Opinión
El poeta pacense Faustino Lobato presenta en Mérida su libro "Quiebros del laberinto" Pilar Fernández |
| El poeta pacense Faustino Lobato presenta en Mérida su libro "Quiebros del laberinto" |
| Pilar Fernández Rodriguez |
| 24 ene 2005 actualizado 00:04 CET :: Leído 297 veces |
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Le
gusta pasear y hacer footing por las calles y plazas de la villa que
ahora le acoge en su seno, la fluvial y fronteriza Badajoz, pero nació
en la “ciudad de la cordialidad”, la vitícola Almendralejo, de donde
obtuvo su espíritu emprendedor y su capacidad de entusiasmo. Ha pasado
por Bélgica, donde conoció a Rainer Maria Rilke y se quedó enamorado de
sus “Poemas Franceses”.
Ha
trabajado con el colectivo gitano y, fruto de esa enriquecedora
experiencia, publicó en una editorial que “tiene mucho ángel”, “Uziel”,
sus “Poemas Gitanos”. También cree que puede patortar su granito de
arena para intentar cambiar el mundo y colabora con el Foro Alternativo
de Extremadura. Es asiduo de las tertulias pacenses del café La Regenta
y de las emeritenses de “Los Gallos”, y, aunque no le gustan mucho los
concursos y es un poco ácrata, ha ganado ya varios, entre ellos, uno en
Italia, otro en Montijo, en Badajoz y en San Vicente de Alcántara, éste
último con una carta de amor. Nos estamos refiriendo todo el tiempo al
poeta extremeño Faustino Lobato.
Puede impresionar, en una primera impresión, su apariencia: es un chicarrón que parece más del norte que de estos lares sureños, con una gran cabeza rapada y un aspecto que, inicialmente, asusta un poco. Pero eso sólo es antes de escucharle hablar. Su voz melódiosa y sus pausados gestos nos hacen sentirnos bien enseguida en su compañía, confiados, protegidos, casi a salvo. Su rebeldía no le ha llevado al sarcasmo ni a la amargura, sino a una infinita comprensión para con el ser humano. Es Faustino un amigo leal y un poeta magnánimo con los versos de los demás, algo poco frecuente por estos lares, donde predominan los arribistas y los tiralevitas, los que ponen la zancadilla y los que se matan por lograr una subvención a cualquier precio aunque sea el de pisar a sus compañeros. Por eso, es doblemente agradable conocer a alguien todavía puro y generoso, aunque sólo sea para variar. Pues bien, toda esta larga introducción me sirve para contarles que el poeta Faustino Lobato estuvo el sábado 15 de enero en Mérida donde asistió a la nunca suficientemente ponderada tertulia de “Los Gallos”. Una sesión, por cierto, a la que nos estamos refiriendo, que estuvo dedicada a conocer un poco más su obra y su persona. Mi amigo Faustino, con el que he coincidido alguna vez en la capital pacense en la tertulia del Café La Regenta, cónclave de poetas que me han dicho, por cierto, ya no es lo que era y está decayendo en la actualidad, cosa que me entristece; le he encontrado en las manifestaciones contra la Guerra y las concentraciones que organiza en Badajoz la asociación que defiende los derechos de los inmigrantes. Varias veces nos hemos visto en los recitales-degustación que organiza las Bodegas Coloma, o junto a Manolo Pecellín, otro grande de nuestras letras, en alguna presentación de libro. Desde hace unos meses el poeta acude puntualmente a todos los encuentros poéticos que organiza “Gallos quiebran albores” en Mérida. Pero, vayamos a lo nuestro. Comenzó el escritor su exposición hablando de las lecturas que le han nutrido a lo largo de su vida: desde los poemas de Miguel Hernández, descubiertos en su más tierna juventud, que despertaron su conciencia social, hasta los autores en lengua francesa como Baudelaire o Rimbaud. Pasando por un conceptual y, a la vez, sentimental, Pedro Salinas, por Rilke y Neruda, hasta autores más actuales y que, de muy distinta manera, cultivan la llamada ”Poesía de la Experiencia”, como Luis García Montero o Rafael Rufino Félix. Lobato hizo un repaso a sus colaboraciones aparecidas en la antología poética que todos los años edita el ayuntamiento de Badajoz con motivo de la Feria del Libro, “El Vuelo de la Palabra”, y pudimos apreciar la evolución que han experimentado sus versos, desde los más simples hasta aquellos en los que ha llegado a lograr un mayor virtuosismo formal. Sin embargo, aún no habíamos llegado al lucero de la mañana, la presentación y comentario de su última obra recientemente publicada por la editorial Nuevas Letras: “Quiebros del Laberinto”. Se trata un bello poemario que aparece en una caja azul. Hay que desmontarla, como si de un puzzle se tratara, y en su portada luce el buen hacer del pintor Juan Leyva, una lagartija que casi se muerde la cola, símbolo del laberinto, (por cierto, y haciendo un paréntesis, le mandamos desde esta página bohemia un abrazo muy fuerte al pintor y director de la Escuela de Arte porque hemos sabido que ha tenido últimamente graves problemas de salud, deseándole que se recupere pronto). Todo esto es sólo en cuanto a la apariencia del libro como producto editorial, ahora les hablaremos de su contenido. “Quiebros del Laberinto” es una obra dedicada a la ciudad de Badajoz tal como la vive y la siente el poeta. Como dice Rosa Rodiño en el prólogo, “a Badajoz, a su ciudad arrayana, atravesada de luz y de río, y, sin embargo, a veces, yerma y sin primavera, ha querido Faustino Lobato Delgado dedicarle versos”. Porque desde la civilización cretense sabemos que toda ciudad es, en sí misma, un laberinto, o una de las infinitas formas de laberinto que puedan existir. Ya nos advirtió Borges que el peor laberinto es el desierto donde estamos sólo frente al mar de las arenas. Toda ciudad es un laberinto, y, para el héroe, el poeta o el iniciado, como Teseo, hay que matar al Minotauro, es decir, al miedo, para hallar la salida. El laberinto de Faustino es su ciudad, Badajoz, con ese río impertérrito que ha conocido tantos esplendores y tantas miserias, con la maltratada Alcazaba Árabe que merecería mejor suerte, la vieja Puerta Palma, símbolo de la ciudad, y, desde allí al corazón de la urbe: la Plaza Alta, un territorio hoy abandonado donde la actual ciudad le da la espalda a lo más sentido y real de su verdadera esencia. Poesía peripatética, de paseante solitario y observador que habita, siente y sueña una ciudad a la medida del hombre, como lo hicieron los atenienses. Una villa menos maldita y más humana, un enclave fronterizo donde se confunden la crueldad y la melancolía, el dolor y la ternura, como en los quiebros flamencos de los tangos de Porrina. Nos sentimos identificados con el poeta cuando canta a esos grandes descampados de la urbe donde parece que se han detenido las excavadoras y volvemos a recuperar, no sin sorpresa, el campo o un trozo de jardín. La idea de ciudad a medio camino entre dos países, dos realidades, dos mundos, de territorio de nadie, se hace especialmente evidente en poemas como los dedicados al Barrio de la Estación: ”Huele a río, / a Campomaior huele / este barrio / a trozo de jardín. / Todo queda lejos,/ y está cerca,/ todo queda allí,/ pero no el viento,/ ni la memoria. |

