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Faustino Lobato
¿Síndrome de "poder" o miseria del débil?
Faustino Lobato   
15 may 2008 actualizado 23:35 CET :: Leído 197 veces
No podemos sustraernos a lanzar a los otros lo que queremos que ellos sean, marcándoles hasta el paso. Así, de manera espontánea nos sale "el dictador" que llevamos dentro y trazamos a los otros ideales, o formas de ser pensando que esa es la mejor o única manera de que todo funciona. Generalmente, esto lo hacemos a través de nuestros dichos y gestos. Siendo, aquello que hacemos o decimos, la carta de identificación de lo que pensamos. Aunque, a veces, lo que espontáneamente sale de nosotros no sean más que una especie de acto fallido a través del cual se nos ve "el plumero".

Por esto mismo, cuando decimos y hacemos involuntariamente trazamos la radiografía de nuestros pensar y sentir. Hasta aquí podemos considerar que este comportamiento pertenece a esa "normalidad" de ser humanos donde cada uno es como es y habla y hace desde ahí. Sin embargo, el asunto empieza a ser perverso cuando este querer "que los demás sean como uno piensa que tienen que ser", la desarrollan aquellos que ostenta el poder y, sin miedo ni cortapisa moral, actúan tratando a los demás como piezas de un puzzle o de un mecano.

Así dicho resulta terrible pero es real y lo peor de esto es que los cerebros gobernantes nos demuestran con semejantes actuaciones la idea que tienen del ser humano. Cabe decir con vergüenza que, algunas veces, detrás de ciertas progresías se ocultan una forma "ególatra" de tratar a los demás. En los políticos sucede con frecuencia. Éstos, situados más allá del bien y del mal, mueven a los otros a su guisa sobre todo a sus afiliados a los que intentan comprarles la libertad, hipotecándoles las ideas. Otra cosa es que se dejen. Ocurrió en el PSOE con Rosa Diez y vuelve a ocurrir en el PP con María San Gil. ¿Las ideas del partido son dogmas normas cerradas que no se pueden saltar? La disciplina en estos casos no tiene piedad. Un partido sólo entiende de números y victorias. Cuando el partido coincide con el poder ejecutivo del país todo se vuelve más feroz. En este caso los ciudadanos son tratados como piezas a mover, como agentes pasivos, como sufridores, que impotentes, no saben ni como chillar. Ocurre en estos momentos cuando, a través de la economía y otros asuntos sociales, comprobamos que las promesas de los programas electorales de quienes nos gobiernan se han convertido en trampas de la que es complicado salir.

Actualmente, véase la economía, la del diario, para así descubrir que cada vez tenemos menos recursos, que cada día se hace más complicado acceder a lo primario: vestido, comida, vivienda. Sucede que los políticos aprovechándose del sentimiento del "querer más" por el que todos hemos sido aducidos en este mundo consumista, generan obediencias ciegas.

Es fácil canjear la libertad por consumo, que no es el bien-estar, provocándose así situaciones críticas de sometimiento por la que hay quien habla sin pensar en lo que dice. De esta forma, mas que ciudadano, uno se siente súbdito impotente ante el vaivén de las actuaciones políticas. No se puede negar que estamos en las manos de quienes nos gobiernan sin posibilidad de hacer más que esperar a las próximas elecciones en las que, otra vez, la mayoría "rendida" seguirá votando al "presunto salvador". Es decir, "la dictadura de unos" se impondrá, si no se remedia, por encima de los otros. A la postre ¿qué es votar? ¿entrar en un juego de mercados de la oferta y la demanda donde la sagacidad del mercader-político siempre saca tajada?

Da pena pero es así, y lo peor de ello es que en este campo ganan los "listos", los inteligentes son derrotados por el "bolsillo", por la economía y por otros enseres de primera necesidad. Y lo bueno se transforma en perverso y lo conveniente en urgente, entrándose en la dinámica del estrés que a su vez genera mayor egoísmo e ignorancia. Eso de "no me calientes la cabeza" o "no me rayes" es propio de quien, vencido por la situación y para salir de la "miseria", no le queda más espacio que no pensar mucho. La inquietud al paredón.

De lo último todos somos un poco culpables, especialmente cuando nuestro compromiso cede al hambre y a lo primario. Por muy paradójico que nos parezca los humanos mandemos o no, se nos hace imposible vivir sin fastidiar al vecino. Si se es político fastidiar no es más que sacarle rendimiento al cargo haciendo que parezca lo que no es: "total, cuando el votante se entera ya han pasado cuatro años".

Aunque no siempre es así, algunos tardamos más en darnos cuenta y con todo y eso nos seguimos dejando engañar con el cuento de que la oposición no es mejor. Sin ir muy lejos esto es lo que pasa en Extremadura. Aquí, sí que haría falta un cambio y que quienes nos gobiernan volvieran "pisar el suelo" entrando en el proceso de la humildad, bajándose así de sus "verdades" seguras y dejando de "enredar" en los hilos de muchas cuestiones, sobre todo las sociales. Pero esto lo comentaré en el próximo artículo. Hasta luego.
 
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