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J.D. Encinas
El amor divino
JD Encinas   
10 oct 2008 actualizado 20:14 CET :: Leído 131 veces
De mil formas distintas nos habla la Sagrada Escritura del amor infinito de Dios por cada uno de nosotros. El profeta Oseas, expresa la grandeza sin límites del amor divino por las criaturas: "Esto dice el Señor: Yo la cortejaré, la llevaré al desierto, le hablaré al corazón. Y me responderá allí como en los días de su juventud, como en el día en la saqué de Egipto. Me casaré contigo en matrimonio perpetuo, me casaré contigo en derecho y justicia, en misericordia y compasión..." Ante las infidelidades continuas del pueblo de Israel, en las que están reflejadas nuestras flaquezas y retrocesos, el Señor vuelve una y otra vez reconquistando a su pueblo por el amor y la misericordia, como vuelve día tras día a buscarnos a nosotros.

Del mismo modo nos asegura que, aunque una madre se olvidara del hijo de sus entrañas, Él jamás nos olvidará, pues nos lleva escritos en sus manos para tenernos siempre a la vista; y quien nos hace algún mal, daña a las niñas de sus ojos.

El amor de Dios es gratuito, pues nada pueden darle las cosas creadas que Él no tenga ya en grado sumo. La razón de su amor es su infinita bondad, y el deseo de difundirla. No solamente nos creó: su amor llegó hasta el extremo de elevarnos al orden sobrenatural, a participar de su propia vida y felicidad, hasta exceder todas las exigencias de la naturaleza creada, y sin mérito alguno por nuestra parte; "en esto consiste su amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero". Y fue Jesucristo quien nos reveló en toda su hondura el amor de Dios hacia nosotros.

La ternura de Dios por los hombres y mujeres es muy superior a cualquier idea que podamos forjarnos. Nos ha hecho hijos suyos, con una filiación real y verdadera, como nos enseña el Apóstol San Juan: "Ved qué amor nos ha tenido el Padre que ha querido que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos". Esta es la muestra de amor más grande de Dios al ser humano. Tiene para nosotros la abnegación y la ternura de un padre, y Él mismo se compara a una madre que no puede olvidarse jamás de su hijo. Ese hijo tan querido, es todo hombre, toda mujer. Para salvarnos cuando estábamos perdidos a causa del pecado, envió a su Hijo para que, dando su vida, nos redimiera del estado en que habíamos caído. "Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna". Este mismo amor le mueve a dársenos por entero de un modo habitual, morando en el alma en gracia, y a comunicarse con nosotros en lo más íntimo del corazón.

Ante tanto amor, resulta particularmente trágica la indiferencia por las cosas de Dios y, sobre todo, el afán con que se fomenta un clima general para situar al hombre como centro de todo. Deformando el pasaje de la Sagrada Escritura: "El que no ama a su hermano, a quien ve, ¿a Dios, a quien no ve, cómo podrá amarle?", se llega a decir que sólo el hombre merece ser amado. Dios sería extraño e inaccesible. Es un nuevo humanismo blasfemo que suele presentarse bajo la apariencia de una defensa de la dignidad de la persona, y pretende suplantar al Creador por lo creado. Así destruyen la mima posibilidad de amar de verdad a Dios y al ser humano, pues al dar a la criatura finita y limitada - a uno mismo - un valor absoluto, todo lo demás tendrás sólo un interés secundario, en la medida en que sea útil... La exclusión de Dios, el único ser amable en sí y por sí, no se resuelve jamás en un mayor amor a nada ni a nadie.

Escribe San Juan de Ávila: "El fuego de amor de Ti, que en nosotros quieres que arda hasta encendernos, abrasarnos y quemar los que somos, y transformarnos en Ti, Tú lo soplas con las mercedes que en tu vida nos hiciste, y lo haces arder con la muerte que por nosotros pasaste".

Mediante un plan sapientísimo, El Señor decidió hacernos partícipes de su amor y de su verdad, pues aunque éramos capaces de amarle naturalmente con nuestras propias fuerzas, Él sabía que sólo dándonos su mismo Amor podríamos unirnos íntimamente a Él. Mediante la Encarnación de su Unigénito, uniendo lo divino con lo humano, restauró el orden destruido, nos elevó a la dignidad de hijos y nos reveló la plenitud del amor divino.

Debemos tener en cuenta, que contemplar con frecuencia cómo nos ama Dios produce mucho bien al alma. Ya nos aconsejaba San Teresa: "Que nos acordemos del amor con que el Señor nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos lo mostró Dios...: que amor saca amor". Intentemos ir mirando esto siempre y despertándonos a amar.


 
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