Pilar Fernández
10 abr 2006
actualizado 14:43 CET :: Leído 2116 veces
Aunque yo sea, como Antonio Machado, más partidaria del “Cristo que anduvo en la mar” que “del Jesús del madero”, llega la Semana Santa y nunca encontraremos un momento más adecuado para hablar del poder de la cruz (o de las cruces), símbolo del Cristianismo, pero también emblemas ancestrales de las encrucijadas. Las cruces, del tipo que sean, han marcado la vida del ser humano desde la antigüedad, le han ayudado a evolucionar espiritualmente y se han convertido en un elemento religioso, mágico y esotérico muy poderoso.
En nuestra cultura cristiana, la palabra “Cruz “ nos remite al crucifijo y la vinculamos al más representativo de nuestros atributos religiosos. Sin embargo, a lo largo de la historia de las civilizaciones, el símbolo de la cruz ha tenido muchas otras lecturas. Ignoramos en que momento trascendió y se transformó en un emblema, pero sabemos que está ligada al trazo de dos líneas, una vertical y otra horizontal y con las encrucijadas o intersecciones de los caminos.
Por lo general, cuando dos líneas rectas se entrecruzan se produce una intersección y se unen en un solo puntos. Según su orientación, formarán una figura que nos recordará la cruz. Pero, dejando a un lado las definiciones propiamente geométricas, el punto de intersección es, de manera alegórica, el principio y el final, la unificación de los esfuerzos, los logros alcanzados. Otros lo ven como el centro del universo. De ahí que, en casi todo el mundo, la mayoría de las cruces se interpreten como una manifestación de la divinidad.
La encrucijada es un cruce de caminos y, por tanto, un trasunto real del símbolo de la cruz. Las leyendas populares aseguran que en las encrucijadas se dan cita los duendes, aparecen los demonios y los místicos deciden cual es la ruta verdadera que deben tomar. Desde el punto de vista espiritual, la encrucijada es un punto neurálgico en el que tiene lugar todo tipo de manifestaciones tanto divinas y angélicas, como fantasmales y demoníacas.
El poder de los cruces de caminos reside en que, según se cree, en ellos confluye la energía de la vida, lo mismo que sucede en la intersección de la cruz. Pero alguna leyenda también señala que en una encrucijada podemos hallar la puerta mágica que da acceso a otros mundos, a otros estados de conciencia, a una nueva existencia transcendente.
Para los “Bambara” de Mali, por ejemplo, el cruce de los caminos es el lugar donde se manifiestan los espíritus protectores de los antepasados. Entre los “Ciseggra” africanos, en las encrucijadas se pueden desvelar los secretos y son el mejor lugar para practicar la adivinación.
En cualquier caso, constatar que la cruz nace de un punto que se expande. El punto de origen o de intersección de la línea que, recordemos, es el principio y el fin, representa la manifestación de la divinidad. A través de sus brazos, la cruz quiere recordarnos las dos naturalezas que existen dentro del ser humano: la humana y la divina. Se refiere a nuestra condición material o física y a la psíquica o espiritual.
En definitiva, la cruz nos enlaza con el cielo, lo intangible, y, a la vez, con la materia de la tierra. Es un punto referencial para el ser humano, ya que le habla de su propia naturaleza. La línea vertical alude a la esperanza de ascender a los cielos y obtener de ellos la vida eterna. La horizontal, sin embargo, se refiere a la caridad y a la capacidad de perdonar a nuestros enemigos.
Pero, hay distintos tipos de cruces. No todas son iguales. Conozcamos algunas de las que han acompañado al hombre a lo largo de la historia.
La Cruz Clásica: tiene dos brazos y se asemeja al símbolo de la operación aritmética de la suma. Manifiesta el equilibrio total y absoluto de las cosas porque la línea horizontal está en el centro de la vertical.
La Cruz Cristiana: También tiene dos brazos, pero el horizontal está por encima de la mitad de la línea vertical. Nos invita, así, a obtener la armonía desde la espiritualidad, ya que el brazo horizontal está más cerca del cielo. Por ello representa a la divinidad.
La Cruz Demoníaca: Es una cruz cristiana invertida, es decir, boca abajo. La línea horizontal está por debajo de la mitad de la vertical. Anima a buscar el placer a través de lo material y de los bajos instintos, abandonando, por tanto, lo espiritual.
La Cruz en Equis: Es similar al símbolo matemático de la multiplicación: una equis, como su nombre indica. Aunque la usemos para tachar o anular algo, es un tipo de cruz que permite la obtención del equilibrio mediante la puesta en marcha de las fuerzas materiales unidas a las espirituales.
La Tau: Tiene la forma de una T mayúscula y representa el hecho de vencer a la muerte a través del sacrificio. Nos habla de que, a pesar del sufrimiento que tendremos en vida, no evitaremos la llegada de la muerte, aunque esta puede ser más dulce cuento más evolucionados espiritualmente seamos.
La Cruz de Lorena: Tiene dos travesaños horizontales, una en el centro más largo y otro arriba más corto. Fue muy frecuente en Grecia. Es una cruz de sacrificio y de renuncia. La línea horizontal más pequeña y superior marca el destino del ser humano, mientras que la central y más larga son los brazos de Cristo que nos acogen en su seno. Una versión de esta cruz, a la que se añaden dos ángeles abajo, es la famosa “Cruz de Caravaca”, muy milagrosa e infalible contra el mal de ojo, procedente de la famosa localidad murciana del mismo nombre.
La Cruz de Tres Brazos: Es igual a la anterior, pero con otro bazos más. Es decir, dos brazos horizontales más pequeños en la parte de arriba y uno grande debajo. Según una ley eclesiástica que data del siglo XV, sólo puede ser utilizada por los pontífices. Es el símbolo en el que acaba el famoso báculo papal elaborado en oro. Significa el poder de la jerarquía de la iglesia, y es, junto con el gorro cardenalicio y la mitra episcopal, uno de sus atributos más sagrados.