J.D. Encinas |
| Análisis del Padrenuestro |
| J.D. Encinas |
| 14 oct 2005 actualizado 23:02 CET :: Leído 226 veces |
|
Los discípulos veían como Jesús se retiraba a solas y estaba largo tiempo, en ocasiones noches enteras inmerso en oración. Un día al terminar el Maestro, se dirigieron a Él y le dijeron con toda sencillez: Señor, enséñanos a orar. De labios de Jesús aprendieron entonces aquella plegaria, - EL PADRENUESTRO -, que millones de personas de todos los idiomas habrían de repetir tantas veces a lo largo de los siglos. Son siete peticiones que el Señor enseñaría en otras ocasiones. En estas peticiones hay una ''sencillez tal, que un niño las aprende, y a la vez una profundidad tan grande que puede consumir toda una vida entera, al meditar el sentido de cada una de ellas''.
La primera palabra que por indicación del Señor pronunciamos, es Abba, Padre. Los primeros cristianos, quisieron conservar sin traducirla, la misma palabra aramea que utilizó Jesús para dirigirse a Dios: Abba. Este primer vocablo ya nos sitúa en el clima de confianza y de afiliación en el que nos debemos dirigir siempre a Dios; porque ¿qué cosa hay más agradable que el nombre de Padre que indica, ternura y amor? El mismo Dios, que trasciende absolutamente todo lo creado, está muy próximo a nosotros, es un Padre estrechamente ligado a la existencias de sus hijos, y al ser hijos, también herederos. <<No habéis recibido un espíritu de esclavitud, para caer de nuevo en el temor, sino un espíritu de hijos, que nos hace gritar ¡Abba!, ¡Padre!>>. Por ello, cuando llamamos a Dios Padre nuestro, no debemos olvidar de que hemos de comportarnos como hijos de Dios. Cuan al dirigirnos a Dios decimos: Padre nuestro, no le presentamos solamente nuestra pobre oración, sino también la adoración de toda la tierra. ''Una vez llegados a la dignidad de hijos de Dios, nos abrasará la ternura que mora en el corazón de todos los verdaderos hijos; y, sin pensar más en nuestros propios intereses, sólo tendremos celo por la gloria de nuestro Padre. Le diremos: SANTIFICADO SEA TU NOMBRE, atestiguando así, que su gloria constituye todo nuestro deseo y nuestra alegría ''. En esta primera petición de las siete del Padrenuestro, ''pedimos que Dios sea conocido, amado, honrado y servido de todo el mundo, y de nosotros e particular>>. Jesús nos enseñó el orden en que hemos de pedir particular'' habitualmente en nuestras oraciones. Lo primero que debemos pedir, por muy urgentes que sean nuestras necesidades, es la gloria de Dios. Es realmente lo más urgente, también para nosotros, que andamos preocupados por necesidades inmediatas. En la Sagrada Escritura, el nombre equivale a la persona misma es su identidad más profunda. Por eso dijo Jesús al final de su vida, como resumiendo sus enseñanzas ''manifesté tu nombre a los hombres''. Al decir ''santificado sea tu nombre'', nos amonestamos a nosotros mismos, para que deseemos que el nombre del Señor, que siempre es santo en sí mismo, sea también tenido como santo por los hombres, es decir, que no sea nunca despreciado por ellos. En determinados ambientes, parece que los hombres y mujeres de este tiempo no quieren nombrar a Dios, y si lo hacen es para profanar su nombre. En lugar de hablar del Creador hablan de “la sabia naturaleza” o llaman “destino” a la Providencia divina, etc. Si amamos a Dios, ameremos su santo nombre, y jamás lo mencionaremos con falta de respeto o de reverencia, como expresión de impaciencia o de sorpresa. Este amor al nombre de Dios se extenderá también al de Santa María, su Madre, al de sus amigos, los santos, y a todas las personas y cosas a Él consagradas. ''Venga a nosotros tu Reino'', pedimos a continuación en el Padrenuestro. ''El Señor nos ha mandado que deseemos los bienes que están por llegar, y que apresuremos el paso en nuestro viaje hacia el Cielo; más en tanto el viaje no termina, viviendo aún en la tierra, quiere que nos esforcemos por llevar vida del Cielo. Que no es otra cosa que seguir el camino de Cristo, que es <<CAMINO, VERDAD Y VIDA''. La expresión Reino de Dios, tiene un triple significado: El Reino de Dios en nosotros, que es la gracia; el Reino de Dios en la tierra, que es la Iglesia; y el Reino de Dios en el Cielo, o eterna bienaventuranza. En orden a la gracia, pedimos que Dios reine en nosotros con su gracia santificante, por la cual se complace en cada uno como rey en su corte, y que nos conserve unidos A Sí con las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, por las cuales reina en el entendimiento, en el corazón y en la voluntad. El Reino de Dios está ahí, dijo Jesús, está dentro de vosotros. Y se percibe su