Faustino Lobato |
| Morir o dormir |
| Faustino Lobato Delgado. Badajoz |
| 02 nov 2005 actualizado 08:44 CET :: Leído 348 veces |
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Ha pasado el día de los difuntos y con él el puente vacacional que ha servido para descansar de ciertas tareas. Todos los años ocurre igual y siempre , cuando llegan estos días me planteo algunas cuestiones que tienen que ver con la realidad de la vida y de la muerte, un tema tan viejo como el hombre pero quizás sean estos momentos los que me empujan de manera emotiva a hacerlo. Fuera de filosofías o teologías al uso que nos hablen de ello, el tema de la muerte es algo tan real como la vida misma. Diría que la muerte está en la misma moneda de la vida, es la otra cara, la que no se nombra, ni se mira, aunque esté ahí. Porque, a decir verdad, morir estamos muriendo desde que nacemos, es como un vivir-se más en conciencia. A medida que tomamos las riendas de nuestra vida notamos como hemos crecido, como hemos pasado de unas situaciones más infantiles a otras más maduras, es decir como hemos muerto, por ejemplo, a la ignorancia, o mejor como la hemos matado. Quizás nuestras muertes diarias sean una matanza continua de nosotros mismos, de todo aquello que nos impide crecer, no de forma física sino anímica e intelectual. Morir a nuestros egoísmos, al afán de querer ser los únicos, dándonos cuenta que los demás existen y forman con nosotros una comunidad de iguales es lo que normalmente hacemos o tendríamos que hacer. Veo por tanto que la muerte está presente y patente en la vida misma, está en el tránsito de la vida interna, en la maduración. Probablemente cuando hablamos de la muerte le damos un tinte de últimidad religiosa y no tanto de un siempre penúltimo estado vital. Por otro lado, no estaría mal acostumbrarnos a salir de ese sentido poco autónomo que, a veces, las religiones dan del sentido de la muerte. Afrontarla es tan vital como la vida misma, aunque de miedo cuando uno tiene que encararla. Es ante el miedo a la muerte donde las religiones ocupan un lugar preferente. Todas ellas ayudan a afrontar esta situación de una forma radical y salvadora. Esta visión de la muerte convence a muchos y en función de ella viven, actúan, programan su acción El miedo lo traducen en anhelos de un mundo mejor, en esperanza de salvación. De tal forma lo hacen que los problemas se esfuman o generan otros nuevos: Esperar de otra vida lo mejor ayudó a maltratar a los otros en ésta. Cuántos no se han servido de esas esperanzas eternas para engañar. La muerte fue siempre para el preso o el esclavo como una liberación. Muchas sectas hicieron de la muerte la protagonista de sus objetivos salvadores: la matanza de miles de persona en la Guayana, la de los Davidianos. En estos días la muerte se celebra como un tránsito y los muertos reciben culto. Las perspectivas más depuradas de la religión cristiana no ha escapado a esa ritualización, casi sintoista, de los difuntos. Hay que indicar que para un cristiano el culto no era tanto a las personas como al hecho de ser testigos de alguien ( martir). Y los que morían estaban dormidos aguardando la venida de Cristo. Por esto mismo todo era sobrio y los enterramientos se hacía, de manera significativas, en los alrededores de las Iglesias, llamando a estos lugares coemeterios ( dormitorios) –cementerios. Los no cristianos significaban los enterramientos de otra forma, sus lugares no eran cementerios sino columbarios situados en las entradas y salidas de la ciudad donde las flores y los elementos del difunto daban un barroquismo extraordinario al lugar. Los difuntos estaban presentes en la vida de la ciudad , enterrados junto al camino, se convertían en vigilantes del lugar. Tanto en unas formas religiosas como en otras la otra vida, iniciada con la muerte, era algo significativo. Con el paso del tiempo los coemeterios se volvieron columbarios y el sentido religioso se fue amalgamando con otras formas de acción ritual. En algún momento los lugares de enterramijentos se convirtieron en lugares mágicos, misteriosos. Surgió el miedo no tanto a la muerte como a los muertos. Después la vida se ha vuelto tan funcional que los cementerios, columbarios o necróplis han dado paso a los crematorios, a la incineración devolviendo a la muerte y al hecho de morir un sentido más espiritual o diferente. Con esto se supera el miedo a los muertos cuyas cenizas se esparcen por campos, mares o rios. Nada es mejor ni peor todo es conveniente desde el valor que cada uno tenga de la vida y de sus expresiones. Por otro lado, el hecho de morir tiene un valor económico para algunos que han hecho de ella un negocio. La muerte se comercializa, es decir, entra en un sistema de mercados, morirse implica dinero, costos. Quien no se asegura en una compañía su momento final puede quedarse, no tanto en la calle, porque a los muertos se los entierra a todos, sino sin una ceremonia a su gusto y menos costosa. Y no sólo es esto son los enredos burocráticos que, de no estar asegurados, marean al familiar de turno. La muerte tiene estas cosas, no es solo el final sino el comienzo de todo. En definitiva, la mires como la mires siempre será molesto morirse pero también es verdad que lo contrario molesta más. Mientras tanto vivamos y hagamos lo que tengamos que hacer como si fuera lo último, de esta manera todo cobrará un mejor talante y la vida cobrará un mayor sentido. |

