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Pilar Fernández
“Consumo, luego existo”
Pilar Fernández   
02 ene 2005 actualizado 20:00 CET :: Leído 443 veces
Un año más estamos en plenas fiestas navideñas y empieza a hacerse realidad la versión trivializada, revisitada, del viejo aforismo de René Descartes “Pienso, luego existo”, que sería la frase con la que hemos encabezado este artículo: “consumo, luego existo”.

Parece que desde el siglo XVIII hasta el XXI los seres humanos hayamos evolucionado poco, ya que, mientras para nuestros ancestros la facultad de pensar era la que definía la esencia del hombre, parece que ahora lo que nos define, ante un sociedad cada día más materialista y anodina, es la facultad de consumir, comprar, adquirir, acumular, en fin, todos esos verbos.

Si eso es una constante a lo largo de todo el año, aunque nos controlemos un poco por aquello de que todo está muy caro con los euros, no me llega el sueldo, tengo la cuenta en números rojos, etc... al llegar la Navidad parece que nos dan patente de corso para el despilfarro, la diarrea consumista se agudiza y hasta está bien vista. Es la época ideal para derrochar, en la que los compradores compulsivos pasan desapercibidos, porque, ahora, todos lo somos.

No hay nada más que darse una vuelta por los grandes centros comerciales: todo se agota: da igual que sea el estuche de “Los Increíbles”,  la película de “Gardfield”, el turrón de chocolate o la nata montada. Es inútil empeñarse en encontrar aquel ingrediente que me falta para un plato de la cena de nochebuena, o unas simples guidas rojas para decorar el postre. Parece que por los largos corredores de los hipermercados hubiera pasado un ciclón que arrasara con todo.

Ya no eres nadie si no te has comprado el último móvil con cámara incorporada, la TV con pantalla plana, la cámara digital, el lector de CD para el coche, la secadora, el DVD...
Este año la colonia más cinematográfica, la bufanda a rayas más atrevidas, la cazadora de piel del color más impensable, aunque no te combine luego con nada, pero no importa, porque eres más original. En fin, que nos volvemos locos de remate.

En estos días de stress postcompras y de sobredosis de tiquets, no puedo evitar recordar con nostalgia como eran antes, cuando todavía no nos había asolado este terremoto, en los tiempos de la infancia, estas mismas fiestas navideñas. Mucho más pobres, es verdad, pero también más bellas y más sencillas. Todos los años tu abuela cocinaba el dulce de batata o el pavo de toda la vida y nos juntábamos para poner el belén, íbamos a buscar musgo al campo para decorarlo o se reciclaba el viejo motor de la lavadora rota para mover el agua del molino. Es posible que los Reyes sólo te trajeran uno o dos regalos, pero los esperabas con ilusión y los compartías con los amigos.

Para quienes tengan un sentimiento religioso, quizá las cosas sean todavía diferentes, pero me resulta difícil poder conjugar el espíritu de verdadero cristianismo, que predica la austeridad y la caridad con los demás, con unas fechas en las que se potencia cada vez más el individualismo y el materialismo.

Frente a la tan repetida frases de “todos somos consumidores”, yo os recordaría otra mucho más evidente, pero que se nos olvida a menudo, “todos somos pensadores, seres racionales, seres humanos, en definitiva”. Volvamos a dar sentido a la reflexión en nuestras vidas y compremos con cabeza y corazón. Todo exceso tiene su cara amarga. ¡Nos vemos en la cuesta de enero!
 
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