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J.D. Encinas
Realidades
JD Encinas   
29 ago 2008 actualizado 18:03 CET :: Leído 94 veces
El mal no viene del ser, sino de la voluntad, por ello debemos iluminar la razón para que ilumine la voluntad y de a la voluntad la fuerza de elegir el bien y rechazar el mal... La libertad tiene necesidad de un contexto humano, debiéndose acompañar siempre de caridad y verdad, porque sin estos parámetros el hombre puede destruirse a si mismo.

Hermanos en Cristo, poned cada vez más ahínco en ir ratificando vuestro llamamiento y elección. Si lo hacéis así, no fallaréis nunca; y os abrirán de par en par las puertas del Reino Eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

La virtud de la castidad lleva también a vivir una limpieza de mente y de corazón: a evitar aquellos pensamientos, afectos y deseos que apartan el alma de Dios, según la propia vocación. Sin la castidad, es imposible el amor humano y el amor a Dios. Si la persona renuncia al empeño por mantener esta limpieza de cuerpo y alma, se abandona a la tiranía de los sentidos, y se rebaja a un nivel infrahumano: parece como si el Espíritu se fuera reduciendo, empequeñeciendo, hasta quedar en un punto diminuto... Y el cuerpo se agranda, se agiganta hasta dominar, y el hombre se ve incapaz de mantener la amistad con el Señor.

En el matrimonio, la castidad enseña a los casados a respetarse mutuamente y a quererse con un amor más firme, más delicado y más duradero. El amor consigue que las relaciones conyugales, sin dejar de ser carnales, se revistan por así decirlo, de la nobleza del espíritu, y estén a la altura de la dignidad del hombre y la mujer.

No nos dejemos dominar por el rencor, destruye al ser humano y nos lleva al desamor.

Aunque no vayamos cómodos en nuestro último viaje, lo importante será no extraviarse y llegar sin dilación y con presteza. Las víctimas están para eso, para callar y sufrir, no haciendo partícipes de sus penas más que a Dios, que es el único que las entiende.

Una sociedad que hace de lo auténticamente humano un asunto únicamente privado, y que se define a si misma en una total secularización (que por otra parte se hace inevitablemente una pseudos-religión y una totalidad esclava), una sociedad así se hace melancólica por esencia, se convierte en un lugar propicio para la desesperación. Se funda de hecho en una reducción de la verdadera dignidad del hombre. Una sociedad cuyo orden público viene determinado por el agnosticismo no es una sociedad que se ha hecho libre, sino una sociedad desesperada, señalada por la tristeza del hombre, que se encuentra huida de Dios y en contradicción consigo misma.


 
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