Pilar Fernández |
| Arcano Número 9 del tarot: “El Ermitaño” |
| Pilar Fernández Rodriguez |
| 13 jul 2005 actualizado 09:27 CET :: Leído 321 veces |
|
La
estampa de un viejo peregrino que se apoya en un bastón y lleva una
túnica para resguardarse del frío, no sería tan original si el
personaje de "El ermitaño" no complementara su atavío portando una
especie de candil en la mano derecha. Todos los indicios apuntan a que
esta lámpara remite a la famosa "linterna" de Diógenes, de hecho, otro
de los apelativos con que se conoce este naipe es, precisamente, el
nombre del filósofo griego.
Recordemos
un poco la historia: Diógenes fue un filósofo nacido en Atenas que
practicó el ascetismo más rígido viviendo en un tonel de vino en plena
calle. Nunca escribió sus teorías, pero trató de inspirar en quienes le
escuchaban el desprecio por los placeres y las convenciones sociales,
así como el retorno a una forma de vida más sencilla. Según una
conocida leyenda, reveladora de su actitud cínica, en una ocasión se
puso a buscar por la ciudad de Atenas, a plena luz del día, con una
linterna encendida, un hombre que mereciera tal denominación, y no lo
encontró.Relacionado con Diógenes, "El Ermitaño" del Tarot recoge buena parte de sus principios: desprecio por las vanidades del mundo, aislamiento, ascetismo, meditación, austeridad, pobreza y castidad. Lo más llamativo de este arcano es que ha admitido, a lo largo de los siglos, algunas curiosas variantes. Por ejemplo, en una baraja de tarot editada en la ciudad italiana de Bolonia, que data de época renacentista, no aparece con bastón y lámpara, sino con muletas y alado. Más extraño, si cabe, es "El Ermitaño" de la colección de naipes de Carlos VI en la que lleva un reloj de arena en lugar de la linterna, lo que alude al dios del tiempo, Cronos. Han existido, por consiguiente, todo tipo de especulaciones acerca del origen de esta carta. Su significado suelen interpretarlo los expertos como opuesto y, a la vez, complementario, del número 5: "El Sumo Sacerdote", mientras éste representa el pontífice de la religión oficial, ortodoxa, el responsable de La Iglesia y el Pastor del Rebaño; ahora se trataría, más bien, del Maestro, en el sentido en que lo emplean los budistas, el depositario de la sabiduría, el gurú, el guardián de los secretos. En la terminología jungiana El Ermitaño es una de los arquetipos más poderosas: el del "Viejo Sabio", al igual que Lao-Tzu, cuyo nombre significaba anciano, esta figura es "el arquetipo del espíritu, el sentido oculto persistente en el caos de la vida". Es un fraile solitario y vagabundo, que, con su sola presencia ilumina la búsqueda temerosa del alma humana y calienta los corazones vacíos de esperanza. Siguiendo el famoso pensamiento de Jesús "cuando una persona se encuentra solitaria está llena de luz, pero cuando se encuentra dividida está llena de oscuridad", Jung recordaba el mito de Prometeo y afirmaba "inevitablemente, cada uno de aquellos que logra esa unión interior, ha de pagar el precio de la soledad, la culpabilidad y el sufrimiento, como le sucedió a Prometreo, quien, tras robar el fuego de los dioses para entregárselo a los hombres, fue castigado por Zeus". Sigue diciendo este autor del psicoanálisis: "Cada paso hacia una mayor consciencia es una forma de culpa prometeica. A través de tal acto, se le roba, en algún sentido, en fuego a los dioses. El hombre que ha usurpado el nuevo conocimiento, sufre, sin embargo, una transformación o ampliación de su conciencia que ya nada se parecerá a la de sus comtemporáneos. Se ha elevado por encima del nivel humano, y al hacerlo, se ha alejado de la humanidad. El dolor de su soledad es la venganza de los dioses". Como el arcano de "El Loco", nuestro personaje es un caminante, la capucha de "El Ermitaño" es un trasunto del extraño gorro de "El Loco" y les conecta a los dos con el mundo espiritual, fuera del sistema social imperante, los dos están aislados y solos. Pero la marcha de este viajero es más comedida que la del joven, no es arrogante en su rebeldía juvenil y no nos mira por encima del hombro. Aparentemente, no necesita ya considerar lo que ha dejado atrás, asimiló la experiencia del pasado. Tampoco precisa escudriñar horizontes lejanos en busca de poderes futuros. En otros muchos aspectos, este extranjero parece encarnar los dos polos opuestos del ser: Su barba nos sugiere el lado masculino, mientras que airosa capa lo relaciona con la naturaleza femenina. Como San Francisco, debe sentir una relación terrenal y tierna con el hermano Sol y la hermana Luna, con las pájaros y las bestias; al mismo tiempo, este ermitaño debe tener el mismo aguante que San Antonio, quien, como refleja magistralmente El Bosco en su famoso cuadro, resistió en soledad las tentaciones de miles de demonios. A "El Ermitaño" le corresponde otro número mágico, el nueve, que, junto al cinco y al siete, componen la triada de los arcanos más herméticos y enigmáticos del tarot. El nueve representa el punto más alto alcanzado por un solo dígito y simboliza, así, la escala más alta de conciencia a la que un solo individuo puede llegar. En nuestro planeta es el número de la gestación humana: son necesarios nueve meses para la creación de un nuevo ser. En el aspecto mágico, el nueve es también una cifra de gestación e iniciación. El neoplatónico, Apolonio de Tiara, lo consideraba un número sagrado. Sus discípulos lo llevaban como amuleto y empleaban la hora novena como un tiempo dedicado a la meditación y al silencio. Por otra parte, en la antigüedad, los candidatos a ser iniciados en los Misterios de Eleusis pasaban un período de nueve días. Los romanos, por su parte, celebraban el ritual de purificación de todos los niños varones el día noveno después de su nacimiento, además, enterraban a sus muertos el noveno día y celebraban, cada nueve años, "la Novenalia", una fiesta en memoria de los difuntos. Esta costumbre está aún viva en "Las Novenas", un rito católico de oración celebrado durante nueve días consecutivos. En la lectura del tarot: El Ermitaño significa prudencia, capacidad para sopesar pros y contras de una decisión, rectitud moral, y, en el sentido negativo, éste es el naipe de los taciturnos, de los solitarios, de los inadaptados, de los temperamentos obsesivos y de los misántropos. |

