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Pilar Fernández
Arcano número 10 del Tarot: “La Rueda de la Fortuna”
Pilar Fernández Rodriguez   
20 jul 2005 actualizado 09:17 CET :: Leído 289 veces
Hoy en día todos comprendemos a la perfección frases como "los caprichos de la suerte" o "los vaivenes de la fortuna". En ellas se alude claramente a la metáfora que da nombre a esta carta. En cada uno de los dos casos hacemos referencia al carácter inestable, imprevisible y caprichoso de la fortuna y al modo en que puede alterar, para bien o para mal, nuestra existencia.

ImageProcediendo de una alegoría muy antigua y de una expresión harto conocida, la imagen que aquí se reproduce es extraña y pintoresca para la sensibilidad contemporánea. Sólo podemos hallar una iconografía semejante en los motivos decorativos de las iglesias góticas: tenemos que remontarnos al siglo XII para encontrar una imaginería que nos recuerde a ésta, en ella los animales han sido sustituidos por reyes y la rueda la maneja la propia diosa Fortuna.

Se trata del "Hortus Deliciarum" del claustro de Santa Odilia, en Estrasburgo, Francia, donde se reproduce una llanta, idéntica a la que comentamos, en la que cuatro personajes, todos ellos coronados, evolucionan acompañados de una leyenda explicativa de su función en Latín: el rey que asciende dice "Esperanza, reinaré", el que se encuentra en la plataforma superior reza "Alegría, reino", y , el que desciende hacia abajo exclama "Temor, reinaba". Por último, hay un cuarto monarca que ha sido arrojado de la rueda y yace sobre el suelo con el lema "Dolor, estoy sin reino". Es evidente que estos cuatro reyes no son sino uno, sometido a los vaivenes de la fortuna. Esta simbología se reproduce en el tarot de los Sforza de Milán.

En el naipe que comentamos los cuatro reyes son ahora tres extraños animales vestidos con ropajes humanos. La criatura que asciende por nuestra derecha ha sido relacionada con Anubis, el dios egipcio con cara de perro encargado de pesar las almas de los difuntos. Se le puede considerar un factor positivo. El animal que desciende, parecido a un mono, se asocia con Tifón, la divinidad de la destrucción y de la desintegración, es, por tanto el elemento negativo, y se le ha dibujado bajando. Las dos criaturas parecen estar fijadas a la rueda y condenadas a un eterno girar.

Pero hay otro tercer ser, oscuro, con una corona y una espalda, que está situado sobre una plataforma, encima de la rueda y que parece regir sus destinos. Tiene un aspecto poco solemne, más bien nos recuerda a los bufones que, en las cortes medievales, parodiaban al rey o a los miembros de su corte. El extraño animal está desnudo, aunque su corona indica que, a pesar de que su energía sea primitiva, su poder es divino. Tiene cara de mico y el cuerpo y la cola de león. Sus las rojas de murciélago lo relacionan con la carta número quince: El Diablo. Ver una espada en manos de semejante monstruo es realmente alarmante. Sin embargo, si nos fijamos bien, esta rara bestia es, en realidad, una especie de esfinge.

Ciertamente, su rostro oscuro y con aire travieso no se parece en nada al de su serena y dorada oponente, la familiar esfinge egipcia. La verdad es que son realmente opuestas. La esfinge egipcia es un símbolo masculino asociado a la divinidad solar Horus, mientras que la esfinge aquí dibujada tiene una apariencia femenina, similar a la esfinge mitológica griega que representa, según Jung, el principio de la madre negativa.

Fue inmortalizado en el mito de Edipo, que ya describiera Freud como uno de sus más conocidos complejos, el del hijo que se enamora de su madre. La esfinge, recordemos, le propone un acertijo y éste lo adivina y acaba así con la crueldad de este ser que devoraba a todo aquel que perdía la prueba. Sin embargo, Edipo seguirá su viaje para acabar matando, sin saberlo, a su verdadero padre en una encrucijada de caminos, y casándose con Yocasta, su verdadera madre.

Con lo que se cumple su trágico destino, dominado una vez más por la madre negativa, como si su inteligencia y su astucia fueran un reto que los dioses no pudieran perdonar.

Volviendo a la carta del tarot de Marsella que estamos estudiando, comparándola con el tarot de los Sfroza, ha desaparecido el cuarto personaje arrojado a tierra y también la diosa Fortuna que mueve los hilos del destino, cuyo recuerdo sólo queda en el título.

En algunos de sus escritos ya los romanos describieron a La fortuna como una mujer ciega, loca e insensible que camina entre la multitud subida en una piedra redonda (lo que simboliza su inestabilidad). La rueda como tal aparece con frecuencia en los sarcófagos como una alusión al ciclo de la vida.

"La Rueda de la Fortuna", a pesar de todos estos antecedentes, es una carta de buena suerte, la mejor de todo el tarot, un auténtico
talismán: Nos aporta sorpresas, dinero, felicidad, viajes, oportunidades, cambios positivos y éxito, aunque también nos advierte que estos pueden ser transitorios.

El hecho de que el número Diez se identifique con "La Esfera" y ésta con la idea de perfección, nos acerca al aspecto solar y zodiacal de la iconografía de la rueda, la relaciona con el concepto de lo cíclico: el día y la noche, las estaciones, las fases lunares, las edades del hombre, etc... O sea, de todo aquello que nace para morir, o que muere para renacer.

Así conecta también con el principio hindú de la transmigración de las almas. Guénon afirmaba que la rueda era un símbolo de origen céltico y lo emparentaba, por su carácter mágico e iniciático, con las flores emblemáticas (la rosa de occidente o el loto de oriente), con los rosetones de las catedrales góticas europeas y con los mandalas del budismo.
 
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