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Pilar Fernández
El gato pirata de Estambul
Pilar Fernández   
24 feb 2005 actualizado 15:51 CET :: Leído 274 veces
Aquella noche acababa de aterrizar hacía una hora en la hermosa ciudad turca de la Mezquita Azul junto con mi grupo, formando parte de unaexcursión organizada. Llegamos al hotel y nos duchamos. Al abrir la ventana, lo primero que me extrañó fue ver en el jardín una especie de lápidas con turbantes, como si allí mismo hubiera un cementerio. En realidad, luego supe que lo había.


Los turcos conviven con gran familiaridad con la muerte y no es raro encontrar un campo santo en medio del bullicio de la ciudad, convertido en jardín, e incluso, con terraza donde poder degustar el té de manzana.

Nos vestimos y hubo que salir a cenar algo aunque ya era demasiado tarde. Todos los restaurantes para turistas estaban cerrados, así que nos sacaron unas mesas a la calle en una especie de casa de comidas que daba a un claro de terreno sin asfaltar y rodeado de árboles.

Todos ocupamos nuestro lugar en el festín y, cuando nos disponíamos a empezar a comer, un gato que salió de no se sabe dónde, dio un salto y cayó sobre mis rodillas, extendió su lomo en mis muslos y se puso a maullar reclamando parte de mi ración.

Era de color canela, con manchas, un poco atigrado, estaba flaco y no tenía muy buen pelaje, seguro que de callejear demasiado y no comer mucho. Lo más llamativo de su aspecto era que le faltaba uno de los ojos, de color miel. Era un gato tuerto de Constantinopla, un pirata de los siete mares de la vida que había venido a recalar en mi regazo.

Ni que decir tiene que compartí mi comida con él, no sin algún gesto de rechazo por parte de los comensales, que mostraban todo tipo de escrúpulos: te va a pegar algo, está sucio, tendrá pulgas, tienes que desinfectarte después... y, los comentarios más piadosos: al pobre le falta un ojo ¡qué horror!. Alguien le habrá maltratado. Será fruto de una pelea. Necesitaría ser desparasitado. "Y también un parche, como la princesa de Évoli", añadí yo, en tono de sorna.

El hecho de que hubiera caído sobre mí "llovido del cielo" este gato pirata, me había convertido, sin esperarlo, en el centro de la excursión. Todos opinaban sobre el curioso incidente, incluso aquellos que se habían mostrado antes más insociables o las parejitas que sólo tenían ojos para su amor. El gato había servido para unir al grupo, lo que no había logrado el guía a lo largo de todo el trayecto, lo consiguió el gatuno turco con su inesperada aparición.

Cuando mi nuevo amigo terminó de comer se quedó todavía un ratito sobre mis piernas, que no son delgadas, precisamente, así que estaría como nosotros en el sofá de casa, imagino, a la hora de la siesta.

Mientras degustábamos los postres, dio otro certero salto y se perdió en la oscuridad de la noche. Bien sabido es que a los gatos no les gusta el dulce, sus papilas gustativas lo rechazan como los humanos lo amargo.

Quizá le quedaba todavía un largo trayecto hasta su refugio. En esta ocasión, había tenido suerte, tenía la barriga llena y dormiría plácidamente, casi hasta el mediodía, sobre la superficie fresca de una lápida de mármol con turbante en algún cementerio-jardín de Estambul.

 
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