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Pilar Fernández
Dafne, la ninfa de los ojos verdes
Pilar Fernández Rodriguez   
07 abr 2005 actualizado 09:59 CET :: Leído 364 veces
ImageEn la leyenda clásica, Dafne era una ninfa muy hermosa de la que se enamoró el bello Apolo. El dios del sol, seguro de sus encantos, corrió tras ella por el bosque, intentando alcanzarla, en una larga persecución. Dafne no quería entregarse a los encantos de la divinidad a la que fueron consagradas las artes adivinatorias y la poesía, imploró el favor de los demás dioses, y, cuando Febo estaba a punto de tocarla, se transformó en un hermoso laurel. Con ello permaneció para siempre fuera del alcance de Apolo. Este es, en síntesis, el mito.

Ahora os explicaré el motivo por el que le puse este nombre a la gatita que ahora nos ocupa. Como ya conté la semana pasada, Dafne fue una de las tres hijas de la única camada de Sapho y Caramelito. Sus hermanas abandonaron pronto la casa y ella se quedó conmigo.

Dafne tuvo la suerte de disfrutar más que las demás de las atenciones de su madre. Aunque, con el tiempo, ambas se hicieron amigas y se olvidaron de que eran madre e hija. Dafne se llamó así porque fue la única de las trillizas que tenía los ojitos verdes y una gran habilidad para la carrera y para la caza. Desde muy chiquitita solía hacer largos de ida y vuelta por el pasillo detrás de alguna pelota, aunque prefería los rollos de papel que yo desechaba y haciéndolos una bola se los tiraba.

El ruido del folio al arrugarse y su poco peso eran el balón de fútbol ideal. Los escondía por toda la casa, y aparecían luego, los domingos por la mañana, a la hora de limpiar, detrás del sofá. Le encantaba también cazar los saltamontes o las moscas que tenían la desgracia de colarse por el balcón o las ventanas del piso. No pedía ayuda a nadie, se entretenía torturándolos y luego se los comía, con la misma delicadeza con que nosotros degustaríamos una langosta o una codorniz.

Esta actitud, un tanto cruel, contrastaba con la dulzura de su ronroneo cuando la cogías en brazos y la belleza de su carita muy redonda y de facciones femeninas perfectas. Cuando tenía tres meses era un bebé gatuno ideal, gordita y mimosa.

Yo creo que, en ella, se fundían la belleza de su madre, Sapho, y la bondad de su padre, Caramelito, con ciertas reminiscencias del no muy lejano parentesco con el lince (dado su cuerpo atigrado de color gris y miel) que le dio desde siempre un "toque salvaje" que no ha perdido ni con los años. Si la mayoría de mis gatos han sido más bien mansitos, ella ha conservado ese aire asilvestrado de la ninfa Dafne, ese algo irreductible que la hace más respetada y misteriosa.

Con su compañera Sapho tuvo temporadas en las que congeniaron y se llevaron muy bien, pero, con la llegada a casa de Orfeo, comenzó la rivalidad entre ellas. A pesar de todo, Dafne, en el amor, siempre fue la más sumisa y complaciente con el macho, a veces hasta límites de auténtica humillación. Mientras que Sapho era orgullosa y hacía que Orfeo se molestara en cortejarla.

Por su entrega incondicional, se puede decir que Dafne ha sido la verdadera esposa de Orfeo a lo largo de toda su vida. Un amor compartido que tuvo sus altibajos e infidelidades, como casi todas las parejas. A la muerte de Sapho, por esa infección misteriosa que la llevó a marchitarse, como una flor, en la mesa de operaciones, se quedaron los dos solos.

