Pilar Fernández |
| Historia de gatos “sin papeles” |
| Pilar Fernández Rodriguez |
| 28 ene 2005 actualizado 21:03 CET :: Leído 373 veces |
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Tras
comprobar en las últimas semanas, después de los tristes sucesos de
Morerías, que han sido muchas las personas que se han dirigido a mí y a
otros compañeros que hemos escrito o hablado sobre el caso
preocupándose por el destino de los citados gatos y mostrando su
interés y amor por estos animales, voy a volver a hablar de ellos.
Decir
que he tenido la oportunidad de contactar con padres y madres que echan
de menos a los gatitos que tanto gustaban a sus hijos pequeños cuando
pasaban por allí, personas mayores que les daban de comer y ahora les
añoran, amantes de los animales que están indignados y que dicen que
aquí no sabemos tratar ni a los gatos callejeros, ni a los perros
vagabundos (una señora de Barcelona que ha venido de vacaciones en
avión con sus dos perritas me decía ayer que aún nos queda mucho para
ser europeos en esto) y hasta un inmigrante palestino, llamado Sharif,
y al que regalé un cachorro de mi gata Safo, me ha llamada para apoyar
la causa (ni que decir tiene que yo también apoyo la suya).
Por todas estas razones, que no son pocas, y porque Antonio Burgos, autor de varios libros sobre gatos de gran éxito y con el que me carteo a través e e-mails me a animado a escribir sobre el tema. Así, en la segunda quincena de diciembre, estando de vacaciones, comencé a escribir una colección de relatos autobiográfica sobre me experiencias con estos misteriosos animalitos. Con la esperanza de contribuir a que, de día en día, sea mayor el amor y el respeto hacia los gatos, y, en general, a todos los animales en nuestra ciudad y en toda la región, os iré desgranando, de vez en cuando, para este periódico de Antigua Digital, algunas de esas historias, en las que los gatos son un pretexto y un símbolo para hablar del mundo que nos ha tocado vivir. Ahí van dos de esas historias, escritas en Marruecos, por eso se trata de gatos “sin papeles”. Humphrey, el gato aventurero de Casablanca Cuando era todavía muy joven salí varias veces de viajes por Marruecos, ese cercano y misterioso país. Frecuenté mucho los hoteles de su ciudad más cinematográfica y abierta al mar, Casablanca. Solíamos quedarnos en El Magestic, un hotel que debió ser glorioso en otra época, pero que ahora se hallaba en franca decadencia, lo que le añadía un mayor encanto, si cabe. Una de las veces nos alojamos mi novio y yo en una habitación de la planta baja, que daba un patio interior. Por las noches, para ahorrar un poco, solíamos cenar en el propio cuarto un cucurucho de carne y patatas fritas. Una de esas veladas de “contigo pan y cebolla”, apareció, por la ventanita del cuarto de baño, un gato blanquinegro. Le di algo de comer. Era muy desconfiado, lo devoró y se fue. A la noche siguiente, apareció de nuevo y cenó con nosotros, ya más tranquilo. Le bauticé como Hamphrey, el nombre de pila del actor protagonista de la película Casablanca, Hamphrey Bogart, porque tenía también un cierto aire de seductor y aventurero. Fuimos cogiendo más confianza mientras pasaban los días de la semana en que nos quedamos allí. Todo ese tiempo estuvo viniendo a nuestra habitación sin que se enterara el servicio del hotel, y, después de compartir nuestro frugal refrigerio, estaba un ratito merodeando y curioseándolo todo y luego se iba por esos tejados de Dios o de Alá a través de la ventana del aseo. Hamphrey era bastante esquivo y no se dejaba acariciar apenas. Sin embargo, la víspera de nuestra partida, yo estaba acatarrada y me fui a la habitación un poco antes para descansar y hacer las maletas, Cenamos más temprano de lo habitual y guardamos, eso sí, una ración para Hamphrey dejándole el cucurucho de papel con su parte al lado del ventanuco del baño, que siempre estaba entreabierto, haciendo las veces de improvisada gatera. Me dormí enseguida, por el efecto de la pastilla, mi amigo prefirió bajar a tomar algo al bar del hotel porque no tenía mucho sueño. A medianoche, me despertó un leve roce en la cara, cuando miré a mi izquierda, vi con sorpresa, en el hueco libre de cama que dejaba la almohada, a Hamphrey acurrucado y ronroneando muy fuerte sentado a mi lado. Pensé ”ha venido a despedirse”. Sin duda ese gato listo y curtido por la vida había visto las maletas hechas al lado de la puerta y sabía que al día siguiente nos íbamos del hotel, así que decidió abandonar, por una noche, sus correrías nocturnas, como un pequeño homenaje a nuestra fugaz amistad. Fue bonito. Me volví a dormir, ahora acompañada por el dulce ronroneo de Hamphrey. Cuando, por la mañana, entró el sol en el cuarto sin persianas, ya se