J.D. Encinas |
| Solo se ama lo que se conoce |
| JD Encinas |
| 11 jul 2008 actualizado 20:46 CET :: Leído 199 veces |
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"El cielo y la tierra pasará, pero mis palabras no pasarán". Son palabras eternas las de Jesús, que nos dieron a conocer la intimidad del Padre y el camino que deberíamos seguir para llegar a Él. Permanecerán, porque fueron pronunciadas para todo hombre y mujer que viene a este mundo terrenal. Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por el ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos ha hablado y nos habla a través de su Hijo. "Estos días" son también los nuestros. Jesucristo nos sigue hablando, y sus palabras, por ser divinas, son siempre actuales; lo que es necesario es que nosotros queramos escucharlas. Toda Escritura anterior a Cristo adquiere su sentido exacto a la luz de la figura y de la predicación del Señor. San Agustín, con una expresión vigorosa, escribe que: "la Ley estaba preñada de Cristo" Y en otro lugar afirma: "Leed los libros proféticos sin ver en ellos a Cristo: no hay nada más insípido, más soso. Pero descubrid en ellos a Cristo, y eso que leéis no sólo se vuelve sabroso, sino embriagador". Él es quien descubre el profundo sentido que se contiene en la revelación anterior: "Entonces les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras". Los judíos que se negaron a aceptar el Evangelio, se quedaron como un cofre con un gran tesoro dentro, pero sin llave para abrirlo. Sus entendimientos - escribe San Pablo a los cristianos de Corinto - estaban velados, y lo siguen estando hoy por el mismo velo que continúa sobre la lectura de la alianza antigua, porque sólo en Cristo desaparece, pues: " el fin principal de la economía antigua era preparar la venida de Cristo, redentor universal, y de su reino mesiánico (...) Dios es el autor que inspira los libros de ambos Testamentos, de modo que el Antiguo encubriera al Nuevo". Es conmovedor en este sentido el diálogo entre el apóstol Felipe y el etíope, ministro de Candace, que leía el Profeta Isaías: " ¿Entiendes por ventura los que lees?, le pregunto Felipe. ¿Cómo voy a entenderlo su alguien no me guía? Entonces, comenzando por esta escritura, le anunció a Jesús". San Juan Crisóstomo comenta así este pasaje de los Hechos de los Apóstoles: Considera qué gran cosa es no descuidar la lectura de la Escritura, ni siquiera durante el viaje (...) Piensen esto los que ni siquiera en su casa las leen. Este bárbaro etíope es un ejemplo para nosotros: para los que tienen una vida privada, para los miembros del ejército, para las autoridades civiles y políticas y también para las mujeres, y para los que han escogido la vida monástica. Debemos aprender todos, que ninguna circunstancia es impedimento para la lectura de las Sagradas Escrituras, que es posible realizar no sólo en casa sino en la plaza, en el viaje, en compañía de muchos, o en medio de una ocupación. Todas las Escrituras habían trazado el camino que debía recorrer Cristo, todas eran en cierto modo anunciadoras del Mesías, los profetas habían descrito este día y deseado verlo. Los discípulos reconocerán en Cristo al que tantas veces y de tantas formas fue predicho y anunciado. De alguna manera, es actual la marcha y la vuelta del hijo pródigo, la necesidad de la levadura para transformar la masa del mundi, los leprosos que quedan sanos en su encuentro con Jesús. Cuántas veces hemos pedido a Jesús luz para nuestras tinieblas - que vea Señor - como pidió el ciego Bartimeo; o hemos acudido a su misericordia con las del publicano: ¡Oh Dios, apiádate de mi que soy un pecador!
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