El gran deseo de Dafne, tan pasional y tan enamorada, era darle descendencia al macho de la piara. No tuvo suerte en eso, la pobre. En dos ocasiones se quedó preñada y pasó unos embarazos muy molestos, con vómitos y hemorragias. Las dos veces me llenó los más secretos rincones de la casa de una especie de "gatitos frikis" que habían nacido muertos y deformados con unos cabezones muy grandes. La primer vez se recuperó pronto, pero la segunda, perdió tanta sangre, que temimos por su vida. El veterinario la esterilizó por su propia seguridad y hubo que ponerle un tratamiento de hierro y vitaminas. Yo me dediqué a la penosa tarea de recoger los abortos de gatitos, meterlos en una caja de zapatos y tirarlos al contenedor.

Dafne estuvo mucho tiempo deprimida y su pelo ralo y escaso era la señal de su mal estado físico y anímico. Orfeo hay que decir que estuvo a la altura de las cinscunstancias, todo el tiempo a su lado, le lamía la cabecita con su lengua rosada, consolándola todo lo que podía. Se portó como un buen marido. Pasaban largas horas tumbados juntos en el sofá o encima de mi cama y ya no se veía a Dafne dar carreritas por el pasillo Para carreras estaba, tan debilitada y flaca. Con la medicación y los cuidados fue mejorando y, poco a poco, se sintió mejor.

Como yo seguía echando mucho de menos a Sapho, decidí comprarme una gatita siamesa que tenían a la venta en una tienda de animales frente al colegio de las Escolapias Se llamaba "El Arca de Noé", luego, con el tiempo, la han cambiado de sitio. Por esa época, yo solía salir a pasear por los puentes todas los días y pasaba por delante del escaparate sobre las cinco y media de la tarde. Me paraba para mirar a una camada de gatitos siameses que iban desapareciendo de día en día, porque los compraba la gente, hasta que sólo quedó una gatita que estuvo allí varias semanas y no se la llevaba nadie.

Una de esas tardes en las que regresaba cansada de andar por el Puente Fernández Casado, no pude resistir más, entré y me llevé esa gatita. Me costó seis mil de las antiguas pesetas. Era hembra y siamesa. Igual que Sapho cuando pequeña. Estaba un poco delgada porque no le sentaba bien lo que le daban de comer. Con tres meses, un retaco, me la metieron en una caja de cartón y vino camino de casa. Le puse de nombre Sapho dos y desde su llegada al hogar congenió mucho con Orfeo, pero poco con Dafne. Él la cuidaba como si fuese su hija pequeña, pero Dafne, que yo quise que la adoptara para superar la maternidad frustrada, no le hacía ni caso y siempre la vio como una intrusa.

Cosas curiosas que tiene el destino: Orfeo tuvo durante bastante tiempo esposa (Dafne) y amante (Sapho dos). Con la primera mantenía una relación como mandan los cánones. Dafne siempre fue "la legítima", y, como dice la copla, Sapho Dos hizo el papel de "la otra". Como resultó que la querida era muy prolífica y tenía unas camadas de gatos preciosas y abundantes, de seis y ocho bebés, no dando abasto para criarlos, Dafne le ayudó con las crías. Se quedaba con ellas cuando Sapho iba a comer o a dar una vuelta y les proporcionaba calor con su cuerpecito. Así se realizó como madre, aunque fuera con hijos ajenos.

Después de la fuga de Sapho dos, que se fue de casa, ya os contaré otro día el motivo, Dafne y Orfeo se quedaron definitivamente solos, como un viejo matrimonio de toda la vida. Y así siguen hasta el momento.

Espero que vivan muchos años, aunque Dafne ya tiene 11 y esa es una edad muy tardía para los gatos. No digo que no sufra de algunos achaques, pero está bien cuidada y disfruta de los placeres sencillos como dormir sobre el scaner de mi ordenador o escuchar el canto de los canarios de la vecina del tercero todos los días al atardecer.

A Dafne le dediqué una vez la siguiente poesía:


Las pupilas gazules,
el gris de su pelaje,
hablan de un no lejano
parentesco con el lince.
Parda, como una sombra,
se desliza,
esquiva y recelosa,
añorante del tiempo de la caza.
 
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