Pilar Fernández |
| Amarguito, una pantera en el salón |
| Pilar Fernández Rodriguez |
| 27 abr 2005 actualizado 13:05 CET :: Leído 261 veces |
Creo,
a estas alturas de mi experiencia en asuntos gatunos, que no hay dos
cosas más antagónicas que un gato y un sofá. Lo mismo podríamos decir
de un gato y una alfombra o de un gato y unos visillos de encaje.Pero
de estos dos últimos elementos decorativos ya hace tiempo que
aprendimos a prescindir los amantes de los gatos. Aunque, ni los
mininos, ni sus comodones amos, pueden pasar si un mullido sofá o un
par de orejones, donde tumbarse o aplastarse para ver la tele y
dormitar (poco más se puede hacer con la programación que hay) o bien
leer algún libro a la luz de la lámpara de pie de la Sala de Estar. Todo esto viene a colación, porque la narración que nos ocupa en el capítulo gatuno de hoy cuenta la improbable, y, sin embargo, cierta, historia de amor entre un gato y un sofá. Todo empezó un mediodía de verano. Declinaba el mes de julio y yo acababa de salir del trabajo y me dirigía a mi casa a pasos lentos, tal y como mandan los cánones y el sentido común en el estío extremeño de 40 y pico grados para arriba. Pasé por la calle Calderón de la Barca y giré para tomar una callejita que conduce directamente hasta el Centro de Profesores de Legión V, cuando me sorprendió ver a una mamá y un niño mirando a un gatito negro, de apenas un mes y medio, que estaba maullando en el umbral de la puesta, cerrada a cal y canto, de una vivienda. El animalito tenía aspecto de no haber comido en varios días o de haber perdido a su madre entre los escombros de una obra cercana, ya que estaban construyendo unos pisos nuevos enfrente, y, en algún rincón del solar podía haber parido la gata, viéndose luego sorprendida por las máquinas. Por la razón que fuese, el pequeño bebé gatuno, negrito como el azabache, se había quedado solo y sin protección. Les pregunté a la chica y a su hijo si se lo iban a quedar, y ella me respondió, muy triste, que le encantaría poder hacerlo y al niño también, pero que a su marido no le gustaba tener animales en casa. Pensé que ya tenia demasiados gatos en mi piso, pero me dio mucha lástima del pobre enanito y decidí que lo cuidaría unos días y, cuando estuviese más gordo y saludable, le buscaría un hogar. Cogí un Kleenex de mi bolso, por si tenía algún bichito de estar a la intemperie, y lo pillé por el pellejito del cuello, como hacen las gatas con sus crías. Como no estaba lejos, en cuanto llegué, le pasé rápidamente el antiparasitario en polvo y le cepillé por completo. Entonces me di cuenta de que no era completamente negro, ya que tenía dos mechoncitos blancos, uno, justo debajo de la barbilla, y el otro en el centro de la barriguita. En cuanto le solté, se escondió detrás del sofá y no volvió a salir estando yo delante. Al lado de ese mamotreto que fue, desde el primer día, como su gran ballena nutricia, su gran madre inmóvil, que le protegía de todos los peligros. Junto al sofá puse leche y agua. A la mañana siguiente se lo había bebido todo. Amarguito salía del sofá a escondidas, cuando nadie le veía y se zampaba lo que encontrara, con el tiempo, se fue ampliando el menú con pescado cocino y pienso para chachorros. Os preguntaréis el motivo por el cual le puse este curioso nombre, que se sale de la norma seguida por mí hasta el momento de ponerle a mis felinos apelativos con resonancias clásicas. El gatito negro azulado, del color de la piedra Turmalina, recibió este bautismo porque apareció en mi vida en pleno Festival de Teatro Clásico. Por entonces acababa de obtener un gran éxito el bailarín Rafael Amargo, que nos había deslumbrado a todos con su sensibilidad y su fuerza en el escenario. En recuerdo del artista gitano, que me había gustado mucho, y luego, en las entrevistas, me había sorprendido por su simpatía y sinceridad, decidí ponerle al gato adoptivo "Amarguito". Era como Rafael Amargo, rebelde, moreno, de ojos verdes, pero, al ser tan chiquito, preferí emplear el diminutivo. A todos mis amigos les encantó el nuevo gato y su nombre, que era motivo de bromas y chascarrillos. Ni que decir tiene que todo tiende a crecer menos el dinero en casa del pobre, y que Amarguito se convirtió en un gatazo enorme de cabezón descomunal y precioso. Era como tener una pantera en salón de la casa. Y digo en el salón, porque, a consecuencia de sus peleas con Orfeo en defensa del territorio y las hembras, tuve que dividir mi piso