presencia en el alma a través de los afectos y mociones del Espíritu Santo. Cuando decimos venga a nosotros tu Reino, pedimos que Dios habite en nosotros de una manera más plena, que seamos todo de Dios, que nos ayude a luchar eficazmente para que, por fin, desaparezcan esos obstáculos que cada uno pone a la acción de la gracia divina. ''Antes éramos esclavos, y ahora pedimos reinar bajo la soberanía de Cristo''. Cuando rezamos venga a nosotros tu Reino, también pedimos, en relación a la Iglesia, que se dilate y propague por todo el mundo para la salvación del mundo. Venga a nosotros tu Reino. Y ''Jesucristo recuerda a todos: si vosotros me clocáis en la cumbre de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande, y, en lo que parece pequeño, todo lo atraeré hacia mí. ¡Mi reino entre vosotros será una realidad! Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo, rogamos a Dios en la tercera petición del Padrenuestro. Queremos alcanzar del Señor las gracias necesarias, para que podamos cumplir aquí en la tierra todo lo que Dios quiere, como cumplen los bienaventurados en el Cielo. La mejor oración es aquella que transforma nuestro deseo hasta conformarlo, gozosamente, con la voluntad divina, hasta poder decir con Jesús: no se haga mi voluntad, Señor, sino la tuya: no quiero nada que Tú no quieras. Nada. Éste es el fin principal de toda petición: identificarnos plenamente con el querer divino. En muchos momentos, nuestro querer natural coincide con el de Dios. Todo parece entonces sereno y suave, y se camina sin gran dificultad. Pero no debemos olvidar que en el progreso hacia la santidad tendremos que purificar el propio yo, la propia voluntad inclinada exclusivamente hacia uno mismo, incluso en asuntos nobles, y dirigirla a la plena identificación con el querer divino. Éste es la verdadera brújula que orienta los pasos directamente a Dios, y que nos llevará en tantas ocasiones por senderos distintos a los que nosotros con un criterio exclusivamente humano, hubieramos escogido. Y el Espíritu Santo quizá nos diga en la intimidad de nuecero corazón: Mis caminos no son vuestros caminos… Del Señor debemos aprender el camino seguro del cumplimiento de la voluntad de Dios en todo. Es ésta una enseñanza continua a lo largo del Evangelio. Cuando los Apóstoles instan a Jesús, cansado después de una larga jornada, para que tome algún alimento de los que acaban de comprar en la ciudad de Samaria, les dice: Mi comida es hacer la voluntad del que me ha enviado, y dar cumplimiento a su obra. Nuestra voluntad tiene así una meta: hacer siempre, también en lo pequeño, en las tareas ordinarias, lo que Dios quiere que hagamos. Así, decidimos en cada circunstancias, no aquello que nos es más útil o agradable, sino lo que quiere el Señor en aquella situación concreta. Y como Dios quiere lo mejor, aunque de modo inmediato no lo experimentemos, está ejerciendo la libertad en el bien, que es donde verdaderamente se realiza. Por eso, cuando ejercitamos nuestra libertad haciendo propio el querer divino, estamos convirtiendo nuestra vida en un continuo acto de amor. Danos hoy nuestro pan de cada día. El pan de cada día supone la oración de la jornada que comienza. Pedir solamente para hoy significa reconocer que tendremos un nuevo encuentro con nuestro Padre del Cielo mañana. El Señor nos enseñó a pedir en la palabra <PAN>, todo lo que necesitamos para vivir como hijos de Dios: fe, esperanza, amor, alegría, alimento para el cuerpo y para el alma, fe para ver en los acontecimientos diarios, la voluntad de Dios, corazón grande para comprender y ayudar a todos… El pan es el símbolo de todos los dones que nos llegan de Dios. Al pedir el pan de cada día, estamos aceptando que toda nuestra existencia depende de Dios. El Señor ha querido que le pidamos cada jornada aquello que nos es necesario, para que constantemente recordemos que Dios es nuestro Padre, y nosotros unos hijos dispuestos cumplir la voluntad del Padre. Perdónanos nuestras ofensas. Somos pecadores, y si decimos que no tenemos pecados, nos engañamos a nosotros mismos. Cada día tenemos necesidad de pedir perdón al Señor por nuestras faltas y pecados. Le ofendemos quizá en cosas pequeñas y sin una expresa voluntariedad actual, con nuestras acciones y con omisiones; de pensamiento, de palabra y de obra. << Lo que la revelación nos dice, coincide con la experiencia. El hombre y la mujer, cuando examinan su corazón, comprueban su tendencia al mal, se ve anegado por muchos males>>. Muchas veces, el hombre y la mujer suelen confundir el pecado con sus consecuencias. Y les entristece entonces el fracaso que introduce en su vida