Pilar Fernández |
| Cleo y el aroma de las rosas de té |
| Pilar Fernández Rodriguez |
| 16 mar 2005 actualizado 17:25 CET :: Leído 316 veces |
Aquel
mes de septiembre decidimos viajar a Portugal un grupo de amigos para
hacer camping. Pasamos unos días de relax en Ericeira, donde pusimos
nuestra tienda en un bello pinar junto a la playa. Por lasmañanas nos
despertaba la luz y el olor de las piñas, aún verdes. Frecuentábamos el pueblo y sus terrazas donde charlar largamente sobre todo lo divino y lo humano. Paseábamos al borde de sus acantilados donde anidan las gaviotas. En la paz del ecuador de las vacaciones, uno de nosotros recibió la llamada de un pariente que había alquilado para todo el mes una casa señorial en la antigua villa de Sintra y le invitaba a pasarse a verle. Este amigo no quería dejarnos y propuso que fuéramos con él hasta allí. Tras una larga noche de juerga por la zona del puerto de Ericeira y de embalar adecuadamente, para no pincharnos, los caparazones de erizos marinos, recuerdo de la ciudad, partimos, todavía dormidos, en el coche de segunda mano de Solbella, hacia el enclave más centroeuropeo de todo el país luso, la señorial Sintra, bella hasta en el nombre. Durante todo el viaje fuí recitando, de memoria, el famoso poema de Pessoa (o mejor será decir de su heterónimo Alvaro de Campos) "Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra". Llegamos a primera hora de la tarde, recuerdo la luz cenital del sol entre el boscaje, las verdes montañas pobladas de coníferas y de helechos, las dos enormes chimeneas en forma de grandes conos del Palacio Nacional, en la misma plaza de la villa. Nos paramos a tomar un café y buscar la casa solariega que los familiares de Ángel habían alquilado para todo aquel septiembre. Tras una peregrinación por varios palacetes que no eran el lugar indicado, dimos con una mansión de piedra gris. Tenía una pequeña fuente a la entrada, en un jardín poblado de grandes macetones con hortensias gigantes, de un tamaño y color que nunca había visto. Eran azuladas y rosáceas, con grandes tallos, su colorido contrastaba con lo austero de la fachada. Nos abrió una chica muy delgada con ropa deportiva. Luego supimos que se trataba de Paola, la novia de Pedro, el primo de nuestro compañero Ángel. Entramos y nos invitaron a tomar un refresco. El salón era muy amplio y confortable con dos grandes sofás llenos de cojines que, a esa hora, nos invitaban a la siesta. Cuando ya tuvimos un poco de confianza, les preguntamos cómo habían conseguido ese "chollo" de pasar un mes en semejante palacio. Nos contó Pedro todo lo que quisimos saber acerca de su buena relación con Gloria, la dueña de la casa, que todos los veranos se va un mes a Inglaterra, ya que tiene una hija en Liverpool, y busca a alguna persona de confianza que le cuide su mansión y el jardín a cambio de un descuento en el alquiler. Aunque parezca increíble, Pedro había contactado con ella por Internet. Todo había sido muy fácil. En el lote de las obligaciones para con Gloria, además de regar las hermosas hortensias y los rosales del jardín, estaba incluida también la alimentación y el cuidado de Boby, un perro San Bernardo y de Cleo, una gata siamesa. Los dos se habían criado juntos y convivían sin problemas. Nos dejaron quedarnos unos días con ellos a condición de que durmiéramos en el exterior y tuviéramos mucho cuidado con los jarrones de porcelana china, no cortásemos una sola flor y venerásemos a los dos animalitos como si de las niñas de nuestros ojos se tratase. Ni que decir tiene que aceptamos inmediatamente. A lo largo de la semana que estuvimos allí, las jornadas transcurrían lentamente, como si se nos hubiera contagiado también a nosotros el ritmo pausado, decimonónico, de tal señorial ciudad. Nos levantábamos temprano para explorar la villa y los alrededores. Más de un día subimos a pié al "Palacio da Pena" o al "Castillo de los Moros". Nos parábamos a desayunar en algún recodo del camino un poco de pan y sandía fresca para luego seguir la marcha por el empinado sendero, entre grandes pinos. Las tardes las dedicábamos a la lectura en el gran salón o en las hamacas del patio, y por las noches la conversación fluía caudalosa, como el agua de la fuente de piedra, hasta bien entrada la madrugada. Entonces, extendíamos nuestros sacos de dormir por turnos, unas noches dentro, y otras, fuera. Yo prefería dormir en el jardín, a la luz de la luna, con el surtidor y su monótono caño que invitaban al sueño. En estas ocasiones, nos acompañaban los animales: Boby y Cleo. El perro, como manda la tradición, era incondicional todas las veces; la gata, según tuviera o no alguna cita amorosa. Cuando estaba en celo, Cleo nos dejaba para saltar el seto y buscar a algún apuesto macho del vecindario. Cuando volvía, a la mañana siguiente, tenían mucha hambre y un sueño atroz que la mantenía enroscada toda la mañana en su sillón preferido. Cleo era una siamesa muy bella. Tenía algo de esas estatuas egipcias de los libros de arte, un porte y un perfil que recordaban el busto de Nefertiti. Cuando la pillabas de buenas, pasaba la velada en el umbral de la puerta, el lugar más fresco, junto al macizo de rosas. Su nombre estaba claro que era un diminutivo de Cleopatra y yo comprobaba, día a día, que tenía los mismos gustos exquisitos que la reina egipcia. Le gustaba la leche tibia en un tazón por las mañanas, Cleopatra ya saben que se bañaba en leche de burra para cuidar su piel; prefería el olor, más intenso, de las diminutas rosas blancas de té, Cleopatra arrojaba pétalos de rosa en su lecho; y tampoco le iba a la zaga a la heredera del imperio de alejandrino en su colección de amantes de todas las edades, desde el galán maduro, su peculiar Julio César, hasta el joven inexperto y apasionado, su Marco Antonio gatuno. Pasamos una semana muy enriquecedora en su compañía y en la del bueno de Boby, que era un cielo de perro. Un perro objetor de conciencia y pacifista, amigo de los gatos. Todavía me despierta, a veces, el leve roce de uno de mis gatos, mientras duermo, y me parece volver a oler, al amanecer, las rosas de té del jardín de Cleopatra. |