en dos zonas acordonadas, como Jerusalem, a un lado los judíos (Orfeo) y a otro los palestinos (Amarguito). Los dos eran antagónicos hasta en el color: uno blanco impoluto, el otro negro, negrísimo; uno dócil y con cierto pedrigrée, el otro "rebelde porque el mundo le hizo así". Cuando se encontraban en el pasillo, por un error de estrategia o de reflejos al cerrar alguna puerta, se enzarzaban en unas peleas brutales, en las que, más de una vez, llegué a temer que se sacasen los ojos. Una nube de pelusas blancas, negras y grises, volaban por los aires como esporas en un cielo de primavera. Costaba Dios y ayuda separarles. Luego había que barrerlo todo y recoger los pelos. Además a uno primero y al otro después, con agua oxigenada, ir curándoles las heridas. Les quedaban calvas en los lugares donde el otro, el enemigo, le había asestado buenos golpes y arrancado el pelo de cuajo. Pero, una vez cada uno en su terreno, se calmaban enseguida y como si no hubiera pasado nada. El territorio del gran señor gatuno Amarguito era el salón y la terraza contigua donde tenía su tierra y su comida, allí se movía a sus anchas. Él prefería estar un rato tomando el sol junto a la galería acristalada, sin embargo, la mayor parte del tiempo lo empleaba en estirarse sobre su sofá preferido. El sofá de sus entretelas. Si yo me sentaba a comer, a ver la tele o simplemente a descansar, se ponía cerca y ronroneaba un poco, todavía desconfiado, Al ratito ya estaba encima de mi ronroneando más alto y, solo en esas ocasiones, se dejaba acariciar. Amarguito tenía un pelo sedoso, negro con reflejos azules y un tacto muy cálido debido a la alta temperatura de su cuerpo. Era negrito y gordito, eso le mantenía siempre caliente, hasta en el invierno. Era una especie de gato-estufa que te calentaba los pies cuando te tendías a leer en el sofá. A Amarguito lo que más le gustaba es que jugaras con él a tirarle un ratoncito de peluche que tenía medio destrozado a mordiscos, pero que era su juguete preferido. Muy celoso, exigía que todos los días durmieras un poco la siesta con él en el sofá, lo cual no era difícil, sólo tenías que poner el culebrón de la primera cadena y te quedaba frita. Lo curioso es que el gato también. Por las noches, cuando yo descansaba en el cuarto con los otros gatos, Amarguito se pasaba un largo rato maullando, hasta que se le quitaba el enfado. Este gato, al que yo quise dar de pequeño, pero luego me dio lástima y me lo quedé. Me causó más adelante muchos problemas. A raíz de que mi novio se vino a vivir conmigo, cogió unos celos espantosos de él, cosa que no sucedió con Orfeo, que es más tranquilo y lo lleva mejor. Hasta tal punto llegó la cosa, que le dio por orinarse en el sofá cada vez que lo veía aparecer. La situación llegó a tal límite que hubo que buscar una solución drástica. Le buscamos un hogar. Un amigo de Guareña me dijo que estaría bien en la casa de sus padres, que tienen corral y muchas gatas. Hasta entonces había tenido sólo encuentros fortuitos, sin consecuencias, con Dafne y Sapho dos, aunque ya estaba despertándosele el celo. Le vendría bien cambiar de aires, y a nosotros, cambiar de sofá. Estaba tan agresivo con la presencia de Franco que hubo que recurrir al veterinario para poder sacarle de casa. Llamé a Santos, el médico de mis gatos, que es estupendo y siempre se ha portado muy bien cuando he tenido problemas con ellos. Me mandó un tranquilizante natural, pero me dijo que no le diese mucha dosis. Fuimos a la farmacia y se lo administramos en la comida. Como era un gran Sancho Panza gatuno, no tardó en engullirlo. Al rato se quedó medio atontado, daba revolcones por el salón y aprovechamos para meterlo en una gran caja con agujeros, porque en el trasportín no cabía. Lo entramos en el maletero del coche y nos fuimos a la casa del padre de mi amigo Ángel en Guareña. Allí lo dejamos cuando se le estaba acabando de pasar el mareo. Me han dicho que tardó un poco en adaptarse, pero que está muy bien, incluso presume de tener varias novias. Ahora tenemos un nuevo sofá más moderno y de diseño, el otro hubo que tirarlo porque quedó destrozado y apestoso, a pesar de que lo lavamos con todo lo imaginable. Son gajes del oficio de tener una pantera en casa. La verdad es que vino bien porque ya estaba un poco viejo. En las tardes de invierno, echo de menos a Amarguito, ese calorcillo suave en los pies bajo las sayas de la camilla, pero, ya se sabe, la felicidad completa no existe. |