personal, o la humillación de haber faltado a un deber o los daños producidos a otras personas. Ven el pecado en relación a su propio ideal roto, o al mal causado a otros. Sin embargo, no hay pecado sino en cuanto a ofensa a Dios; secundariamente también en relación a uno mismo, a los demás, y a toda la sociedad. ¡Qué gran don del Cielo, es poder reconocer nuestros pecados, sin excusas ni mentiras, y acercarnos hasta la fuente inagotable de la misericordia divina poder decir: Padre, perdónanos nuestras ofensas. ¡Qué paz tan grande da el Señor! Él está dispuesto a perdonarlo todo de todos, - nos dice - <<Al que viene a Mí, yo no lo echaré fuera. No es voluntad de vuestro Padre que está en los cielos. Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, rezamos cada día, quizá muchas veces. El Señor espera esta generosidad que nos asemeja Al mismo Dios. Porque si vosotros perdonáis a otro sus faltas, también os perdonará vuestro Padre celestial. Absolved y seréis absueltos. Dad y se os dará… La medida que uséis con otros, ésa se usará con vosotros. Todo esto que os digo es Palabra de Dios. Dios nos ha perdonado mucho, y no debemos guardar rencor a nadie. Hemos de aprender a disculpar con más generosidad, a perdonar con más prontitud. Perdón sincero, profundo, de corazón. Con frecuencia debemos hacer examen para ver cómo son nuestras reacciones ante las molestias que en alguna ocasión la convivencia puede llevar consigo. Seguir a Cristo en la vida corriente es encontrar, también en este punto, el camino de la paz y de la serenidad. Debemos estar vigilantes para evitar la más pequeña falta de caridad externa o interna. Las pequeñeces diarias, normales en toda convivencia, no pueden ser motivo para que disminuya la alegría en el trato con quines nos rodean. Si alguna vez tenemos que perdonar alguna ofensa real, entendamos que ésa es una ocasión muy particular de imitar a Jesús. No nos deje caer en la tentación y líbranos del mal. Esta es la última petición que hacemos cuando rezamos el Padrenuestro. Después de haber pedido a Dios el perdón de nuestros pecados, le suplicamos enseguida que nos de las gracias necesarias para no volver a ofenderle y que no permita que seamos vencidos en las pruebas que vamos a padecer, pues en el mundo la vida misma es una prueba. Pidamos, que no nos abandone a nuestro arbitrio, sino que en todo momento nos guíe con piedad paterna y nos confirme en el sendero de la vida con moderación celestial. Y líbranos del mal. ¿De que mal? Del diablo, de quien procede todo mal. El diablo, que existe, que no deja rondar alrededor de cada criatura para sembrar la inquietud, la ineficacia, la separación de Dios. Se tiene la impresión de que el hombre y la mujer actual, no quiere ver ese problema. Hace todo lo posible por eliminar de la conciencia general la existencia de esos “dominadores de este mundo tenebroso”, esos “astutos ataques del diablo”. Con todo, hay épocas históricas en las que esa verdad de la Revelación y de la fe cristiana, que tanto cuesta aceptar, se expresa con gran fuerza y se percibe de forma casi palpable. Seremos tentados de mil formas a lo largo de la vida. Quizá más, cuanto mayor sea nuestro deseo de seguir de seguir a Cristo de cerca. La gracia que hemos recibido en el Bautismo y ha aumentado por nuestra correspondencia se verá amenazada hasta el último momento en que dejemos este mundo terrenal. Hemos de estar alerta, con la vigilia del soldado en el campamento, Y hemos de tener siempre presente que nunca seremos tentados más allá de nuestras fuerzas. Podemos vencer en toda circunstancia, si huimos de las ocasiones y pedimos la gracia de nuestro Señor. Enseña la Escritura <<Bienaventurado el varón que soporta la tentación, porque, probado, recibirá la corona de la vida, que Dios prometió a los que le aman. Junto al diablo están aliados el mundo y nuestras propias pasiones, que nos acompañarían siempre. El mundo, en este sentido, está constituido por todo aquello que aleja de Dios. Dios permite que seamos tentados, porque persigue un bien superior. En su Providencia ha dispuesto que también de las pruebas saquemos provecho. A veces son un medio insustituible para acercarnos filialmente a Él. Para vencer el mal, hemos de pedir ayuda a Nuestro Señor, que está siempre de nuestra parte en la pelea. Él lo puede todo: Confiad, yo he vencido al mundo, Y, junto a Cristo, nosotros podemos decir: ''Todo lo puedo en Aquel que me confortará'', ''El Señor es mi luz y mi salvación, ¿ a quien temeré?'' Combatimos eficazmente las tentaciones, si las manifestamos con toda sinceridad en la dirección espiritual, pues mostrarla es ya casi vence. |

