Lunes, 08 Septiembre 2008
 
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Manuel González
¡...Y llegan las vacaciones!
Manuel González González   
25 jun 2008 actualizado 00:00 CET :: Leído 184 veces
Está claro que somos animales de costumbres, de rutinas, de escasos abandonos de la línea marcada por la normalidad. Por eso, cada año repetimos incluso la tan traída y llevada frase que manifiesta desear el sueldo del ministro, el trabajo del cura y las vacaciones del maestro.


Y no es que, visto así, no tenga su lógica, pero tampoco tiene visos de ser totalmente cierto pues no tenemos evidencias de ninguno de los tres asuntos. Para tenerlas habría que preguntar a cada uno acerca del extremo que corresponda. Al ministro va a ser imposible hacerle confesar la verdad; al cura, mejor no preguntarle, no sea que le tengamos que dar más de las arcas del estado y no nos llegue para otras necesidades. (Quede claro que no vamos a hacer distinciones en el uso del género, por no hacer farragosa la lectura de estas líneas)

Pero, ¡ay, al maestro...! A éste ni falta hacerle la pregunta pues del mismo modo que todo el mundo entiende de educación -ya saben: de fútbol y educación todos somos seleccionadores y ministros del ramo-, es de dominio público -aunque los datos nos hagan mentirosos- que tiene tres meses de vacaciones en verano, uno más en invierno y casi otro en semana santa, a lo que sumados los puentes y días de tal y de cual, viene a resultar que descansan más tiempo del que trabajan a lo largo del año. De los maestros lo sabemos todo, lo que hacen, cómo lo hacen y cómo deberían hacerlo..., con lo que nos permitimos poner en cuestión años de formación, de experiencia y de vocación.

Para no aburrir con disquisiciones, sólo hay que decir que la batalla dialéctica acerca del número de días trabajados, se gana con datos: los maestros trabajan por ley, un tres por ciento más que la media de países europeos, con lo que obviamente España es uno de los países europeos con más horas lectivas. Y comparando con Finlandia, el país con mejores resultados en el Informe PISA, en los centros escolares españoles se trabajan 1050 horas, mientras allí solamente 530. Otra cosa será explicar porqué allí se obtienen mejores resultados, y eso no es objeto de este artículo.

Surge ahora, al hilo del tema que llevamos, la cuestión de que la chiquillada y las personas que atraviesan la edad del grano y el espejo es feliz, al perder de vista durante unos largos meses -para ellos sí son tres- aquél edificio del que salen a la carrera como si les hubieran insertado un cohete y dejan de aguantar a quienes no consienten caprichos.

Mientras esto le ocurre a la generación joven, a sus padres se les avecina un problema.

¡Llegan las vacaciones! Hay quienes apuntan beneficios por tener esa oportunidad de crecimientos varios (personal, familiar, afectivo...) Pero, sí, sí, dejémonos de buenas palabritas y vayamos al grano. A nuestros hijos los queremos mucho, pero los soportamos poco, esa es la realidad. Y habrá quien haga alusión a que si la situación económica, que si la evolución de la sociedad del siglo XXI, que si hay que buscar la conciliación de vida familiar y laboral... No pretendemos aquí discrepar de temas que están sobre la mesa de asuntos laborales, sociales, etc., con cuya necesidad de análisis y solución estamos de acuerdo, sino que solamente queremos plantear otras variables y cuestiones colaterales.

Interrogantes del estilo de con tu madre o con la mía, si lo enviamos al campamento, si lo inscribimos en las actividades lúdicas municipales, o en actividades privadas que cuestan una pasta, son los que apremian por estas fechas a las familias.

¿Soluciones? Propuestas hay bastantes, desde las que aconsejan reorganizar mejor los tiempos de descanso vacacional, como los países de nuestro entorno, hasta las que proponen la utilización/apertura de los centros en el período de verano. La primera parece acertada, si acondicionamos los centros para que nuestros hijos no se achicharren dentro.

La segunda puede resultar explosiva: de modo que no les hacemos grata -incluso en casa se les llega a amenazar con el maestro o la señorita- la escuela, sino que además pretendemos que continúen mortificándose allí también en vacaciones.

Otra cosa será matizar el ya de por sí poco valorado socialmente concepto del trabajo escolar y de la institución como tal: además de ser el lugar donde se controlan las fuerzas que la naturaleza humana desborda en edades jóvenes, ahora se pretende que la escuela se convierta definitivamente en aparcamiento con horario ampliado; que se abra más temprano, que haya comedor para que también puedan desayunar allí -qué relevancia no tendrá la existencia de comedor, cuando muchos centros concertados lo implantan o solicitan para atraer a más alumnado-, que ofrezca actividades complementarias de tarde, etc...,etc... Con lo que, si a la salida además, es recogido por los abuelos, al retoño no se le ve el plumero por la casa hasta la hora de dormir. Pero no desesperemos que también llegará el colegio-dormitorio al pie de casa.

 
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