J.D. Encinas |
| El cordero inmaculado |
| JD Encinas |
| 15 ago 2008 actualizado 12:36 CET :: Leído 121 veces |
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Una vez más, a las riberas del Jordán, donde, a los treinta años de su nacimiento, Juan El Bautista prepara a los hombre y mujeres para su venida. Y cuando ve a Jesús que venía hacia él, dice: "Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" ¡Que resonancias tuvieron en los oyentes que conocían el significado del cordero pascual, cuya sangre había sido redamada la noche en que los judíos fueron liberados de la esclavitud en Egipto! Además, todos los israelitas conocían bien las palabras de Isaías, que había comparado los sufrimientos del Siervo de Yahvé, el Mesías, con el sacrificio de un cordero. El cordero pascual que cada año se sacrificaba en el Templo era a la vez el recuerdo de la liberación y del pacto que Dios había estrechado con el pueblo de Israel. La expresión "Cordero de Dios", ha sido muy meditada y comentada por los teólogos y autores espirituales; se trata de un título de rico contenido teológico. Es uno de esos recursos del leguaje humano que intenta expresar una realidad plurivalente y divina. O mejor dicho, una de esas expresiones acuñadas por Dios, para revelar algo muy importante de Sí mismo. <>, anunció Juan el Bautista; y este pecado del mundo es todo género de rechazo del bien a favor del mal: el de origen, que en Adán alcanzó también a sus descendientes, y todos los tropiezos de hombres y mujeres de todos los tiempos. En Cristo está nuestra esperanza de salvación. Él mismo es una fuerte llamada a la esperanza, porque Jesús vino para perdonar y curar las heridas del pecado. Jesús se convirtió en el Cordero inmaculado, ofrecido con docilidad y mansedumbre absolutas para reparar las faltas de los hombres y mujeres del mundo, sus crímenes, sus traiciones; de ahí que resulte tan expresivo el título con que se le nombra, ‘porque - comentaba Fray Luis de León - ‘Cordero' refiriéndose a Cristo, y dijo tres cosas: mansedumbre de condición, pureza e inocencia de vida, y satisfacción de sacrificio y ofrenda. Resulta muy notable la insistencia de Cristo en su constante llamada a los pecadores: "Pues el Hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido". "Él lavó nuestros pecados en su sangre". La mayoría de sus contemporáneos le conocieron precisamente por esa actitud misericordiosa: los escribas y los fariseos murmuraban y decían: ‘Éste recibe a publicano y pecadores y come con ellos'. Y se sorprendieron cuando perdonó a la mujer adúltera con esta sencillas palabras: "Vete y no peques más". En el sacramento del perdón, obtenemos además las gracias necesarias para luchar y vencer en esos defectos que quizá se hallan arraigados en el carácter y que son muchas veces las causas del desánimo y del desaliento. Es preciso que andemos ligeros y que dejemos a un lado lo que nos estorba, el lastre de nuestras faltas. Todo arrepentimiento hecho desde los más profundo de nuestro ser nos ayudará a mirar adelante para recorrer con alegría el camino que aún nos queda por andar. |

