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Cartas al director
Petronio ¿el vidente?
José Terrero Monje.   
12 ene 2005 actualizado 22:01 CET :: Leído 212 veces
¡Ni una! ¡No han dado ni una!

Así lo confirman las páginas de sociedad de varios periódicos nacionales y autonómicos. Los “adivinos” de nuestro país (¿y los de otros países?) son una auténtica farsa.


Ante la desesperación, la indiferencia y la “incultura institucional y mediática” del hombre de nuestros días, unido a la falta de respuestas a las cuestiones fundamentales que le van surgiendo en el devenir de una vida vacía, que transcurre en una sociedad que antepone lo material a lo ético, donde se aprende antes el valor del dinero - puerta del consumo -, que la manera honrada de conseguirlo, han surgido una pléyade de adivinos y videntes, sanadores y curanderos, “doctores” de ciencias psíquicas y  paranormales, echadores de cartas, brujos y chamanes, profesionales de la elocuencia y la maledicencia, vividores de la farsa, etc., pícaros típicos de esta España nuestra que, en la mayoría de los casos sólo nos llegan a provocar sonrisas incrédulas o algunos minutos de distracción pero que, en muchos otros, con ánimo de lucro y ante una carencia de escrúpulos que a cualquiera con sentido común le produciría náuseas y espanto, llegan a jugar con la desesperación, el dolor y la soledad del hombre.

Muchos medios de comunicación,  prestan oídos a esta nueva camada “victorhuguiana” con el fin de subir sus cuotas de audiencia, única medida, al parecer, del valor del minuto mediático. No hay mas que “zapear” a cualquier hora del día o de la noche para encontrarlos o buscar entre las páginas de anuncios de algunos diarios que también se prestan a ello a fin de no perder su “trozo” en la tajada a repartir.

Están allí, siempre dispuestos a vender a buen precio falsas expectativas, milagros absurdos, quimeras y esperanzas imposibles, consejos sin valor alguno que, la mayoría de las veces, no ayudaran a conseguir ni tan siquiera un minuto de felicidad efímera, o, en otra de sus múltiples facetas, a devorar las intimidades reales o ficticias de una serie de personajes y personajillos en un mercado que, en vez de “casposo”, tal vez debiera calificarse de “estafa o prostitución mediática”.     

Ante tanto desafuero, ante tanto desquiciamiento sólo cabe un antídoto: cultura y más cultura. Verdadera cultura que llegue hasta el último rincón de nuestro/a ... ¿País? ¿Patria? ¿Nación? ¿Soberanía? ¿Estado? ¿Territorio nacional?... Perdonen si a estas alturas aún no lo tenemos claro, pero de ser que sea lo que todos decidamos y no lo que “unos cuantos” nos impongan con argucias, amenazas o a “tortas”.  

Y para ello no se me ocurre mejor manera que acudir a los clásicos y rescatar de su reducido círculo un horóscopo atípico extraído de una joya de la literatura clásica que salió de la pluma de Petronio, árbitro de la elegancia en la Roma de Nerón, año 60 de la Era Cristiana. Sólo el humor refinado y la ironía de este párrafo de “El Satiricón”, bien merece que nos detengamos unos minutos a pensar en lo ridículo y absurdo que supone creer en este tipo de predicciones y supercherías.

Es cierto que el autor fue condenado a muerte por Nerón, ¿tal vez porque el césar se sintió identificado con su signo? Pero, imaginemos por un momento qué ocurriría si este horóscopo, que forma parte de una crítica sutil y refinada a la sociedad romana de aquellos tiempos, se publicara hoy en una revista de sociedad de gran tirada tal y como fue escrito hace casi dos mil años. ¿Cuántos nos sentiríamos identificados con el signo zodiacal correspondiente? (se admiten apuestas), es decir (y en clave “creyente”),  ¿y si el horóscopo de Petronio, después de casi dos mil años, todavía sigue “acertando”? ¡Estaría bueno!, ¿o no?  

