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Pilar Fernández
Alejandro Magno, una visión coherente de la historia
Pilar Fernández   
13 ene 2005 actualizado 17:26 CET :: Leído 727 veces
Desde el día 5 de enero pasado podemos ver en la cartelera emeritense la última película del director norteamericano Oliver Stone: “Alejandro Magno” en la que, a lo largo de 175 minutos de duración, se nos cuenta la vida del joven griego que se convirtió en emperador del todo en orbe conocido desde Grecia hasta las fronteras de la India.
Para los que somos aficionados a las novelas históricas, la compleja psicología del personaje ya era conocida por la trilogía “Fuego del Paraíso”, “El muchacho Persa” y “Juegos Funerarios”.

En estas tres magníficas novelas se nos va narrando por parte de su autora, Mary Renault, la infancia y adolescencia en su Macedonia natal, la juventud y conquista de Persia y la decadencia de los últimos años del fundador de Alejandría. Son libros que, a pesar de haber sido escritos en la década de los 70, siguen estando de plena actualidad por su rigor histórico y la belleza y fluidez de sus diálogos. Posteriormente, el escritor Robin Lane Fox, autor del Best Sellers “Alessandros”, popularizó con un lenguaje más asequible a todos, y basándose en las obras anteriores, la figura del artífice de lo que se dio en llamar “la extensión de la cultura helenística”.

Tomando como punto de partida todos estos textos, el propio Oliver Stone y Laeta Kalogridis escribieron el guión de la película. La fidelidad a la historia en todos los matices del film está, por lo tanto, asegurada. Eso es lo que más me ha gustado de “Alejandro Magno”, porque, al verla, los aficionados a la historia y a los mitos clásicos no tendremos que sufrir los atentados contra el rigor histórico como fruto de una moral puritana y políticamente correcta que padecimos en “Troya”.

Recordemos que allí Patroclo era presentado como el sobrino del héroe Aquiles, desvirtuando totalmente una leyenda que conocemos desde “La Ilíada”, sólo para ocultar la homosexualidad de los protagonistas. No logramos entender el gran dolor de Aquiles a la muerte de “su sobrino”, claro, porque no era su sobrino, sino su amante. ¡Si Homero hubiera levantado la cabeza y viera en lo que ha convertido Hollywood uno de sus mejores relatos!. Toda esa vergüenza ajena que sentimos entonces, ahora no la vamos a pasar. En “Alejandro Magno”, su director, Oliver Stone, se arriesga apostando por darnos una visión coherente de la historia.

Aquí la relación homoerótica entre El emperador y su amigo de la infancia, Hefestión, es totalmente explícita, así como las veladas alusiones a su preferencia por el eunuco persa del harén de Palacio de Darío, Bagoas, al que convierte en su criado. Otro de los rasgos que, desde niño, apuntan a la futura inclinación sexual del personaje, es una relación edípica con su madre, la sacerdotisa de Dionisos y reina de Macedonia, Olimpia. Una mujer poco común, que duerme con serpientes y arroja de su lecho al rey Filipo.

Ella será la que inculque a nuestro protagonista sus más secretas ambiciones de conquista y de poder, quien le diga que su padre fue el propio Zeus, padre de los dioses: ”Llevas en ti la luz del mundo. Tus compañeros serán sombras del infierno, pero tú serás el único, siempre joven, siempre inspirador. Nunca habrá otro como tú, Alejandro Magno”.

 Aunque desde lejos, Olimpia guiará siempre los pasos del  joven emperador. Incluso cuando, en el confín de Persia, decida casarse para tener descendencia, lo hará con una princesa desconocida, hija del jefe de una tribu de las montañas, Roxana, una joven bailarina de carácter indómito y salvaje, muy similar al de su progenitora. Más adelante, a su regreso a Babilonia, contraerá nuevas nupcias con otras dos princesas, pero en este caso lo hará, a la manera de su padre, para fortalecer lazos con sus nuevos súbditos (Filipo se casaba con una doncella noble de cada nuevo reino que conquitaba).

Una vez estrenada la película en EEUU, hay colectivos Gays que han protestado porque se nos presente en esta cinta a Alejandro Magno como bisexual y no como claramente homosexual. Lo cual me parece, una actitud tan “de puretas” como la contraria. No se puede convertir a un personaje histórico en una bandera de la liberación gay e intentar, a toda costa, que entre por el aro de lo que hoy creemos una realidad incuestionable. La forma de vida de los homosexuales de hoy no creo que sea la misma, ni mucho menos, que la de los de la época alejandrina. Ni nos podemos negar a admitir que tuvo relaciones homosexuales, porque la historia nos revela que las tuvo, ni podemos rebatir tampoco la evidencia de que un emperador debía tener obligatoriamente descendencia, por tanto era inevitable que tomara esposa.

Precisamente, lo que hace el director, y de ahí la polémica que ha despertado el film, es huir de las simplificaciones y hacernos un retrato psicológico lo más amplio posible de un personaje tan complejo como fue Alejandro Magno.

Al igual que antes profundizara en personajes tan ricos en matices como Nixon, JFK o Fidel Castro, Oliver Stone, analiza en esta película los mecanismos por los cuales todo poder corrompe, incluso el de los más carismáticos líderes, idealistas y soñadores.

Muchas son las razones para recomendar la visión de este nuevo estreno en la cartelera emeritense. Merece la pena arriesgarse a ver reflejada, por una vez, lo más cercano a la verdadera historia.

 
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