había ido. Le conté lo sucedido a mi chico, pero no se lo creyó. Dijo que un gato callejero magrebí sin papeles, que no se fía de nadie, era imposible que hubiera dormido conmigo. Sería un efecto del medicamento que me había tomado esa noche o un sueño que había confundido con la realidad. Aunque estaba segura de que era verdad, ya me había hecho dudar. Le di la razón. Sin embargo, hallé una prueba irrefutable en las gotitas de orín gatuno, no Chanel Número 5 precisamente, que encontré en mi bolso de viaje y me apresuré a limpiar con agua y jabón. Estaba claro, Hamphrey quería que me llevara su olor de macho árabe y posesivo por todos los lugares del mundo adonde fuese. A partir de entonces quedábamos unidos para siempre por un amor imposible, como el de los protagonistas de “Casablanca”. La Familia de Brahim y la gata preñada Otra historia de gatos me pasó el país marroquí cuando fui a la ciudad de Er- Rachidia, una villa fortaleza casi, ciudad militar del interior de Marruecos cercana a las famosas Dunas de Merzuga, un pequeño desierto muy bonito y visitado por los turistas. Me había invitado un amigo berebere para que conociera a su familia. Su padre era funcionario del ayuntamiento de esa ciudad y tenían su residencia en una modesta casa de adobe, muy fresca para el verano, en un barrio sin agua, donde había que ir a por ella a una fuente cercana. Para lavarse había que desplazarse a Los Baños con las demás mujeres y el servicio de la casa era un pozo ciego. En fin, toda una experiencia de austeridad. Estas gentes no eran pobres, porque vivían razonablemente bien para lo que era la media en el sur del país, pero tampoco les sobraba nada. En esa vida digna pero austera, nunca pensé que tuviera cabida un suceso como el que ahora os contaré. Una tarde, estaba yo leyendo un libro en el gran salón comunal que servía de comedor por el día y de dormitorio por las noches a la familia, los varones estaban fuera y las mujeres en sus tareas de hacer el pan y cocinar el cus-cus, cuando oí unos gritos que me sobresaltaron. Era la voz de la madre de mi amigo Brahim, en el pequeño cuarto de los trastos, a la entrada de la casa, haciendo muchos aspavientos. Como yo no podía hablar directamente con ella, porque sólo hablaba el bereber, y me entendía en francés, llamé a una de las hermanas, Jadiyá, que era la más culta y mi intérprete. Le pregunté que pasaba y porqué todas estaban tan contentas haciendo esos cantos que las mujeres bereberes realizan con la garganta y las vibraciones de la lengua cuando quieren mostrar que están alegres, hay una buena noticia o algo que celebrar. Salieron también algunas vecinas. Tardé poco en darme cuenta que el gran suceso era que una gata se había metida dentro del cuarto. Yo que pensé, ignorante de mí, que la iban a echar a palos de aquel hogar con escasos recursos, recibí una lección que ya nunca podré olvidar. Según me explicó la hermana francófona, se trataba de una gata preñada que estaba a punto de dar a luz. Según las creencias de los bereberes de la zona, el hecho de que la gata hubiera elegido ese hogar y no otro para tener sus crías era una gran nueva para la familia, que les traería un año de buena suerte y prosperidad. Ni que decir tiene que la gata debía conocer esa bendita superstición porque se había aposentado muy segura entre un montó de cajas y no se inmutaba. Le dieron agua y leche con pan mojado. Luego la alimentaban con sobras de la comida. Conforme pasaban los días, a la refugiada se le fue poniendo un mejor pelaje. Por fin, una mañana, amaneció recién parida con tres gatitos color blanco y miel, muy diferentes a ella, que era parda. Yo ya me tenía que ir, porque el trabajo me reclamaba, pero me contaron que los inquilinos gatunos se quedaron hasta que los más pequeños pudieron valerse por sí mismos y buscarse la vida. Ese mismo año se casó la más joven de las hermanas de Brahim con un médico de Meknes que había venido a trabajar hace algún tiempo a este rincón perdido de la geografía marroquí. La verdad es que la chica era encantadora y muy guapa, pero toda la familia creyó que el único motivo de esas nupcias, que aportaban una mayor estabilidad económica a toda la familia, el único mérito para la celebración de tan deseada boda, lo tenía la gata callejera y, sin embargo, mágica, que había elegido su casa para parir. Luego me enteré por otro amigo que Mahoma, en el Corán, pide respeto y veneración para todos los animales porque son hijos de Alá. En una ocasión, se tumbó a dormir bajo un árbol, cuando se despertó, un gato sesteaba también sobre su manto. Mahoma cortó el mando para poder levantarse sin despertar al gato. Parece ser que, a partir de entonces, entre los árabes, los gatos tienen algo de sagrados. |

