Pilar Fernández |
| El gato filósofo Sócrates |
| Pilar Fernández Rodriguez |
| 23 mar 2005 actualizado 16:10 CET :: Leído 327 veces |
El
primer gato que tuve el privilegio de acoger en mi casa fue un filósofo
a la manera de Horacio, amante de la vida del campo: Sin embargo, le
llamé Sócrates.Había nacido en Mirandilla y mi amigo, el pintor Obdulio, por temor a que le pasara como al resto de la camada, que se murieron después de que la madre se envenenara, no se sabe cómo, y dejase este mundo sin terminarlos de criar, me lo trajo a Mérida en una cestita. Él mismo se lo habría quedado, al igual que hizo años después con Macarena, una gata blanquinegra preciosa, pero en aquel momento tenía que realizar un viaje a Nueva York y no podía hacerse cargo de él. Yo ya vivía en mi piso de soltera y nunca había tenido gato hasta entonces. Lo acogí con un poco de precaución, como todos los gateros principiantes. Se ha dicho y oído cosas tan horribles sobre estos pequeños felinos que, aunque te parezcan adorables, el subconsciente intoxicado de tanta información errónea, una cosa parecida a la publicidad electoral, se queda un poco bloqueado y no sabe si dejarse llevar por la intuición, que nunca falla, o dejarse arrastrar por la propaganda. En mi caso, venció la primera y me quedé con Sócrates. Hay que decir que este nombre se lo fue ganado a pulso día a día, porque es sabido que un gato recién adoptado no tiene nombre. Eso es lo más terrible que le puede pasar a un gato, a un perro o a una persona. No tener nombre es no tener identidad, es que nadie te conoce ni sabe de ti, y más grave aún, nadie quiere saber. Así que, ante la urgencia, estuve observándole durante una semana y me pareció adecuado ponerle tan ilustres apelativo ateniense. Sócrates era blanco y gris, un gato romano o común, sin apellidos ni pedigrée, le gustaba escuchar música clásica, y, si quería que se estuviese quieto, le ponías Radio 2 y allí se quedaba, junto al transistor, moviendo las orejitas al son de los compases. Era un gatito de apenas tres meses y ya se podía apreciar en él que se tomaba la vida con filosofía. "Sólo sé que no sé nada" era su lema favorito. Por eso solía introducirse en la lavadora cuando la dejaba abierta después de recoger la colada para tenderla o al menor descuido. "¡Cualquier día te voy a lavar con la ropa de color!" Le censuraba yo, pero su curiosidad por saber que se escondía dentro de era especie de gran vagina de acero inoxidable con una puerta redonda, como la de los camarotes de los barcos, le hacía deslizarse dentro una y otra vez. Sócrates también tenía la extraña costumbre de pasar las tardes de verano, cuando el calor más aprieta, en el cuarto de baño, enroscado dentro del bidé. Era su lugar favorito a la hora de la siesta. Debía ser porque la superficie estaba aún fría por el paso del agua y a que era, sin duda, el lugar más fresco de todo el piso. Los gatos tienen una especie de radar que les hace encontrar el sitio más caliente en invierno y el más fresco en verano. Allí se quedaba largas horas, cabizbajo, como meditando, hasta que pasaba la calorina y abríamos las ventanas. Entonces, salía a pasar la noche en la terraza. Su afición a salir a tomar el aire fue la causa del comienzo de sus desgracias. Una noche del mes de julio en la que yo tenía abiertas las ventanas de todas las habitaciones para refrigerar la casa, Sócrates se quedó dormido en el poyo de una de las ventanas que daba a un patio de luces. Yo estaba viendo una película de vídeo con un amigo en el salón, y, de pronto, oímos un maullido como de lamento. Salí rápidamente hacia el último cuarto en el que había visto entrar a Sócrates y me asomé a la ventana. Le vi abajo sin poderse mover y maullando desesperado. Había caído del cuarto piso. ¡Menudo susto!. Mi amigo bajó a por él y, para rescatarle, tuvo que saltar . Lo trajo con mucho cuidado y lo envolví en una toalla. Era Sábado por la noche y el teléfono de la clínica veterinaria no contestaba. El animalito apenas se movía, una de las patitas estaba rota, pero el verdadero peligro era que tuviese una hemorragia interna. Busqué en "Las Páginas Amarillas" y venía un veterinario que atendía a cualquier hora casos de urgencia. Llamamos. Nos dijo que fuéramos inmediatamente. Cogimos un taxi y yo creía que el corazón se me salía por la boca. Tras examinarlo, el veterinario nos tranquilizó. No parecía nada grave. Sólo que no se movía por el shock traumático. Sólo se había mordido la lengua, por eso tenía algo de sangre, y se había roto una pata. Le escayoló y le puso dos inyecciones: un tranquilizante y un calmante. "Hay que ayudarle levantarse para hacer pis y darle de comer porque debe estar todo el tiempo boca arriba". Quince días me pasé cuidándole y más de una vez se me orinó encima, el pobre. A veces, cuando le cogía en brazos y estaba un poco distraída, sacaba su aparatito, que como se sabe los gatos lo tiene oculto, el meado salía como un surtidor y lo ponía todo perdido. ¡Vaya dos semanitas que me hizo pasar! Después, cuando ya se notó restablecido, él mismo se quitó la escayola. Andaba cojeando un poco, pero eso sólo fue al principio, luego quedó bien. Sócrates estuvo algún tiempo más viviendo conmigo, pero como le tiraba más el campo que la ciudad, se escapaba, a veces, y luego volvía hecho un Cristo de haberse peleado con algún macho de la vecindad. Tal vez quería volver a su tierra de origen. En vista de sus dificultades de adaptación, decidí dárselo a un chico de Mirandilla que era estudiante en Mérida y quería un gato. Le conté que me lo habían traído de allí y que, así, volvería a su pueblo natal. Este chico lo cuidó muy bien y estaba contento con él. Yo lo veía de vez en cuando y me contaba de sus correrías por los campos cercanos y de sus amoríos con las gatas. Pasó algún tiempo y no volvía a ver al muchacho. Una tarde me lo encontré en la parada del autobús que va para los pueblos, en la calle Legión V, junto al centro de Profesores. Me saludó un poco triste y me contó que Sócrates, no se sabe cómo, había sido envenenado. Volvió raro después de una de sus escapadas y ya nada se pudo hacer por él. Falleció a las pocas horas. Es curioso el destino de los humanos y también el de los felinos. Sócrates había muerto de la misma manera que su madre y del mismo modo que el filósofo griego que le daba nombre. Aprendí que hay que ser más prudentes a la hora de bautizar, y que, a menudo, no se puede cambiar el destino, ni el de los seres humanos, ni el de los gatos. |