Y casi se podrían aplicar aquellas disquisiciones, que tanto calentaron la cabeza de los sesudos pensadores medievales; entre la voluntad, (lo que se desea hacer) y la naturaleza, aunque en su caso se refiriera a la naturaleza interior, y que venían a concluir: "Por lo tanto, en cuanto que la naturaleza mueve a la razón, esta dicta lo que uno ha de hacer para superarla" Y esto es en definitiva lo que ha realizado Hilario Bravo. Se ha plantado ante la Naturaleza, ante el paisaje, y lo ha superado, quizás recreando nuevamente el viejo axioma de que la naturaleza imita al arte.
La larga tradición paisajística extremeña, que ha dejado marcados en nuestra retina, con carácter de icono regionalista, los cuadros de dehesas y cacerías, que le sirven de excusa a Adelardo Covarsí para reflejar en sus lienzos las encinas, los atardeceres, los ríos, y los árboles; que coloca como fondo en sus figuras Eugenio Hermoso, que desarrolla Cañamero, o que tiene en seguidores de calado popular como Real, a tantos y tantos, es contemplada por Hilario con otros ojos, con otra estética, pero no menos amable y si me apuran más comprometedora.
Sus cuadros se leen, y no sólo porque para ayudar a esa "lectura" coloque alguna palabra que oriente al espectador en su comprensión, cuya grafía es parte integrante del cuadro y de esa estética de aire oriental; dada al pictograma, plana, sin sombras, como la que admiró a los pintores impresionistas que pululaban por Paris, a finales del S.XIX y principios del XX, sino porque por propia intencionalidad se adhiere a la frase de Horacio: Ut pictura poesis erit. "La poesía será como la pintura".
Aunque ya antes que él, este hallazgo lo había hecho Simónides de Ceos en el (s.V a.C), que llamó a la pintura, poesía muda, y a la poesía, pintura que habla. Y este sentido, tan querido por los pintores del Renacimiento hace que Tiziano al escribirle a Carlos V enviándole uno de sus cuadros le diga: "Os envío la poesía de Venus y Adone".
Pero el elemento que sustenta todo este edificio, construido con la modernidad de una estética expresionista, es la añoranza de la tierra.
Bastaría coger cualquier cuadro, en el que la simplicidad de las líneas corretean, como un niño sin aparente intencionalidad, por el brillante colorido de las superficies, rotas unas contra otras en anarquía, pero sin estridencias, creando unos espacios amables, para darse cuenta que están cargadas de simbolismo, "los cuadros fundamentalmente se leen", comentábamos.
Y podríamos leer los paisajes inmersos en los lienzos abordados con diversos materiales, pero como decían los filósofos Escoláticos, su pintura supera la propia Naturaleza, dejándola como un elemento referenciador.
En algunos casos la simbología se nos muestra evidente, como las orlas que en una esquina junto al Arco de Cáparra, nos definen su carácter romano, con los ripios que marcan la calzada.
Uno tras otro, impactados por una estética atractiva, en la que la idea es el instrumento principal que maneja la mano del pintor, Hilario Bravo nos muestra en Patio de la Asamblea "Ut Natura", "Como la naturaleza," extremeña, de la que como el genio metido en la lámpara y que sólo sale al frotarla, ha encerrado en los cuadros su espíritu. ¡Frótela, deje salir al genio¡
Carmelo Arribas Pérez. Crítico de Arte