Rafael Angulo
17 feb 2010
Pese a la ola de relativismo que nos asola, nos moja y remoja, no hay más remedio que recurrir a lo tradicional para reflejar una situación. Y tradición, mal que les pese a algunos, es familia, es respeto, es reflexión, es calma y es religión... Es muy recurrente que para expresar lo acertado de una película, canción o serie de televisión se diga que es de culto. Culto, culto, lo que se dice culto, sólo a Dios pero, de ahí abajo, caben otras acepciones menores. Mi serie de culto era "El ala oeste de la Casa Blanca", recurso de los Reyes Magos para no dejarme en blanco la noche del día 5 de enero. Pero el ala -y sus videos- se los llevó mi hija a Pamplona, dejándome huérfano de buena televisión en esas horas vacías en las que el zapin se vuelve loco. Ahora me dicen que tengo que ver la última temporada de "Pérdidos", serie enigmática que se ha transformado en una experiencia social. Vale, yo obedezco, pero llego a la conclusión de que el seguidor de "Perdidos" debe tener determinadas claves o no la ve y, si la ve, no la entiende, que es mi caso. Pero lo cierto es que la ven.