Antonio Vélez |
| Paso a Paso |
| Antonio Vélez Sánchez. Ex-alcalde de Mérida |
| 18 dic 2004 actualizado 14:24 CET :: Leído 510 veces |
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Desde
que salia de mi casa hasta que llegaba a la verja exterior de Santa
Eulalia, me salían quinientos cincuenta y cinco pasos. Pasos de niño
que yo agrandaba o acortaba para que me resultara ese numero, tan
redondamente capicúa, que se me antojaba mágico.
Cinco,
cinco, cinco, saliamos del umbral de aquella casa con patio y
melocotonero rodeado de machetas que estaba en la calle de los árboles,
la general Aranda. Era al atardecer, cuando mi madre me llevaba, casi a
tirones, al trecenario. Aquella calle estaba llena de ferroviarios, de
empleados del matadero, la mayoría perdedores de una guerra, de hombres
que no transmitían religiosidad alguna, pero que sin
embargo respetaban a la niña Eulalia.
Las mujeres cumplían bien con la tradición y manifestaban su actitud devota. Necesitaban, en el fondo, aferrarse a algo en mitad de toda aquella desesperanza, de aquellos miedos entre las infinitas carencias. Y tiraban de nosotros para imbuirnos de la necesidad social de una presencia en aquella iglesia, abriendo luz a un futuro que pudiera cerrar las heridas de los sufrimientos pasados, tan cercanos aun en el recuerdo colectivo. Con paso ligero llegábamos a Pontezuelas, dejando a la derecha, en la cuesta empedrada, la mancha de grasa sobre la que todas las mañanas estaba el puesto de churros en el que hacíamos cola contra el frío, antes del desayuno. Enfilábamos la travesía de la Rambla. A la izquierda, a media calle, estaban “Los Porrones”, la taberna de los obreros, donde bebían el vino de los naufragios, entre los humos de la enorme perola de patatas fritas que siempre estaba “trabajando”.A nosotros nos encantaban aquellas patatas a “gallos” que Antonio, el tabernero, siempre risueño, nos regalaba cuando entrábamos en sus dominios. Era un mundo variopinto el que allí se vivía, cada mediodía y cada tarde, en el que predominaban los desheredados de una sociedad dificil, tremendamente aspera, en la búsqueda de un paraíso imposible. Mas delante de “Los Porrones”, en la misma acera, estaba la peluquería – la “barbería” – de Guillermo. Era para nosotros un “santuario”al que regularmente íbamos a que nos dieran un serio “pelado” bien corto, casi al milímetro. Queríamos, casi adorábamos, a Guillermo. Era amable con nosotros, casi un padre, así es que al pasar por allí, camino del trecenario, mirábamos con alegría aquella puerta de tranco bien alto con sus artilugios de barbero, colgados a cada lado, al tiempo que se nos metían por la nariz los calientes efluvios de la panadería de Garrido, con su despacho de pan, mirando ya a la Rambla. Ese horno si que era una catedral, cuando llevábamos a él las grandes bandejas de lata con los dulces o los pimientos para achicharrarlos en aquella gruta volcánica. ¡¡ Madre mia, aquel trajín si que era glorioso, entre tanta comadre disponiendo de sus mercancías antes de que entraran a tostarse entre jaras olorosas, en aquel hogar de ladrillos al rojo!!. Nosotros íbamos de porteadores, ayudantes, zascandiles, nunca supimos bien de qué, porque siempre estábamos estorbando. Pero allí curtimos, al calor benefactor de aquel recinto tan social, gran parte de nuestra capacidad para relacionarnos. Cruzábamos la Rambla, mirando con respeto el obelisco de la “Mártir” que luego en el Instituto nos dijeron, con brusca racionalidad, que era un arreglo bastante chapucero con restos romanos para salir del paso tres siglos atrás. El caso es que al pasar ante él, nos santiguábamos, lo mismo que cuando estábamos ante el “Hornito”, casi a punto ya de completar mi obsesivo número de pasos con los tres cincos. A mi siempre me inquietó aquella iglesia. Hoy, no tanto porque tiene mas luz o al menos a mi me lo parece. Pero entonces los espacios de penumbra eran mas notables y en ellos se producía un espectro de oscuridad tendente al intimismo, como en los templos ortodoxos. Era un clima que a nosotros, niños temerosos, nos sobrecogía, aunque hubiera, al mismo tiempo, un ritmo de familiaridad, a modo de convivencia cercana, en aquel recinto. Era el trecenario un hecho de fe, sostenido por las mujeres de Mérida aunque también social, porque se producía el encuentro entre todos y porque allí estábamos los niños. Don Cesar oficiaba, dando solemnidad al ritual de aquellas tardes. Y a nosotros nos impresionaba, aunque nos llamara cariñosamente al orden o luego nos cogiera los mofletes recomendándonos que fuéramos buenos, respetuosos y aplicados. No puede decirse, por respeto a su carisma, que nunca dejáramos de intentarlo, con mejor o peor fortuna.Luego, al salir, se le daba limosna a los pobres “oficiales”que estaban cobijados bajo el arco de la puerta y se comentaba en el atrio todo lo que se podía hablar en aquellos tiempos. De lo bien que había resultado todo, de los sermonees de la “Santita”,como la llamaba Don Cesar, de lo bien arreglada que iba y del frío que hacia. También de lo que cada una de las feligresas aportaría al “Ramo”. El caso es que regresábamos, tras santiguarnos ante el “Hornito”y por el mismo itinerario, aunque yo no contaba ya los pasos hasta mi casa. Mas bien iba relajado pensando en los juegos callejeros de antes de la cena. Así era la vida, nuestra vida, aquella vida. Mucho tiempo después, todo había desaparecido y ya no estaban ni la taberna de “Los Porrones”,ni la “barbería”de Guillermo, ni siquiera el horno de pan de Garrido. Ni la churreria de Pontezuelas. Ni mi casa, ni las gentes que animaron tantas y tantas secuencias que ya no son mas que recuerdos entre la niebla de la memoria. Y aunque abrieron el suelo de aquella iglesia nos quedó un sabor agridulce por lo que siempre pensamos que guardarían allí los siglos y que ya no estaba a pesar de todo lo que encontraron. No podremos separar de lo que somos todo el conjunto de sensaciones en aquella iglesia, cuando llegaban los días de su fiesta o cuando, simplemente, íbamos hasta sus penumbras y sus luces de cera acompañando a nuestras madres, por exigencias del guión. Y es curioso pero cuando era alcalde y rogué a la familia de Fernández López que donaran al Ayuntamiento de Mérida, para la ciudad, el cuadro de Eugenio Hermoso que ellos poseían - Santa Eulalia es una niña morena, hija del gran pintor de Fregenal, su modelo para el soberbio óleo - pensaba en el tiempo de la infancia. Y el día que Luis Carlos Fernández Sousa vino personalmente a entregármelo en la Alcaldía, recordé todo aquel mundo que nucleó el primer trayecto de nuestras vidas. Y cuando tengo ocasión de contemplarlo siempre me veo, agarrado a la mano de mi madre, andando apresuradamente hacia un familiar templo, lleno de penumbras, intentando cuadrar, mentalmente y con muchas dificultades, una cuenta de quinientos cincuenta y cinco pasos. |

