Manuel González |
| Hacer carrera |
| Manuel González |
| 20 jun 2008 actualizado 20:10 CET :: Leído 231 veces |
|
La generalización del deseo de que los hijos hiciesen carrera comenzó a extenderse a las clases medias-bajas y bajas, a partir de los años 60/70. Hasta entonces, el acceso a ciertos estudios y consiguientes puestos de relumbrón estaba reservado. La España de entonces ha ido evolucionando en todos los órdenes -hacemos especial hincapié en el aspecto que nos estuvo vetado por una dictadura durante más de cuatro décadas, por lo que estas líneas se comprenden desde la óptica de la falta de cultura política- y hemos llegado al punto en que gran parte de la ciudadanía comparte la idea de que los 'trabajos importantes' están más relacionados con el hacer político que con otra actividad cualquiera. Como siempre hubo clases, desde cualquier actividad, y desde la política por supuesto, procede aquí y como prolegómeno de las líneas que siguen, hacer una especial mención, un reconocimiento público y un merecido homenaje a todas esas personas que, desde los puestos en que los ha colocado el destino, han dedicado parte de su vida, de la de su familia, de su tiempo personal a servir desde la política. Pero no todo el monte es orégano, ni toda persona aprende a ser honrada cuando está en un medio hostil y de supervivencia individual. Conocido es que, a la línea política -como escaparate público y unidad de medida, en ocasiones poco afortunada, de cuantas personas se dedican a ella- que se viene dibujando últimamente, han arribado y siguen aproximándose, personajillos que, no gustosos en su más tierna infancia, de actividades que exigían reflexión, análisis, investigación, estudio, aprendizaje..., quienes no consiguieron, por comodidad o desidia, la cualificación que les facilitase una existencia consecuente con ideas e ideales, optaron por metas inmediatas, tangibles y generadoras de satisfacciones triviales. Satisfacciones en forma de logros materiales, en forma de cargo, representación u otra dádiva similar -conseguidos por méritos propios ¡claro!- que vendrían bajo el disfraz de un supuesto servicio al pueblo, como si aquél fuese incapaz de saber sus necesidades. Pues bien, como decía, como no les costó esfuerzo alguno, como fueron incapaces de afrontar las imprescindibles renuncias, o fueron desidiosos por tener sus intereses en otras cuestiones, o simplemente por desinterés, tampoco fueron capaces -¿lo son todavía?- de valorar a quienes sí prefirieron el camino de la inseguridad, de no contar con cuatro monedas para rellenar el aburrido ocio de las edades juveniles. Como desertores de ideas, no sólo del trabajo anónimo y minúsculo, como aspirantes a la grandeza de la importancia de sus sueños, adonde solamente pueden aproximarse haciendo la ruta de interminables vericuetos, la más larga por tanto, con cuyo objetivo se han decantado por la estrechez de miras, la anulación de sus ideas, la inutilidad de su inteligencia -aunque sean los más listillos-, la falta de honorabilidad, al tiempo que han logrado la distinción de la deslealtad, de la mentira, de la eterna excusa..., han decidido instalarse e impedir que otra rara especie afronte la solución de los problemas que ellos mismos han inventado. El consuelo que nos queda a los de a pie es que esta racha dure poco, que haya menos oportunismos y el número de arribistas y de quienes se sirven del supremo arte de la política vaya en descenso exponencial. Confiemos en ello, pues siempre hubo clases. Manuel González es Maestro, Licenciado en Geografía e Historia y Doctor en Pedagogía.
|

