo comían fruta, verdura y yogures. Estaban todo el día pedaleando, por lo que sólo nos encontrábamos con ellos por las noches, a la vuelta de nuestras "rutas homéricas" a pie, en burro o en autobuses de línea.

Uno de esos días en que habíamos vuelto rendidos de patear unas ruinas ciclópeas cerca del istmo donde se estrecha Ítaca y se puede ver el brillo azulado de la costa a ambos lados, yo me tumbé un rato encima de la cama mientras mi amigo iba al centro para comprar algo para cenar. El cansancio de la dura jornada arqueológica me había agotado y me quedé aletargada con el zumbido de las moscas en la ventana. Me despertó una presión en el pecho que casi me impedía respirar y un fuerte olor a pescado fresco.

Cuando abrí los ojos, un gato atigrado de color miel, tumbado sobre mis senos y, a poca distancia de mi cara, dotado de una enorme cabeza de luna redonda, me miraba fijamente, entornando los ojillos. Ante tanta inesperada familiaridad entre desconocidos, me decidí a acariciarle debajo de la barbilla y comenzó un sonoro ronroneo. No parecía muy dispuesto a abandonar mi mullido torso, que a buen seguro había tomado por un colchón Flex.

Le reconocí: era Koshka, el gato del hijo del dueño de la casa. Se llamaba así en homenaje al abuelo que era del KKE (partido comunista de la Hélade). Koshka en ruso significa "gato". A partir de ese primer acercamiento inesperado, comencé a observarlo con más detenimiento durante el tiempo que me dejaban libre mis excursiones a la busca del palacio perdido de Penélope. Por la mañana muy temprano, casi todavía de madrugada, su joven amigo y él abandonaban la casa para dirigirse al pequeño puerto de pesca donde tenían amarrada la barca familiar, Electra, con la que fondeaban la bahía toda la jornada en busca de pescado o marisco. Al caer la tarde, volvían con el botín de sus redes que no era muy numeroso, pero suficiente para la cena de los tres miembros de la familia y, si había suerte, solían vender algo a los restaurantes cercanos al embarcadero donde repostaban los visitantes ocasionales y algún turista.

Todo esta información nos la amplió el propio Georgos, que así se llamaba el chico, un atardecer, sentados bajo la parra en el porche, a la entrada la casa del viejo Zenón, ante sendos vasos de vino de la tierra. Era nuestra última jornada en la isla antes de partir y nos obsequiaron con una frugal, aunque exquisita, cena de despedida.

Probamos esa extraña receta griega que se hace con arroz, pámpanos de vid y otros misteriosos ingredientes, muasaka e higos frescos del árbol del patio.

Georgos nos narró cómo había encontrado al pequeño Koshka una mañana, abandonado en el interior una vieja barca. Allí debió dejarlo su madre para que alguien lo viese y lo recogiera. Era una pulguita de mes y medio de vida. Lo llevó a casa y, rápidamente, empezó a formar parte de la familia. Era su compañero inseparable en la soledad de las largas jornadas de pesca mar adentro. Se aclimató rápidamente a la vida de alta mar y siempre buscaba, para enroscarse, el lugar más equilibrado de la embarcación, allí donde se notase menos el vaivén de las olas sobre el casco.

Koshka era paciente, y no se comía ningún pez sin contar antes con la aquiescencia del joven. Koshka, más pescador que muchos humanos, aquellos que no habían resistido la dureza de los días interminables en los que sólo te rodea el profundo azul del océano y el otro, más sutil, del firmamento. Muchos se habían ido a vivir a las ciudades y habían dejado para siempre la belleza de esta isla y la pureza de este oficio de apóstoles. Georgos y Koshka eran pescadores vocacionales y adoraban la independencia y la aventura de partir diariamente a la búsqueda de lo que la naturaleza, el mar, quisiese darles, sin mayores pretensiones.

El gato Koshka, hecho un ovillo en las rodillas de Georgos, miraba a su dueño, mientras hablaba, con un gesto de asentimiento, como si estuviera de acuerdo con cada una de sus afirmaciones. Eran inseparables y un ejemplo de vida austera, pero, sin embargo, feliz.

 
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