El horóscopo de Petronio
“Moran en el cielo doce divinidades, cuya figura toma sucesivamente. Unas veces sufre la influencia de Aries, y los que nacen bajo esta constelación poseen rebaños grandísimos y lana abundante; además son testarudos, desvergonzados y amigos de embestir. Preside este signo el nacimiento de estudiantes y declamadores. Luego reina
Tauro  en el cielo, y nacen entonces los boyeros y gente de genio arisco, así como cuantos se ocupan sólo de pacer como los animales. Los que sufren el influjo de Géminis gustan de ir en parejas como los caballos de un carro, los dos bueyes de un arado y los dos órganos de la generación. Son aficionados a los dos sexos.  A mi nacimiento presidió Cáncer: así es que ando con muchos pies y sobre la tierra y al mar se extienden mis posesiones. Por eso no he querido que pongan en ese signo más que una corona, para no estropear mi horóscopo. Leo hace nacer a los tragones y a las personas dominantes; Virgo a los hombres afeminados, cobardes y dispuestos a la esclavitud, Libra, a carniceros, perfumistas y vendedores al peso; Escorpio, a los asesinos y envenenadores; Sagitario, a los bizcos, que parece que miran al plato y miran a las tajadas; Capricornio, a los ganapanes que crían callo en el pellejo a fuerza de tanto trabajar; Acuario, a los taberneros y gentes cuya cabeza es calabaza, y Piscis, a los cocineros y a los retóricos.
Así va dando vueltas el mundo como la piedra de un molino, y semejante rotación siempre trae consigo alguna desgracia, ya sea la del nacer, o la del morir”.

Y ya que estamos con El Satiricón de Petronio  (60 d.C.) y para apartarnos un poco del lado trágico de las críticas cotidianas, nada más cotidiano que estas dos “perlas” del mismo texto que llegan a nuestros días con la misma frescura que si estuvieran recién “acunadas”.

Nos hemos permitido “actualizarlas” con otros titulares.


El gatillazo del macho
“Salí para invocar a Príapo, y fingiendo una esperanza que estaba lejos de mí, me arrodillé en el umbral del templo y le dirigí la siguiente plegaria:

''Hijo de Baco y de Venus, dios de los jardines y las selvas, adorado en los campos del Lido y de Lesbos, atiende a mis humildes preces. No se acerca a ti un asesino ni un sacrílego; al ir a inmolar en tus altares una víctima dichosa, se me heló la sangre y no pude clavar el arma del sacrificio. Pequé por falta de fuerzas, no por voluntad. Para reparar el agravio concédeme el don que en ti maravilla. Si puedo volver a disfrutar los perdidos deleites, degollaré delante de ti el mejor carnero de mi rebaño; haré tres libaciones de vino nuevo al pie de tu estatua, y daré, ebrio de amor, tres vueltas en derrendor de tus altares''.


No hay nada nuevo bajo el sol
“Dispensadme, amigos. Tiempo hace que tengo el vientre desarreglado, y los médicos no me alivian, aunque no me ha sentado mal una infusión de corteza de granada y abeto en vinagre. Paréceme que se calma la tormenta que tenía yo dentro; si no, soltaría mi estómago ruidos semejantes a los mugidos de un toro. Por supuesto que, si alguno de vosotros necesita desahogos por el estilo, no debe contenerse. No hay tormento mayor que el de aguantarse en casos parecidos. No podría yo hacerlo aunque el mismo Júpiter me lo maniatara. ¿Te ríes, Fortunata? Pues tu bien me impides dormir con tus estrepitosas detonaciones. Nunca he exigido a mis convidados que se abstuvieran de desahogarse en la mesa. Los médicos prohíben el contenerse, y si alguno de vosotros siente alguna otra más urgente necesidad, allá fuera encontrará todo lo necesario. Creedme, cuando el flato del estómago se sube al cerebro, todo el cuerpo padece. Yo sé de quien se ha muerto por ser demasiado escrupuloso”.


La figura de PETRONIO, Arbiter elegantiarum. (Roma, 27-66 d.C.) Escritor. Se le supone autor de “El Satiricón” y se le suele identificar, aunque existen fundadas discrepancias al respecto, con un aristócrata que es citado en su obra por el historiador Tácito, que vivió en Roma en el siglo I de la Era Cristiana y que fue gobernador y procónsul en Bitinia.

Hombre refinado y original, famoso en su época, se ganó el sobrenombre de “Árbiter” porque ejerció de «árbitro de la elegancia» en la corte de Nerón, del que fue su amigo y que lo había nombrado su consejero en «cuestiones de buen gusto».

Se suicidó tras ser condenado a muerte, como Séneca y Lucano, por haber participado en una conjura para matar al emperador.

De “El Satiricón” sólo se conservan fragmentos. Es una obra en prosa con algunos pasajes en verso y en ella Petronio narra las aventuras de unos jóvenes libertinos; esto da pié a su autor para hacer una sarcástica descripción de la sociedad romana de la época.


 
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