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Juan Retama
Ulises
Juan Retama   
12 feb 2005 actualizado 19:18 CET :: Leído 405 veces
Al salir del puente romano, giré a la izquierda para seguir esa margen del Guadiana, tan estupendamente recuperada por la Confederación (del Guadiana). Somos muchos -por lo que veo cuando deambulo- los emeritenses que disfrutamos de las orillas del lento y viejo Anas y, en este 2005, henchido de soles al mediodía, el aspecto de la ruta del Guadiana emeritense es magnífico, con muchas romanas (y algún romano gordo, como yo) paseando por sus riberas.


Al poco de caminar sobre ese paseo de hormigón que imita la pizarra, con el horizonte del peculiar monumento de las siete sillas frente a mí observé, sobre una mancha de hierba, a tres perros que empezaban a ladrar, uno de ellos era de considerable tamaña y los otros dos lo que en la Argentina (barriada noble) llamamos chiquininos. Además de ladrar el siguiente paso fue levantarse, pues tumbados estaban, y dirigir sus ladridos y sus patas hacia una muchacha que llevaba de la mano una correa en cuyo final estaba otro perro, este negro y bonito.

Comparado con los tres perros sueltos, el negro de la muchacha se veía que era de buena raza, aunque esta elucubración no responde a ningún conocimiento canino, pues de perros tampoco entiendo. Intentaba continuar hacia la plaza del Agua, sin agua ahora, cuando los ladridos de los tres perros me preocuparon pues se habían acercado, demasiado, hasta la muchacha haciendo que ésta los ahuyentara con aspavientos y voces.

Me detuve y me dirigí hacia ella y hacia su perro negro: "¿Necesitas ayuda?", le grité mientras los chuchos se lo pensaban mejor y se iban. "No, gracias" respondió aliviada comprobando que el viejo aserto de perro ladrador poco mordedor, es cierto. "Qué tranquilo es tu perro, ni se ha inmutado cuando le ladraban los otros, nos hemos preocupado mas nosotros que él..." le dije, por decir algo; "es que es ciego" me respondió.

El perro era ciego, y me causó sorpresa la explicación de la muchacha sobre su mansedumbre pues ser ciego es, sencilla y llanamente, no ver pero no implica ser pacífico. El perro negro, ajeno antes a los ladridos y ahora a nuestra conversación, tranquilamente olisqueaba la tierra, removía con el hocico los hierbajos y, a lo suyo, parecía ignorarnos a su entorno. "¿Cómo se quedó ciego"?, "Es algo genético, creo"; ¿Y en tu casa?; "Ya la conoce y se maneja bien"; ¿siempre es tan manso?; "sí, creo".

Quien quedó gratamente impresionado por la conversación fui yo. Por la charla y por la actitud de la muchacha protegiendo al perro, tratando con cariño al animal que el resto de sus vidas necesitará ser cuidado y no cuidar, algo para lo que estaba destinado. El protector era el protegido y yo, pasmado, contemplaba el momento mas bonito de ese día mientras el perro negro seguía olisqueando y tirando hacía delante de la correa y de la muchacha que estaba al final de la correa, llevando a su aire a su gentil protectora.

Ese escarceo ocasional me había solucionado el paseo, ya tenía tema hasta el puente Lusitania y hasta para La Tribuna Emeritense de Juan Puebla. Al despedirme, le pregunté "¿Cómo se llama?". "Ulises", es su nombre. Pues Ulises, va a ser que sí, que tu vida perra y ciega tiene mas humanidad que la de muchos bípedos con vista. Amén


 
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